jueves, 15 de diciembre de 2016

En torno a la cadena perpetua

El horripilante crimen cometido contra Yuliana Samboní ha traído una vez más al debate público la discusión sobre la cadena perpetua. El problema, sin embargo, es que en Colombia se discuten los temas a partir de coyunturas muy específicas, lo que termina llenando los debates de argumentos pobres con ninguna profundidad académica. En el caso de la cadena perpetua, el diálogo se ha caracterizado por indignados que ven en su dolor ante el horror la única justificación para la pena y quienes se les oponen con argumentos más que débiles.

Algunos, por ejemplo, sostienen que la cadena perpetua no debe permitirse, porque se ha probado que el aumento de las penas no reduce el número de crímenes, y porque hay medidas más necesarias y efectivas para atacar este tipo de violaciones. El argumento es una clara falacia de falso dilema. Tomar medidas educativas y políticas para cambiar la sociedad patriarcal en la que vivimos no impide que se aumenten las penas a quienes cometan crímenes atroces. Por otro lado, la cadena perpetua puede defenderse con justificaciones diferentes a la prevención general. Uno podría argumentar que ella, al menos, evita que criminales como Rafael Uribe continúen cometiendo horrendos crímenes.

Los opositores a la cadena perpetua sugieren también que es posible prevenir la reincidencia de los culpables de delitos sexuales mediante terapias sicológicas y otro tipo de tratamientos. Rodrigo Uprimny, por ejemplo, cita el siguiente artículo para sustentar la tesis de la posible resocialización de ciertos criminales: http://www.apa.org/monitor/julaug03/newhope.aspx, y para sugerir que, “la tasa de reincidencia es del 17% y baja al 10% si la persona recibe tratamiento mientras recibe la pena.” (para leer el artículo de Uprimny, presione aquí)

A pesar de lo llamativo del argumento, no deja de ser muy superficial y lleno de problemas. En primer lugar, la cita no es correcta. El nivel de reincidencia al que hace referencia Uprimny se da en un período de cinco a seis años luego de cometido el crimen. En un lapso de tiempo mayor, de 15 años, la reincidencia se duplica al 24%. Además, Uprimny no menciona que hay tipos de criminales con un mayor porcentaje de reincidencia. Generalistas (aquellos que cometen un mayor tipo de delitos sexuales) tienen un nivel de reincidencia del 36%, en tanto que la reincidencia de los abusadores de menores es del 35% (Para leer un artículo sobre el tema, presione aquí). Si se quiere discutir con seriedad un tema tan importante como el castigo para quienes abusan de nuestros menores, uno esperaría de investigadores tan serios como Uprimny que, al menos, no tergiversen sus fuentes.

Ahora bien, es cierto que el nivel de reincidencia es bajo, mucho más bajo de lo que muchos creen. No obstante, la reincidencia para abusadores de menores es tres veces mayor de lo que menciona Uprimny. La diferencia es grande, por decir lo menos.

El argumento, sin embargo, tiene problemas diferentes al mal uso de sus fuentes. En primer lugar, es equivocado suponer que introducir la cadena perpetua para un tipo de delitos significa que los criminales tendrán que recibir este tipo de pena. Cualquiera que sepa algo de dosimetría penal sabe que los tipos penales dan varias posibilidades de adecuación del castigo. Penas menos severas podrían imponerse para cierto tipo de criminales y la cadena perpetua podría reservarse para ese 10% que reincidirá, según la errada lectura que hace Uprimny sobre los estudios del tema.
En segundo lugar, no es cierto que la cadena perpetua sea una pena inmodificable. En varios países en los que se aplica esta condena, existe la obligación del Estado de revisarla cada determinado tiempo para que un grupo de especialistas determine si el criminal merece o no una segunda oportunidad. Así las cosas, si se prueba que no es posible que haya reincidencia, la persona podrá recuperar su libertad. Esto en nada contradice la existencia de la cadena perpetua. Por tanto, los bajos niveles de reincidencia (repito, en la mala lectura que hace Uprimny) tampoco son un argumento sólido en contra.

El tercer problema está en creer que todos aquellos que cometen crímenes sexuales tienen la misma patología. Sicópatas, por ejemplo, tienden a reincidir tres veces más que quienes no lo son. Teniendo en cuenta que el sujeto pasivo de crímenes como los de Rafael Noriega son los niños, el Estado debería guardarse la potestad de imponer la cadena perpetua para quienes muestren grandes niveles de sicopatía o para quienes reinciden. En los demás casos, sería posible pensar en penas más benignas. Por lo demás, sería interesante saber qué piensan quienes se oponen a la cadena perpetua de los criminales que reinciden en este tipo de atrocidades luego de salir de la cárcel ¿Merecen una pena que les permita salir de la cárcel?

Otro argumento que sugieren algunos es que no hay necesidad de imponer la cadena perpetua, porque en la práctica ya existe en Colombia. Rafael Uribe, dicen algunos, recibirá una pena de 50 años. Si este tiempo se  le suma a los 38 que tiene, saldrá de la cárcel con más años de los del promedio de vida en Colombia.

Claro, el argumento sólo sirve si el criminal tiene 38 y si el juez le impone una pena de 50 años. Por lo demás, cabe preguntarse, si la cadena perpetua en la práctica existe, ¿por qué no regularla? ¿Acaso no es mejor llamar las cosas por su nombre? ¿Prefieren que la cadena perpetua exista pero que usemos subterfugios para no darnos cuenta?, ¿o lo que proponen es que se bajen las penas para este tipo de horribles crímenes?

El crimen de Yuliana es uno más de una larga lista de atrocidades que suceden en Colombia. La cadena perpetua no es la solución. En eso, creo, todos podemos estar de acuerdo. Pero si ella permite que salvemos aunque sea a un menor, estaría más que justificada ¿No lo creen?  


domingo, 11 de diciembre de 2016

BOLEROS, REGGAETÓN Y MACHISMO


Después del escándalo que produjo la canción Cuatro Babyes, cantada por Maluma, muchos comentaristas han sugerido que las letras de reggaetón no se diferencian de las de otros géneros que escuchamos desde hace varias décadas. Algunos advierten, con razón, que la música escuchada por los jóvenes siempre ha sido criticada por las generaciones mayores y que el reggaetón es sólo uno más de muchos géneros que han sido machistas y que han defendido horribles crímenes como el feminicidio y el abuso de menores.
A mí me parece que comparar las letras de reggaetón con las de bolero es no sólo un sinsentido, sino una afirmación que se justifica en claras falacias y errores interpretativas. Quienes defienden la anterior tesis, por ejemplo, a menudo caen en una clara falacia de secundum quid. Señalar que algunos boleros contienen letras de un claro contenido machista no significa que el género como tal lo sea, o que la mayoría de sus canciones presentan este tipo de contenidos.
Para afirmar sin incurrir en falacias que el bolero es comparable al reggaetón, habría que hacer una profunda investigación en la que se discutiera el contenido de una gran cantidad de canciones en ambos géneros y se hiciera un análisis estadístico de la frecuencia en las que la invitación al feminicidio o la cosificación de la mujer se presentan en el bolero y el reggaetón. A la fecha, lo que que uno lee en artículos de prensa y comentarios de crítica que se presume calificada son referencias esporádicas a una que otra canción. Jamás la evidencia necesaria para sostener una afirmación tan fuerte.
En segundo lugar, la crítica en ocasiones parte de interpretaciones bastante sesgadas y no contextualizadas de las letras de los boleros. Doy dos ejemplos que son citados en ocasiones para sugerir que las letras de los boleros son tan machistas como las del reggaetón.
La copa rota, compuesta por el boricua Benito de Jesús, es considerada por unos como una invitación al feminicidio, porque dice: “Mozo, sírvame la copa rota/ quiero sangrar gota a gota/ el veneno de su amor” ¿Una invitación al feminicidio?, ¿no? Bueno, sólo si uno no lee la canción. La sangre a la que se refiere es la del bohemio que está bebiendo en una cantina y que está destrozando su propia boca al beber de una copa rota. La sangre es la propia, como queda más que claro en el siguiente verso: “No te apures compañero si me destrozo la boca/ No te apures que es que quiero con el filo de esta copa/ borrar la huella de un beso, traicionero que medio.”
Se requiere un mínimo nivel de comprensión para entender que el bolero no está sugiriendo un feminicidio, sino relatando la historia de un borracho que se rompió la boca en una cantina. Además, el bolero no está cantado en la voz del bohemio, sino de su amigo, “Aturdido y abrumado, por la duda de los celos/ Se ve triste en la cantina a un bohemio ya sin fe.” El bolero está reportando una historia, una de muchas que pasan a diario en los bares del mundo. Jamás sugiere que esa sea la conducta correcta o festeja la actitud del bohemio. De hecho, lo único que celebra la canción es el consejo que le da el mejor de sus amigos, dejar el alcohol y el llanto.
La segunda canción es Cosas como tú. Para los críticos del bolero, la canción es una invitación a la cosificación de la mujer, porque se refiere a la amada como una cosa. Aquí todo depende de la interpretación y de cómo usamos el lenguaje. Una cosa no es un objeto, es todo lo que existe, “Lo que tiene entidad,” dirá la RAE. Por tanto, usted y yo somos cosas, así como el computador desde el cual escribo y la canción que escucho en este momento.
Por lo demás, si se lee bien la canción, verá que a la mujer no se le compara con objetos, sino con momentos que despiertan ciertos sentimientos, “Un rayo de luna que nos acaricia… el perfume de una rosa desmayada” Y no son objetos para atesorar, sino para llevar en el alma, como deja claro el estribillo de la canción. Es importante resaltar, que la comparación en sí no se hace con los objetos, sino con lo que ellos despiertan, la caricia del rayo de luna, la frescura de la fuente del patio.
La canción jamás trata a la mujer como un objeto, lo que hace evocar su recuerdo con referencia a ciertos objetos. En el fondo, ese es uno de los motivos de la poesía. Cuando no somos capaces de narrar algo, lo comparamos con objetos. Uno dice, era firme como una roca. Lo cual, no quiere decir que para uno la persona sea un mineral. Igual, uno puede decir, sus ojos eran como el mar, pero con eso no se quiere decir que sólo sean los ojos lo que lo atrae a uno de la persona, o que se pretenda que uno trate a la persona como a una playa.
Ahora bien, supongamos que mi interpretación es errada y que los textos sí son una invitación a las conductas machistas que encuentran los críticos ¿Tienen el mismo nivel de cosificación de la mujer el bolero que letras de reggaetón que invitan de forma directa a la violación? ¿Si sigues con esa actitud voy a violarte, así que no te pongas alzadita es comparable con decirle a una mujer que se parece a la caricia de un rayo de luna? ¿Alardear de querer enviar a una mujer a cuidados intensivos (Ella se vuelve loca cuando le metro agresivo, cuando la cojo por el pelo, la pego a la pared y le digo la voy a mandar pa’intensivos) se parece en algo a querer destrozar uno su propia boca por la tristeza que le dejó la partida de una mujer?

No caigamos en engaños. La sociedad de los boleros fue sin duda menos justa e incluyente y mucho más sexista que la actual. Aun así, fue capaz de dejarnos bellas canciones, muchas de las cuales son boleros. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

Colombia Duele (A propósito de "Retratos en un mar de mentiras", Gaviria, 2010)

Y mucho. Duele, como dice Fernando Vallejo, cuando uno recuerda  “algún momento de dicha efímera vivido [allí] e irrepetible en otras parte,” así como cuando un recuerda lo jamás vivido, los campos que las minas antipersonales nos impidieron visitar, las carreteras que no transitamos por miedo a ser secuestrados por la guerrilla, los amigos con los que jamás pudimos celebrar, porque murieron en atentados, en secuestros, por balas perdidas, por misiles que llegaron a su objetivo.
A veces, para que no duela tanto, uno cubre los recuerdos con mantos de olvido. En eso, los colombianos somos expertos. Así como mi generación apenas aprendió esbozos del horror que fue la época de la violencia,  las nuevas generaciones creerán que Trujilo, el Chengue, la Chinita, Tacueyó son nombres de sitios turísticos, de pueblecillos perdidos a la vera de la economía. Creerán, además, que los ríos colombianos sólo están contaminados por desechos de fábricas y similares porquerías, y olvidarán que cuerpos y pedacitos de cuerpos humanos le disputaban a los peces el curso de los ríos.
En olvidar y negar somos expertos los colombianos, repito, en cubrir nuestro dolor con telones. Por eso, Jairo (Julián Román), el personaje principal de Retratos en un mar de mentiras, nos parece tan cercano. Jairo es uno de tantos fotógrafos que se rebusca la vida en las plazas de las grandes ciudades, uno de los tantos cuyo oficio es levantar telones de mar, para que la gente no descubra a Bogotá, o forzar a sus clientes a que sonrían, para que no se vea el cansancio de sus vidas, o forzarlos a que cubran sus cabezas con sombreros de mariachis para olvidar de una vez por todas que  estamos en Colombia.
Quizás por eso, su prima Marina (Paola Baldión) lo ama en silencio. Ella ha visto los horrores de la guerra. Ella sabe bien el valor de Jairo, un rostro que sonríe a pesar de todo es un oasis en medio de un desierto de desdichas. Porque la vida de Mariana ha sido eso. De niña, nos cuenta la película en flashbacks, tuvo que abandonar la casa en la que vivía con su abuelo Nepomuceno (Edgardo Román), sus hermanos y sus padres (Carolina Lizarazo y Carlos Hernández). Marina tiene la mirada de muchos desplazados. Yo los vi de cerca cuando trabajaba en el CICR, cuando paraba en los semáforos de Bogotá, cuando cerraba mis párpados por la noche. Son ojos que miran como observando el recuerdo y rehusando el presente, que se escabullen de las miradas y buscan refugio en el anonimato, quizás creyendo que son invisibles cuando no establecen contactos con quien los mira. Yo conozco muy bien esos ojos, a pesar de haber dejado Colombia hace ya varios años no dejan de atormentarme todos los días de mi vida.
El desplazamiento no es un crimen del pasado, es una tragedia que se perpetúa en el presente. Marina lo sabe bien. Lo sabe cuando tiene que llegar a su casa con lo poco que puede comprar para comer, lo sabe cuando recuerda a sus padres asesinados y encuentra a su abuelo borracho, incapaz de afrontar el dolor de sus penas. En su tugurio de hojalata, Marina se encierra en su habitación para que su embriagado abuelo no la golpee. Entonces, reza al Divino Niño y él la escucha, por eso envía un deslizamiento que causa la muerte a Nepomuceno. Gracia divina, dirán algunos.
Luego del entierro de su abuelo, Jairo y Mariana deciden ir al lugar de origen de su familia para recuperar las tierras de su familia. Lo hacen en un Renault cuatro. Mariana, como siempre, observa desde las murallas que el dolor ha construido en su vida. Jairo, en cambio, habla y habla. A su prima, le dice que se tranquilice, que nada malo le va a pasar, porque él está con ella. Se lo dice, mientras la cámara nos muestra casas destruidas por recientes combates, soldados armados hasta los dientes, letreros que avisan de la cercanía de la guerra.
En medio de un páramo, Jairo y Mariana se encuentran con un retén de la guerrilla. El ejército llega pronto y comienza un tiroteo. Por fortuna para Jairo, Mariana logra percatarse a tiempo y le salva la vida a su primo. En Colombia, es el que desconfía el que sobrevive.
Marina y Jairo atraviesan las montañas con nieves perpetuas, los valles de calores pegajosos y fauna variopinta, las cordilleras interminables que surcan carreteritas y trochas de mulas. Al final, luego de perder su carro, llegan a su destino.
El pueblo de Marina y Jairo celebra fiestas, y, como siempre en Colombia, todos parecen alegres. Marina, sin embargo, cual Pedro Páramo es capaz de ver los muertos: Los Quezada, el tendero, su familia, todos aquellos que murieron en quién sabe cuál de tantas masacres que han existido en Colombia. Jairo, en cambio, piensa que la fiesta es una oportunidad para tomar fotos y recuperar en algo el dinero perdido. De forma imprudente, Jairo termina confesando a dos paramilitares no sólo el motivo de su viaje, sino la existencia de las escrituras que pueden probar que él y su prima son los dueños de las tierras que le dejó su abuelo.
El final, ya lo imaginarán. Basta leer las noticias para saber qué le pasa en Colombia a quienes desean recuperar los terrenos que alguna vez fueron suyos. Igual, poco importa. Porque sobre ese mar de dolores, construiremos mil telones de mentiras. La verdad sólo se verá a destellos, en películas como Retratos en un mar de mentiras o en otras obras de arte.

Durante muchos años de mi vida, yo caminé desde la calle diecinueve hasta la Avenida Jiménez de Quesada. Recuerdo muy bien los rostros de dolor que habitaban esas nueve cuadras: un invidente que tocaba un acordeón y que decía, Mi Dios se lo pague y se lo multiplique, cada vez que alguien dejaba una moneda; un señor con las piernas flácidas que acostaban en el costado occidental de la avenida séptima, cerca de la Iglesia de San Francisco; los niños que dormían en la calle y que a la entrada de la Universidad del Rosario nos vendían chicles y golosinas. Carlos Gaviria en un travelling muestra esa misma cuadra, con varios de sus personajes. Es extraño, después de muchos años y a muchas millas de distancia, debo decir que inmortalizar el dolor le da cierta dignidad al infierno que está a nuestro lado y que no vemos, enceguecidos por mares de mentiras.


martes, 29 de noviembre de 2016

SÍ, LO ERA

Varias personas me han escrito cuestionando algunos de los comentarios que hice en mi anterior entrada sobre Fidel Castro (para leerla, presione aquí). Algunos piensan que a pesar de ser ciertas las afirmaciones que hago, también lo es que el líder cubano tenía aspectos positivos que no deben dejar de tenerse en cuenta. Otros señalan lo que consideran son logros sociales del líder cubano en temas como la salud y la educación. Algotros intentan defender a Fidel mencionando los crímenes de los líderes latinoamericanos que odian.
Creo que estas objeciones son o fácilmente debatibles o ameritan una discusión mucho más larga de la que permite una entrada en un blog. Por ejemplo, es cierto que hay otros líderes latinoamericanos que han cometido crímenes iguales o peores, pero eso no exonera a Fidel de sus actuaciones, eso sólo muestra que él es uno más de la larga historia de criminales que ha gobernado a este continente. Por lo demás, es extraño que se quiera defender a Fidel comparándolo con algunos de los peores líderes latinoamericanos. Es como si uno dijera, en realidad esa persona no es tan mala, mire que asesinó menos que aquel sicópata. Que Hitler haya cometido crímenes atroces no exonera ni a Stalin, ni a Mao, ni a Pol Pot, por sólo mencionar unos ejemplos.

Por otro lado, muchos de los logros de Castro también son cuestionables. Augusto Ramírez Ocampo (¡Qué falta hace en estos días!) solía decir: Fidel resolvió tres problemas en Cuba: la educación, la salud y el deporte. Creó, sin embargo, otros tres: el desayuno, el almuerzo y la comida.  Es cierto que la salud es gratis en Cuba, pero hay hospitales sin yeso para curar fracturas, por sólo mencionar uno de muchos ejemplos.  Por otro lado, es cuestionable la admiración que despierta un sistema educativo en el que hay libros prohibidos y no se pueden debatir con libertad las ideas. Ahora bien, sé que este es un punto que amerita una discusión muchísimo más larga, por lo que voy a dar por  hecho que sí, que Castro tiene algunos méritos en su favor.

No obstante, esos méritos no legitiman sus crímenes ¿Por arreglar la salud, es correcto que Fidel haya perseguido a los homosexuales? Todo dictador tiene algunos méritos, pero ellos no justifican que se conculquen los derechos fundamentales. Pinochet redujo la indigencia, Hitler construyó el sistema de autopistas más desarrollado de Europa, pero fueron terribles dictadores y horrendos criminales. Nada justifica en lo más mínimo los ríos de sangre y destrucción que dejaron sus gobiernos.

Hay, sin embargo, una crítica más difícil de contestar que quisiera responder en lo queda de esta entrada. Algunos amigos sugieren una mezcla de las siguientes premisas: 1. Las actuaciones de Fidel eran necesarias dado el contexto político (guerra fría, embargo, presión por parte de los Estados Unidos). 2. Los derechos humanos no son más que herramientas que permiten al capital expandirse. En otros términos, los absolutos morales con los que yo juzgo a Fidel no son más que talanqueras creadas por los grupos dominantes para retardar o impedir los cambios sociales necesarios.
Yo no estoy de acuerdo con la tesis (2) del anterior párrafo, pero en aras de fomentar una buena discusión, la voy a dar por aceptada. Si no podemos evaluar a Fidel por las violaciones a los derechos humanos durante su gobierno en la isla, al menos podemos juzgarlas en términos de sus practicidad; es decir, podemos preguntarnos si su gobierno era efectivo para lograr los fines revolucionarios que proclamaba.

¿Lo eran? Uno podría justificar (no lo hago, nótese el condicional) algunos crímenes como la constantes violaciones a la intimidad o algunas ejecuciones en la presión de los Estados Unidos, pero, ¿podemos justificar todo lo demás? ¿En qué sentido era necesario perseguir a los homosexuales? ¿Es la orientación sexual contrarrevolucionaria? ¿Iban los Beatles a causar una revolución popular? ¿No podían tomarse algunas de las medidas económicas que hoy se están tomando luego de décadas y que han aliviado, en algo, la pobreza de la gente cubana? ¿Era necesario prohibir la libre circulación en Cuba? ¿Se necesitaba prohibir la libertad de expresión? ¿No podían enviarse los prisioneros a cárceles con mejores condiciones que los muladares en los que Castro enterró a la disidencia política? ¿Eran necesarios todos los fusilamientos? ¿Era peligroso que se crearan medios de comunicación que no fueran controlados por el gobierno?

No sé qué piensen ustedes, pero a mí el retrato que Fidel que se forma luego de responder estas preguntas no es la de un gran estadista que se vio forzado a contravenir algunas normas por el bien de su pueblo, sino la de un ególatra, enceguecido por el poder, temeroso de perder hasta una pizca de su dominio. Un ser sin escrúpulos para asesinar, enviar a campos de concentración, torturar, criminalizar a todo aquel que pensara distinto. Un sátrapa, uno de tantos, y no el gran líder que todos esperan ver en irreales virtudes y falsas buenas obras.

sábado, 26 de noviembre de 2016

MURIÓ EL CANALLA

Murió el canalla. El que se perpetuó en el poder por décadas, el de los UMPA y los campos de concentración para homosexuales, el que persiguió a Lezama Lima y a Reinaldo Arenas, el que fusiló a decenas sin previo juicio, el que ordenó al pueblo leer sólo los periódicos de su gobierno, el que prohibió a los Beatles por décadas, el que impidió que los cubanos escucharan estaciones de radio de otros países y envío a cientos a la cárcel por tener las antenas en sus casas orientadas hacia Miami, el que resguardó en Cuba a los guerrilleros colombianos culpables de secuestros y torturas, el que sin ambages declaró que él habría lanzado bombas nucleares así se hubiera acabado la humanidad, el que amasó una gran fortuna mientras su pueblo se moría de hambre, el que obligaba a la gente a escuchar por horas sus discursos a cambio de puntos para intercambiar granos de comida, el que hizo de Cuba una cárcel enorme en la que dejó de existir el derecho a la intimidad, el que ordenó que se chuzaran teléfonos y que hizo de todos los cubanos posibles espías, el que condenó a la muerte a miles de cubanos al obligarlos a salir de su isla en precarias balsas, el que lleno a La Habana de casas en ruinas, el que fomentó el nepotismo y eligió a su hermano como heredero de su dictadura, el homófobo, el intolerante, el genocida, el patrocinador de genocidas, el tirano, el déspota, el criminal, el canalla: Ha muerto Fidel Castro.
La izquierda latinoamericana lo llorará, sin duda. Lo hará, porque ella ha estado siempre dispuesta a denunciar las violaciones a los derechos humanos de todos los regímenes que no sean los suyos. Por eso, Piedad Córdoba pide el matrimonio igualitario en Colombia, pero celebra que Correa se oponga a ellos en Ecuador, por eso denunciaban los macabros ritos aprendidos por los generales en la Escuela para las Américas, pero silenciaban sus voces ante las técnicas de secuestro y muerte que aprendieron en la isla del canalla dictador. Castro ingresará pronto al Olimpo de la izquierda. Allí donde se encuentra el Ché, a pesar de todos los muertos que dejaron sus fusilamientos y su desprecio por quienes pensaban distinto, allí reposa Mao y los millones que dejó la ola de odio que despertó con su mal llamada revolución cultural, allí descansa Pol Pot y el casi entero pueblo camboyano que masacró por delitos tan absurdos como tener gafas o haber estudiado medicina, allí Castro se dará la mano con Stalin, quien desapareció poblaciones enteras para imponer su absurda versión del Capital.

Murió Castro, pero sus guerrillas, sus ejércitos de secuestros, minas antipersonales, reclutamientos forzados de menores quedan. Algunos dirán que sus ideas sobrevivirán. Ojalá eso no sea cierto. 

sábado, 19 de noviembre de 2016

Los otros minutos de Arrival (A propósito de Arrival, Villeneuve, 2016)

Hay quien dice que a los quince minutos sabemos si nos gustará o no una película. Si tuvieran razón, ahora no estaría escribiendo sobre Arrival. Al fin de cuentas, no sólo el primer cuarto de hora, sino gran parte del filme es una repetición de los elementos que se encuentran en casi todas las películas de extraterrestres y que las hacen unos filmes predecibles y anodinos: unas misteriosas naves llegan y se posan sobre grandes ciudades del planeta; la nave nodriza volará sobre los Estados Unidos, y serán ellos quienes nos rescaten y quienes salven al mundo, como siempre lo hacen… en las películas.
Aun así, decidí quedarme a ver el final, porque hay dos cosas en Arrival que es difícil encontrar en otros filmes: Amy Adams (Louise Banks) y el hecho de que el lenguaje y el problema de la comunicación sean los ejes sobre los que gira la película. En Arrival, Amy Adams hace, quizás, uno de sus mejores papeles. A través de susurros produce una imagen íntima y convincente que da credibilidad y sensibilidad a lo que de otra forma sería una fría y distante película de ciencia ficción. El milagro del lenguaje, sus condiciones, sus limitaciones, sus dificultades son un tema que Arrival aborda con ingenio y profundidad. Algo que también es extraño en las películas de su género.
La verdad, no recuerdo película alguna en la que el lenguaje entre extraterrestres y humanos sea un problema. En Arrival, al contrario, lo es desde el comienzo. Louise Banks, una profesora lingüística, es contratada junto con Ian Donnelly (Jeremy Renner) para que interpreten el lenguaje de los extraterrestres y, sin darles a conocer el inglés, averigüen para qué nos visitan.
Cada 18 horas, los visitantes abren las compuertas de sus naves y dejan entrar a los humanos. Ian y Louise son llevados en el momento oportuno a través de una rendija que conduce a una pantalla, detrás de la cual se encuentran los extraterrestres rodeados de un gas blanco. Como en casi todas las películas de su género, los extraterrestres parecen mezclas de especies terrestres, en este caso algo así como árboles y crustáceos.
El lenguaje de los visitantes es gráfico, son una especie de círculos que perduran uno segundos en el tiempo antes de disolverse en el aire. Ian y Louise no son los únicos que intentan descifrar los símbolos, también lo hacen los otros once países sobre los que flotan las naves extraterrestres. Al principio, la cooperación es sólida y parece que el proyecto de saber qué es lo que quieren los visitantes es una tarea conjunta de la humanidad. Sin embargo, cuando los humanos son capaces de traducir uno de los mensajes, “usa tu arma”, la cooperación es destruida por la desconfianza. Los chinos, en especial dan un ultimátum de 24 horas a los visitantes.
Al final, nos enteramos de que los extraterrestres sólo querían que Louise usará su arma especial, ver el futuro. Y que querían ayudarnos, porque en el futuro necesitarán de nuestra ayuda, pero que sólo seremos capaces de entender el regalo para la humanidad, si las doce ciudades cooperan juntas.
Louise utiliza el arma, ver el futuro, y le dice a un general chino algo que sólo él sabía y, de esta forma, lo convence de parar el ataque a los extraterrestres y convencer a la humanidad de cooperar juntos. Al final de la película, vemos a Louise y a Ian abrazados.
En ese momento, uno se da cuenta de que Ian y Luise serán pareja, tendrán una niña que morirá de cáncer. Lo sabemos, porque así empieza la película, con imágenes que creemos del pasado, pero que son del futuro que Louise puede ver. También sabemos que Ian dejará a Louise, quizás porque ella decidió tener a su hija, a pesar de que sabía cuál sería su trágico destino.
Y bueno, se preguntarán ustedes, ¿no es esta la trama repetida que describí al comienzo? Sí, lo es. Pero mezclada con la repetida hasta el cansancio historia de extraterrestres hay un bello intento de relatar algo que se ha venido contando desde los griegos y que Arrival narra de una forma original y encantadora. El drama de nuestro destino, la pregunta sobre si nuestro futuro está escrito, sobre si en realidad podemos hacer algo por cambiarlo, sobre si vale la pena el sufrimiento de vivir y morir en esta tierra.

Decía que hay gente que cree que a los quince minutos se puede saber si nos gustará o no una película. En un cuarto de hora también, en ocasiones proferimos nuestro juicio final sobre situaciones y personas. El lenguaje en ocasiones demuestra que estábamos equivocados. Demuestra que hay razones que no consideramos o circunstancias que ignorábamos. En Arrival el lenguaje permitió dar cuenta de las inexpugnables complejidades del tiempo. A mí me costó casi una hora para darme cuenta de ello.   

sábado, 22 de octubre de 2016

LAS RAZONES DEL DELITO POLÍTICO

Cuando le digan que hay crímenes que deben perdonarse o cuyas penas deben ser menores, porque son delitos políticos, dude, el motivo es otro. Si observa bien, se dará cuenta que las amnistías, indultos y penas alternativas sólo se justifican en el miedo y en la incapacidad del Estado de capturar a un grupo de crueles delincuentes. Santos y Timochenko lo saben, por eso amenazaron con feroces guerras urbanas e infiernos para convencernos de perdonar un horrible pasado de atrocidades y fechorías.
Le dirán que el motivo de los delitos políticos es altruista, diferente. Como si lo supieran ¿Acaso uno es capaz de ingresar a las más privadas áreas de la conciencia de los demás para saber por qué hacen lo que hacen? ¿Acaso cada uno de los integrantes de las FARC, por poner un ejemplo, empuñó las armas para crear una mejor Colombia o para implementar un diferente régimen político? ¿En qué porcentaje sus acciones fueron altruistas? ¿Habrá algo de sed de venganza, de sevicia, de costumbre, de miedo…? ¿A partir de qué porcentaje consideramos altruista una razón? ¿Somos los seres humanos tan coherentes como para saber sin ambages por qué hacemos todo lo que hacemos? ¿Tienen los mismos intereses Romaña que la niña de doce años recién reclutada por la fuerza?
Por otro lado, ¿Son altruistas los objetivos de las FARC? ¿En qué sentido son mejores que los de otros delincuentes? ¿Por qué creemos que las barbaridades de las FARC tienen mejores intenciones que las de un ladrón de barrio que roba para darle sustento a su familia? ¿Podríamos decir lo mismo de quien asesina para vengar un crimen sanguinario? ¿Qué podríamos decir de los crímenes atroces que cometió el Cartel de Medellín para que se prohibiera la extradición? ¿Son esos delitos altruistas? ¿Políticos? Políticos sí, pero altruistas no, dirán algunos ¿Entonces, los amnistiamos?  
Y aun así, aun suponiendo que los crímenes de las FARC sean políticos, ¿Son por ello mejores? ¿Qué tal que el régimen que buscan en realidad fuera una versión moderada del genocidio camboyano de Pol Pot, o de la nefasta revolución cultural de Mao, o de los campos de concentración para homosexuales de Castro en Cuba? ¿Acaso Mao, Fidel y Stalin no eran sus guías? ¿Cuál es la bondad de un régimen como el estalinista que masacró a millones? ¿Por luchar por la implementación de un régimen genocida es que debemos darle una pena más favorable a las FARC? ¿Es ese el motivo? Una banda de atracadores de bancos pagará años en la cárcel, pero si confiesa que lo hacen para instaurar la dictadura de cualquier asesino en serie, entonces será amnistiado o, si es de malas, tendrá penas alternativas ¿Es esa la lógica del delito político?
Dirán también que las condiciones históricas, que la época de la violencia, que el Frente Nacional, que Rojas Pinilla, que la Constitución del 86 que estas y otras tantas miserias en la historia de esta patria llena de atrocidades justifican un trato más benévolo para las guerrillas colombianas. Si eso es así, ¿Por qué no para los otros delincuentes? ¿Acaso ellos vivieron en un país distinto? Dirán que porque los crímenes de las FARC tenían como objetivo cambiar el sistema político ¿Será verdad? ¿Para cambiar el sistema político se necesitaba cometer todo el raudal de atrocidades que cometieron? Y aun suponiendo que fuera cierto, ¿Entonces qué hacemos con los crímenes cometidos luego del 91, o luego de la caída del Frente Nacional? ¿Son esos menos políticos?
Otros señalarán al Código Penal y observarán que esos son los delitos políticos. No dirán nada. Decir que una conducta merece un tratamiento especial, porque es un delito político, porque los delitos políticos merecen un tratamiento especial es un círculo vicioso que incluso quien no haya estudiado lógica podrá reconocer. Es que el objetivo es derrocar al Estado, ¿y? ¿Por eso, sólo por eso debemos perdonarlos?
No nos engañemos, a las FARC las perdonamos, porque les tenemos miedo, porque preferimos darles curules y prerrogativas a continuar una interminable guerra. No lo critico. Yo también repito con Celine, "Rechazo la guerra y todo lo que conlleva, no la deploro, no me resigno, no lloriqueo, la rechazo categóricamente con todos los hombres que contiene. No quiero tener nada que ver con ellos, con ella. Aunque ellos sean 995 millones y yo uno solo, ellos están equivocados y yo tengo razón, porque soy el único que sabe lo que quiere: no quiero morir."

Eso sí, no nos digamos mentiras. Es la guerra y su hermana la muerte las que atemperan nuestra ira. Así que dejen de engañar y buscar resquicios de bondad en las acciones de un grupo genocida.