lunes, 5 de diciembre de 2011

El HOOVER DE EASTWOOD

Según la versión más radical, Hoover fue un déspota, un homosexual chantajeado por los varones de la mafia que prefirió guardar silencio ante el crimen, para que no se revelara su poca convencional vida sexual.  Era un perfecto hipócrita, un crítico feroz de las apuestas que, sin embargo, jugaba cuantiosas sumas de dinero al caballo ganador en los hipódromos de los Estados Unidos.

Para los historiadores del FBI, Hoover fue un funcionario admirable, un celoso cumplidor de su deber cuyo trabajo fue esencial para contrarrestar los criminales más peligrosos de la sociedad norteamericana.  Si bien era cierto frecuentaba los hipódromos, jamás apostó más de dos dólares.  Los escándalos sexuales que se le atribuyen no son más que invenciones, leyendas urbanas que carecen de cualquier sustento serio.

El Hoover de Eastwood, en cambio, es el personaje de los recuerdos del legendario director del FBI.  “J. Edgar,” es narrada a través de las memorias que renacen en Hoover (Di Caprio) mientras dicta su autobiografía.  Como acontece con muchos  recuerdos, los hechos se evocan no como pasaron, sino como quisimos que hubieran sucedido.  Eastwood es consciente que al recordar todos transitamos ese delgado umbral que delimitan la memoria y la auto conmiseración.  Las extorsiones a los políticos, por ejemplo, no se muestran como graves hechos delictivos, sino como chascarrillos que Hoover comparte con su amigo Clyde Tolson (Armie Hammer); las carreras de caballos aparecen, mas nunca sabemos la suma de las apuestas.  En alguna escena vemos a Di Caprio vestido con los trajes de su recién fallecida madre (Judi Dench), pero más que una afirmación sobre el comportamiento de Hoover, la película parece querer resaltar sus debilidades mentales.  No es ropa de mujer lo que viste Di Caprio, es un reprimido y enfermizo complejo de Edipo.

Los recuerdos evocados por “J. Edgar” recorren sus inicios como funcionario del departamento de justicia y las casi cinco décadas que ejerció como director del FBI.  Aun cuando Di Caprio hace un serio y cuidadoso trabajo, su papel aparece reiterativo y poco verosímil.  Es difícil creer que el joven actor es el anciano en que se convirtió Hoover al final de sus días.  Más que en la actuación, el problema parece estar en el excesivo maquillaje.  Eastwood, quizás, debió haber acudido a otro actor, al fin y al cabo, los cosméticos también tienen un límite.  No siempre es posible ocultar la edad, así como no siempre es válido maquillar los hechos, así sea para crear una película sobre las memorias de un tirano viejo.