lunes, 2 de abril de 2018

No seamos humildes: Ganemos el Mundial

El motivo de la debacle futbolística de Colombia en el Mundial de 1994 fue la soberbia. Si hubiéramos sido humildes, no nos habríamos creído campeones sin jugar el primer partido. El 5-0 contra Argentina nos hizo olvidar de nuestras limitaciones. Para ganar algo en el fútbol, se necesita ser humilde.

Para muchos comentaristas y fanáticos, la anterior es la mejor explicación de la temprana eliminación de Colombia en el mundial de 1994. El relato, sin embargo, omite muchos de los problemas que de verdad dan cuenta de lo ocurrido en territorio estadounidense. En primer lugar, oculta la nociva influencia del patrocinador Bavaria en la selección de los partidos de preparación y las extenuantes jornadas a las que los seleccionados se vieron abocados antes de llegar al mundial. También olvida mencionar la siniestra participación de los carteles de la droga en el fútbol colombiano y el truculento mundo en el que se movían los jugadores de la época.

La versión, además, resta toda virtud a los equipos con los que se enfrentó Colombia. Olvida, por ejemplo, que el campeón de ese mundial, Brasil, sólo fue capaz de derrotar a Estados Unidos con un gol de Bebeto en el último tramo del partido y que Rumania salió de la Copa tras ser eliminada en la tanda de tiros desde el punto penal por Suecia, tercero en ese campeonato. Colombia no perdió ante equipos menores a los que se les habría podido ganar con facilidad, sino ante buenas selecciones en uno de los mundiales más reñidos de la historia.

Por otro lado, no es cierto que la humildad sea necesaria para triunfar en el deporte. Cuando se le pregunta a Cristiano Ronaldo sobre el mejor jugador del mundo, el portugués sin ambages contesta que es él. La poco humilde respuesta es dada por quien ha ganado tres ligas de Campeones de Europa, tres mundiales de clubes y una Eurocopa. Si la humildad fuera un requisito sine qua non para ganar títulos, Ronaldo no habría logrado ningún triunfo. Muhammed Ali no sólo le decía a sus contrincantes, “Soy el más grande, ya lo decía antes de saber que lo era,” sino que hacía de la promoción de sus habilidades un arma para atemorizar a los rivales antes de cada pelea.


A la Selección Colombia no habría que pedirle ser humilde, sino demandarle que no lo sea. En lugar del infame “Vamos a aprender” de Bolillo Gómez, los técnicos deberían decir que van a pelear el Mundial, que van a luchar para ganarlo. Claro, es difícil triunfar en un torneo de esos, pero si no se entrena con el afán de lograr el objetivo, jamás podremos alcanzarlo. Toda victoria en la vida empieza con un sueño y con un acto de afirmación de la propia valía: Yo sí puedo. 

lunes, 19 de marzo de 2018

La brillante propuesta de Petro

La propuesta de Petro es sencilla: sustituir la dependencia del petróleo y de las economías extractivas por energía renovable. A diferencia de muchas otras propuestas electorales, ésta es una que logra sus dividendos de forma inmediata, sin necesidad de que sea puesta en práctica. Con sólo mencionarla, Petro logra distanciarse del caos que destruye a Venezuela sin tener que comentar o criticar el modelo económico del vecino país. Como ha sugerido Petro en muchas de sus intervenciones, son los otros candidatos que insisten en promover una economía extractiva los que cometen el error que tiene en problemas a Venezuela; él, en cambio, es el más opuesto al régimen de Maduro.

Petro tiene razón en cuestionar la economía extractiva. Los problemas de este modelo van desde los efectos en el clima por el uso del petróleo hasta la devastación en ríos y veredas por los efectos de la minería. En la mayoría de las ocasiones, la extracción de minerales es un negocio del que se lucran algunas multinacionales y muchos políticos corruptos, en tanto que el precio lo pagan las comunidades que ven sus ecosistemas destruidos y a sus poblaciones empobrecidas.

Pese a las anteriores ventajas, Petro se equivoca tanto en el diagnóstico de la enfermedad como en la solución que plantea. En primer lugar, la dependencia por el petróleo no puede explicarse sin mencionar el exagerado gasto público, así como el control de cambio y de precios impuesto por el gobierno venezolano. El gasto público generó una desenfrenada inflación que los gobiernos de Chávez y Maduro intentaron detener sometiendo a las compañías a un estricto control de precios. En consecuencia, las empresas se vieron obligadas a vender a pérdida mientras el mercado negro florecía en medio de una corrupción cada verz mayor.

El ingreso de los dólares de la bonanza petrolera redujo el precio del dólar y afectó, por tanto, al sector exportador venezolano. Para solucionar el problema, Chávez introdujo un estricto control de cambio que hizo casi imposible al sector productivo conseguir los dólares necesarios para modernizarse y competir en el mercado internacional. El resultado era más que obvio: empresas poco competitivas que tenían que vender sus productos a precios superiores a los gastos. En pocos años, el sector empresarial venezolano entró en bancarrota y el petróleo se convirtió en la fuente de más del 90% de las exportaciones.

La dependencia del petróleo no es, por tanto, la causa de la enfermedad, como afirma Petro, sino la consecuencia de un manejo macroeconómico deficiente. Chávez habría podido evitar la más que previsible enfermedad holandesa guardando gran parte de los dólares de la bonanza petrolera en el exterior e invirtiendo en infraestructura y desarrollo económico. Por lo demás, el sector minero en Colombia apenas contribuye con el 28% de las exportaciones, por lo que cualquier comparación entre los dos países por parte de Petro no es más que una exageración destinada a atraer electores incautos.

Un diagnóstico equivocado lleva a un tratamiento erróneo. En lugar de deshacerse de la renta petrolera, Colombia debería modernizar el código minero y exigir una extracción que proteja el medio ambiente, así como un manejo más transparente de los recursos públicos. 

Petro como economista debe de saber cuáles fueron los errores que llevaron a la economía venezolana al fracaso. No sorprende, sin embargo, que Petro señale al petróleo como el causante de todos los males en el vecino país. Lo que le importa a Petro, como a casi todos los candidatos, no es proponer un modelo económico viable, sino uno que le permita ganar las elecciones. Para ello, pareciera que tiene que distanciarse de Venezuela sin criticar sus medidas económicas o el autoritarismo rampante ¿Por qué esa necesidad de alejarse sin señalar, de apartarse sin comentar? Usted lector sabe la respuesta.

jueves, 1 de marzo de 2018

A propósito de Wonder (Chbosky, 2017)

Para amar a una persona, no basta con apreciar sus virtudes, es necesario también respetar sus defectos. Eso lo olvida Hollywood en cada película que hace sobre personas en situación de discapacidad. En Rain man (Levinson, 1988), Raymond Babbitt es autista, pero posee habilidades sorprendentes en las matemáticas y otras ciencias; Forrest Gump (Zemeckis, 1994) tiene un coeficiente intelectual inferior a 75, pero tiene capacidades casi sobrenaturales para correr, jugar ping-pong y suerte para estar siempre en el momento adecuado de la historia. No son filmes que nos enseñan a amar o siquiera a respetar a quienes están en una situación de discapacidad. Son películas que nos enseñan a admirar el éxito.

Los defectos de este tipo de películas se hacen más evidentes cuando se comparan con obras como Le Huiteme Jour (Van Dormael, 1996) una película en la que el protagonista Georges (Pascal Duquenne) es un hombre con Síndrome de Down que no tiene habilidades sobrenaturales algunas, pero que aprendemos a amar en su humanidad, en sus limitaciones, en su forma diferente de ver el mundo: “En el octavo día, Dios creó a Georges. Y vio que estaba bien”, dice el protagonista al final del filme.

Wonder (Chbosky) es otra película más sobre personas en situación de discapacidad. El protagonista es Auggie (Jacob Tremblay) un niño con Síndrome de Treacher Collins, a quien su madre decide enviar por primera vez a la escuela en quinto año. Como en todos estos tipos de filmes, el protagonista sufrirá bullying por parte de sus compañeros, pero logrará al final enamorar a todos o a casi todos los estudiantes de la escuela.

La película tiene dos importantes méritos. Es una obra estadounidense en contra del bullying en épocas en las que un acosador profesional fue elegido como presidente. Además, es narrada en la primera voz de los personajes cercanos al protagonista. El segmento de la hermana de Auggie, Via (Izabela Vidovic) con acierto relieva los problemas que sufren los familiares de una persona en situación de discapacidad. Por los cuidados que demanda su hermano, ella ha tenido que convertirse en satélite de un sol y a pesar del amor y comprensión que siente por Auggie, no deja de sufrir porque sus padres han estado ausentes en sus logros y eventos importantes.

Aun así, Wonder padece los mismos errores de las películas de Hollywood sobre personas en discapacidad. Auggie no es sólo un niño con Síndrome de Treacher Collins, es el mejor estudiante en ciencia. Claro, no tiene las habilidades de Raymond Babbitt en Rain Man o la suerte de Forrest Gump, pero no es un niño común con una extraña enfermedad, es un niño especial.  Wonder no nos enseña a amar a personas con apariencias físicas diferentes, nos enseña a apreciarlas porque de pronto pueden ser muy inteligentes.


Al final de la película, en la escuela le otorgan un premio a Auggie y toda la escuela se para a aplaudir. Aquí viene, para mí, la peor lección del filme. Lo importante no es apreciarse a sí mismo, aprender a subsistir sin que importe el qué dirán. El mérito está en que te reconozcan y aplaudan. No en vano dice Auggie que toda persona debiera ser aplaudida al menos una vez en sus vidas. Wonder no nos enseña a enfrentar el bullying, nos vuelve esclavos del qué dirán, de lo que los otros piensan y sienten.

lunes, 26 de febrero de 2018

Los Derechos en Serio

No lo digo por Dworkin y su más que sobrevalorado artículo. Lo digo en general, para llamar la atención, porque parece que en todos los extremos del espectro político, los líderes quisieran jugar a los derechos, como si la dignidad, la honra y la integridad de las personas fueran sólo banderas políticas que asir según la conveniencia del momento.
En Colombia, Claudia Morales comenta la terrible experiencia de violación y muchos, con toda razón, se solidarizan con ella. Otros piden que se conozca al culpable y señalan este caso como un ejemplo de la terrible sociedad patriarcal en que vivimos. De acuerdo. La violación es uno de los peores delitos y el culpable de semejante atrocidad debería pagar sus culpas. Pero muchos de los que hablaron entonces permanecen en un silencio casi cómplice cuando se habla de los crímenes sexuales denunciados por Rosa Blanca ¿Se ha solidarizado con las ex guerrilleras la siempre combativa Catalina Ruíz Navarro?, ¿Por qué la vehemencia de Carolina Sanín se convierte en prudencia cuando es necesario denunciar los crímenes de las FARC?
Algo similar sucede en el otro lado del espectro. En el ideario de muchos en la derecha pareciera que los secuestros justifican las desapariciones, la impunidad los sanguinarios ajusticiamientos, la propiedad privada las muertes de los líderes sociales. A mí me sorprende en demasía el silencio de muchos líderes políticos frente a lo que parece un esfuerzo sistemático por desaparecer a todo aquel que ose hacer una protesta social en Colombia. Es terrible constatar que Viviane Morales y Ordoñez han criticado más el derecho al matrimonio igualitario que el asesinato de miles, como si la aceptación de sus credos religiosos fuera más importante que las vidas de las personas. Algo similar pensaba Torquemada, sin duda.
Que los derechos humanos no importen quizás sea la razón del paupérrimo panorama electoral colombiano. Políticos con pasados cuestionables promueven las mismas viejas fórmulas que no han dado resultado en ningún lugar.

“El respeto al derecho ajeno es la paz,” decía con acierto Benito Juárez. Mientras los derechos no sean más que frases de campaña, mientras se prefiera el olvido a la justicia, mientras se atiendan sólo a un tipo de víctimas, mientras los asesinatos sean tan comunes como el silencio que los encubre, en Colombia seguirá reinando la guerra. Así se firmen uno y mil tratados, así los ingenuos crean que la firma de un papel traerá la paz definitiva a estas tierras. 

jueves, 22 de febrero de 2018

El Castrochavismo Sí existe

Dos fueron las razones que impulsaron a Hugo Chávez a buscar expandir su movimiento por América Latina. La primera fue ideológica. Desde su infancia, Chávez hizo suya la misión de construir el sueño fallido de Bolívar: una Gran Colombia formada por los países que había independizado. La segunda razón fue práctica: mantenerse en el poder a pesar de enfrentarse al modelo político económico impulsado en Washington. El intento de golpe de Estado de 2002 le había dejado muy en claro a Chávez que su supervivencia en el poder dependía de establecer una red de alianzas que le permitieran contrarrestar la fuerte presencia estadounidense en la región. Las dos razones se unirían en un solo proyecto que él mismo que Chávez resumió con su característica oratoria: “Seguiremos batallando por la verdadera unidad e integración de nuestros pueblos, pero no es con el imperialismo que vamos a integrarnos. Bastante daño le hizo el imperio al proyecto de Bolívar.”
Para temer al imperio estadounidense, no era necesario esperar al fallido golpe de Estado, bastaba con leer la historia de la guerra fría en las últimas décadas del siglo XX. Las extrañas muertes de Trujillo en Panamá y de Roldós en Ecuador, el golpe de Estado de Pinochet, los militares entrenados en la Escuela de las Américas, todo ello contribuyó, sin duda, a crear un estado de paranoia en Chávez que se vería ratificado con el intento de golpe de 2002.
El único gobernante de la guerra fría que se opuso a Estados Unidos y logró sobrevivir la arremetida del imperio fue Castro. Los golpes de Estado que plagaron al Continente y las elecciones nicaragüenses de 1990 habían dejado al dictador solo en su isla. No es una casualidad, entonces, que Chávez, atrincherado en el Palacio de Miraflores, se hubiera comunicado con Fidel para pedirle consejo en medio del intento de golpe.
El castrochavismo nacería entonces fruto de esta coyuntura política y de las aspiraciones bolivarianas del gobernante venezolano. La idea era crear un eje de poder que tuviera como ideario las consignas socialistas de Cuba y las de unidad de Bolívar. Como diría el mismo Chávez, “Estamos comenzando a mirar lo que el Padre Libertador imaginaba: Una gran región donde debe reinar la justicia, la igualdad y la libertad. Fórmula mágica para la vida de las naciones y la paz entre los pueblos.”
El plan no sólo buscaba la creación de organismos internacionales como Unasur que pudieran servir de contrapeso a la OEA, sino la intervención en las elecciones de los países vecinos. Entre el 2002 y el 2008, el precio del petróleo tuvo el mayor crecimiento de la historia, llegando a costar más de 120 dólares por barril, en 2007. Estos precios permitieron a Chávez injerir en casi todas las elecciones del continente. A Cristina Kirchner, le regalaría una maleta con más de 800.000 dólares, en tanto que, a su esposo, mientras estaba en el gobierno, le otorgó un préstamo especial para acabar la dependencia de Argentina al FMI.
En unos pocos años, la alianza Castrochavista apoyaría de forma exitosa a candidatos amigos en la elección de los presidentes de Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Argentina y Perú. En un muy corto período de tiempo, los petrodólares de Chávez habían esparcido por América Latina el ideario que décadas antes Castro había intentado propagar enviando guerrillas por todo el continente.
Aunque la alianza fue exitosa en términos de los gobiernos que logró elegir, no lo fue en lo relacionado con su ideario revolucionario. En Bolivia, Luis Alberto Arce Catacora, un economista de la Universidad de Warwick, seguiría un ideario más Cepalino que cercano a las políticas socialistas de Castro, en tanto que Correa jamás fue capaz de dejar la dolarización de la economía en Ecuador, por sólo mencionar dos ejemplos.
Aun así, negar la existencia del castrochavismo es olvidar la historia de las últimas dos décadas en América Latina. El gobierno venezolano ha intervenido, interviene e intervendrá en las elecciones de los países del continente, así como lo hizo Estados Unidos durante la guerra fría.
Muchos periodistas en Colombia sostienen que no debe hablarse de castrochavismo, porque este término no es más que una entelequia creada con afanes electoreros. Es cierto, el castrochavismo ha sido usado con intereses más que oscuros en las contiendas actuales, pero el hecho de que alguien utilice el temor a esta alianza de forma inescrupulosa no significa que el castrochavismo no exista.
Otros afirman que el castrochavismo no es una amenaza en Colombia, porque nuestro país jamás se convertirá en una Venezuela. Somos un Estado de Derecho con control de poderes, dicen. El argumento, en realidad, no es más que una falacia de tradición. Que Colombia haya garantizado desde 1991 (antes reinaba el Estado de Sitio en el que no existía una clara división de poderes) cierto tipo de democracia formal, no garantiza que ésta sea la norma para siempre. Ya Chávez demostró lo fácil que es destruir una democracia y Uribe estuvo a sólo unos votos de lograr ser elegido de una forma interrumpida.
A los monstruos hay que llamarlos para poder enfrentarlos. El castrochavismo con sus expropiaciones, presos políticos, censuras y destrozos está sólo a una frontera. Negarlo apelando a absurdas falacias es tan peligroso como dejarse llevar por el miedo para elegir a uno u a otro candidato.


lunes, 4 de diciembre de 2017

CATALINA RUÍZ NAVARRO: PIDA DISCULPAS

Primero porque cometió un plagio tan grande como evidente. En su trabajo de grado, Catalina omitió 53 referencias bibliográficas. 53 casos en una tesis de 127 páginas indica un metódico esfuerzo por apropiarse de ideas que no son las propias y no un simple error mecanográfico o tipográfico.

También debe pedir disculpas, porque sus justificaciones son un insulto al trabajo académico y a la inteligencia de sus lectores. En su página de Facebook, Catalina Ruíz afirma que los supuestos plagios se cometieron en, “el Marco Teórico de mi monografía, un espacio que, por definición, recoge las ideas de otros autores para construir eso; un marco teórico basado en el estado del arte de un problema filosófico.” Lo cierto es que ningún académico que se respete considera que la elaboración de un Marco Teórico da derecho para reproducir frases enteras sin la respectiva referencia bibliográfica. Contrario a lo que dice Catalina Ruíz, las referencias aquí son fundamentales, porque permiten al evaluador juzgar la bibliografía utilizada por el investigador. (Para una opinión similar, presione aquí)

Tercero, porque su defensa consiste fundamentalmente en tergiversar las acusaciones en su contra. Para ella, referirse a las frases que copió sin dar el crédito oportuno es un cuestionamiento a los argumentos de su tesis. Lo cual es una clara tergiversación de aquello que se discute. Una cosa es juzgar la originalidad de una obra, otra muy distinta dudar de la coherencia y consistencia de sus argumentos.

Finalmente, porque compara a PLAGIO SOS con grupos paramilitares, por su decisión de hacer público el plagio cometido por Catalina Ruíz. Esta defensa es tan absurda como contradictoria. Catalina afirma, “Es necesario dejar algo claro: el plagio es un delito. Un delito tipificado en el Código Penal, cuya prueba se establece siguiendo conductos regulares y ante las autoridades competentes, como ocurre con cualquier otro. Si todas las autoridades pertinentes han declarado que Sánchez no ha cometido plagio, nada tiene qué [sic] hacer un portal que declara que resolverá el asunto por su cuenta, al mejor estilo paramilitar.” Renglón seguido, afirma que la página está hecha sólo para, “calumniar, injuriar y atacar moralmente a las personas en su honra e intimidad.” Así las cosas, si PLAGIO SOS decide denunciar el delito de plagio, entonces Catalina considera que sus acciones se parecen a las de los paramilitares, pero si ella los acusa de calumniar e injuriar, entonces eso hace parte de la libertad de expresión, ¿no?

Catalina Ruíz Navarro debe pedir disculpas no sólo por violar derechos de autor en su tesis de grado, sino, y fundamentalmente, por haber utilizado la causa feminista para defender sus actuaciones. Cuando Catalina afirma que PLAGIOS SOS ya había acusado a una estudiante, “que también tuvo tutora mujer y jurados mujeres,” está sugiriendo que todo se debe a una persecución por el hecho de ser mujer.

En un país, como Colombia, en el que tan necesaria son las voces de quienes defienden los derechos de las mujeres, es triste comprobar como una de sus más escuchadas representantes utiliza el movimiento para justificar sus errores. Si a alguien debe disculpas Catalina Ruíz es al movimiento feminista, en especial a todas las mujeres a las que no les creerán sus denuncias.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Adenda

Los últimos acontecimientos vividos en la Universidad del Rosario han llevado a varios amigos a preguntarme si todavía sigo sosteniendo las mismas opiniones que me llevaron a publicar, ¿Porqué dije adiós a la Universidad del Rosario?, en este mismo blog, hace más de cinco años . A todos ellos quisiera decirles que esa entrada fue el producto de las circunstancias que me llevaron a renunciar a mi Alma Máter, en enero de 2011. Desde entonces, poco o ningún contacto he tenido con la Universidad, así que mal haría en afirmar que los problemas que entonces diagnostiqué existen todavía en el presente.
También quiero manifestarles que confío plenamente en la labor de las directivas de la Universidad. Tanto al Rector como al Decano de la Facultad de Jurisprudencia (para leer mi entrada sobre el nombramiento del Doctor Juan Carlos Forero, presione aquí) los conozco desde que estudiaba derecho, hace más de 20 años. Estoy convencido de las capacidades académicas, personales y morales de ambos, así como de su amor y compromiso por la Universidad del Rosario. Nadie como ellos está más capacitado para conducir a nuestra amada institución a feliz destino, a pesar de las eventuales tormentas que siempre se presentan en todas las universidades.
El tiempo nos da el privilegio de cerner nuestras experiencias y de valorar los momentos cuya suma forman nuestras vidas. Por mi Alma Máter, sólo siento un profundo agradecimiento, orgullo y amor. Ella me permitió conocer algunas de las mejores personas con las que he tenido contacto en mi vida. Allí, Sáchica me enseñó, como lo manifesté alguna vez,  (leer aquíque el claustro es un lugar en donde las opiniones que defienden los demás rosaristas jamás serán motivos suficientes para negar una amistad, o para que no podamos sentarnos a tomar un café que sirva de pretexto para poder hablar; allí, también, Francisco Herrera Jaramillo me contagió del amor por la filosofía y por comunicar a mis estudiantes la importancia de estudiar la historia del pensamiento, Escobar Sanín me enseñó a investigar y a leer con ojo crítico las sentencias de la Corte Suprema, Edgar Ramírez me mostró todo el profundo contexto doctrinario que hay detrás de la normativa civil, Guillermo Salah Zuleta con su ejemplo me inculcó que era eso, como diría Rocha Alvira, de profesar y vivir la virtud.
No estoy enterado de los acontecimientos recientes vividos en el claustro, pero sé que el Rosario superará esta prueba como lo ha hecho con todas las anteriores, con el diálogo y reflexión que la ha caracterizado a través de sus más de 350 años.