miércoles, 29 de febrero de 2012

LA FISCAL Y LAS FORMAS JURÍDICAS

Antes de conocerse el fallo, todavía no ha sido publicado, antes de saber las razones jurídicas, una larga lista de comentaristas han comenzado a criticar la declaración de nulidad de la elección de la fiscal Viviane Morales. Muchos apuntan al extraño origen de la demanda, (verartículo de Cecilia Orozco) un estudiante de 34 años, Ferleyn Espinosa, de una Universidad recién constituida. En su cuenta de Facebook, Antonio Morales, incluso señala que el decano de la facultad donde estudia Ferleyn es Iván Cancino González, el abogado de José Obdulio. Otros sugieren que esta es una estocada del establecimiento, de los tentáculos que todavía maneja Uribe, para evitar o torpedear las importantes investigaciones que lleva a cabo la fiscal.
Todo lo anterior puede ser verdad, pero no viene al caso. No viene al caso, porque las intenciones de los demandantes no son relevantes para el sistema jurídico. Si Agapito denuncia a Susana, porque la odia, pero todo lo que dice es verdad, Susana debe ir a la cárcel. El derecho permite, como el célebre caso sugerido por Raz y criticado por Finnis, la existencia de jueces anarquistas que cumplen la ley al pie de la letra, porque saben que el sistema jurídico está tan mal que obedecer la ley implica la destrucción del orden legal. Las decisiones de los jueces son legales, así sus actuaciones sean un claro ejemplo de una contradicción performativa.
La discusión debería ser sobre lo fallado, sobre si es verdad que la elección de Morales implicó una violación al acuerdo 006 de 2002. No es este un debate tintirillezco, como algunos piensan. Las formas jurídicas son importantes en materia de elecciones. Un presidente no pude ser elegido con la mitad menos uno de los votos, así alguien pensara “huy… qué cerquita estuvo y qué bueno sería, nos ahorraríamos el dinero de la segunda vuelta.” Son importantes, porque garantizan derechos, aquellos de quienes participaron en las contiendas, y los de los ciudadanos que desean que en su país las reglas de juego en las luchas políticas no sean modificadas al capricho de las circunstancias y las mayorías… para asegurar una reelección, por ejemplo.
El problema jurídico se centra en la interpretación del siguiente artículo, 
“El quórum para deliberar será la mayoría de los miembros de la Corporación. Las decisiones se tomarán por igual mayoría, salvo en los siguientes casos en los cuales se requerirá del voto favorable de las dos terceras partes (2/3) de sus integrantes: […] del Fiscal General de la Nación, de los Magistrados de los Tribunales Superiores de Distrito Judicial y de los integrantes de las ternas para Magistrados de la Corte Constitucional […]”
Jaime Arrubla ha resumido con claridad el problema: "Teniendo 23 miembros la Corte Suprema, el número de votos que tiene que obtener una persona para ser elegida fiscal es de 16. Viviane Morales tuvo 14. […] En ese momento estábamos 18 magistrados porque los demás habían terminado su periodo […] El reglamento de la Corte dice que se toma la decisión con dos terceras partes los miembros. No dice más. La discusión es el punto de interpretación: los miembros reales o potenciales. Hubo magistrados a favor de ambos puntos. Vimos el riesgo, pero ante la magnitud del problema de interinidad se optó por esa decisión”.
En otras palabras, cuando el acuerdo afirma “sus integrantes,” se está refiriendo a (1) el número de magistrados actuales (Interpretación Corte Suprema) o (2) al número de magistrados que deberían estar elegidos (Interpretación Consejo de Estado). La verdad la norma no especifica, no clarifica a cuál de las dos cifras se refiere. Estamos ante lo que Hart llamó claramente, textura abierta de la norma.[1] Es decir, una expresión que puede ser entendida de varias formas y frente a la cual el juez tiene discreción.
En mi clase, explico el problema de la textura abierta a partir de un ejemplo que le escuché alguna vez a Cancino y que, además, se encuentra casualmente en la serie de televisión Law & Order, SUV. Imaginen que una norma ordena encarcelar a los criminales hombres en prisiones masculinas y a las mujeres en femeninas. Alexis es hermafrodita, de forma tal que la ciencia no puede determinar si es hombre o mujer (de hecho nunca lo puede, pero esta discusión es más larga). Un peritaje médico sostiene que Alexis es 50% hombre y 50% mujer ¿A qué cárcel debe enviarse Alexis? En estos casos, dirá Hart, existe textura abierta y el juez tiene discrecionalidad para decidir dónde enviarla. Él y no la norma (porque la regla no dice nada sobre el caso) escoge a dónde enviar a la criminal hermafrodita.
La norma en disputa tiene una clara textura abierta. Se refiere a los miembros de la Corporación, sin aclarar si son los reales o potenciales, como bien explica Arrubla. Así que, sin duda, estamos ante un típico caso de textura abierta. En consecuencia, la decisión del Consejo de Estado no está justificada por la norma, por los requisitos de la elección, sino por la propia voluntad de los magistrados. Ellos eligieron, ellos decidieron, ellos optaron, ellos le dieron el significado a la norma para que Morales no siguiera siendo la fiscal. Lo demás son racionalizaciones que cualquiera puede creer o no. Todo depende de qué tan ingenuo o perspicaz sea uno.
Ahora bien, ni la teoría jurídica, ni Hart (así Dworkin nunca lo haya entendido), se quedan en señalar un problema interpretativo, la textura abierta. La filosofía del derecho ha avanzado en los últimos años precisamente en el problema de desarrollar métodos de interpretación que incorporen principios jurídicos a la ardua labor que realizan los jueces. El problema de decidir si la palabra “magistrados” se refiere a los actuales o potenciales, no es un problema semántico, sino uno que debería incluir principios como la seguridad jurídica, o la equidad en la administración de justicia, por ejemplo. En otras palabras, la discusión sobre la elección de Morales es, en el fondo, ética ¿Cuál es la mejor respuesta, desde la ética política, al problema jurídico que se discute?
Obviamente, este es un problema mayor que solo podrá discutir con claridad una vez se conozca la decisión del Consejo de Estado. No obstante, a mí me parece que el camino tomado es bastante ilógico. Imagínense que solo diez magistrados de la Corte sobrevivieran a un accidente natural. Siguiendo la interpretación del máximo ente contencioso, nunca la Corte podría volver a deliberar, porque nunca tendría el quórum requerido. O, imaginen que un grupo de magistrados minoritarios sabe que jamás ganará la mayoría, pero que puede torpedear cualquier elección faltando a las votaciones y disminuyendo el quórum. Gracias a la extraña interpretación del Consejo, su inmoral estrategia será bienvenida.
De todos modos, lo mejor es esperar. Es necesario ver qué argumentos nos da el Consejo y qué terna envía el Presidente. El tribunal deberá convencernos de la eticidad de su elección. El Presidente de su integridad al momento de seleccionar el funcionario más importante de los mecanismos de control. Por mi parte, espero que sea enviada una que incluya otra vez a Morales y a otros que puedan llevar a cabo su labor igual y mejor que ella.


[1] La expresión es de Friedrich Waissmann, pero Hart fue el primero en introducirla al derecho. La mejor descripción del problema de textura abierta, en mi opinión, se encuentra en los primeros capítulos de “Playing by the rules” de F. Shauer.

martes, 28 de febrero de 2012

CINCO RAZONES PARA NO VER LOS PREMIOS ÓSCAR


  1.    La increíble habilidad que tiene la Academia para premiar las películas menos importantes de los mejores directores. The Departed es, si mucho, un acierto menor, un poco original remake de Internal Affairs (Lau y Mak, 2002) ¿No es un insulto que Scorsese sea “digno” de un premio de la Academia por un bodrio como The Departed y no por obras de la calidad de Raging Bull (1980) o Taxi Driver (1976)? Decisiones como esa son, como mínimo, un monumento al mal gusto. Cukor, por su parte, sólo ganó el Óscar por ese meloso musical, My Fair Lady (1964) y nunca por obras de la importancia de A Double Life (1947) o Adam’s Rib (1949). Claro, alguien me dirá que lo opuesto también es cierto. Benigni ganó un Óscar por su única película interesante, La vita è bella (1997), pero no creo que en temas de reconocimiento, un clavo saque otro clavo.
  2.        Las enormes injusticias que se han cometido. Una película y dos ejemplos. En 1976, John Avildsen ganó el Óscar a mejor director por su película ¡Rocky! sobre… Da pena decirlo… De verdad… Cara  a Cara de Bergman y All the President’s men de Pakula. En serio, ¿Avildsen mejor que Bergman? Por lo demás, Rocky una insípida película, cuyo actor principal logró ser nominado al Óscar a mejor actor a pesar de nunca ser capaz de hablar en un tono distinto al de un jabalí herido, fue premiada y no Raging Bull.  Sólo esta injusticia es motivo suficiente para no volver a ver los premios de la Academia.
  3.  El insoportable anglocentrismo. La Academia pretende premiar las mejores películas del mundo, no sólo aquellas habladas en inglés. Obras como La vita è bella, Z (Costa Gavras, 1969) han sido nominadas al Óscar de mejor película. Aún así, ningún filme que no hable al menos en parte en inglés ha sido premiado. La razón, tal vez, es que los miembros del jurado no saben leer los subtítulos ¿Quién sabe? Lo grave es que autores como Jean-Luc Godard solo recibieron premios honorarios, en tanto que ninguno de los otros dos grandes creadores de la nueva ola francesa (Truffaut y Chabrol) ganaron algún Óscar.
  4.  La idea de premiar el arte. Claro, eso se aplica a todos los festivales del mundo. El arte no resiste mediciones, ni medallas, ni estatuillas.  En alguna entrevista Borges dijo que grandes obras han sido escritas por ánimo de lucro, mencionaba a Twain como ejemplo, yo hablaría de Dostoyevski. Estoy de acuerdo. El problema no está en el artista, está en el consumidor de arte. Aquél que cree que es superior la obra X, porque está más premiada que la Y, o porque tiene mejor calificación en Rottentomatoes, como si el arte no fuera una experiencia individual, propia, como si una película nos dijera a todos lo mismo, como si el arte fuera sólo para hacer vanas comparaciones.
  5.   La tendencia a premiar costosas películas así sean largas y aburridas.  Titanic (1996), The English Patient (1997) o Braveheart (1995) –Una obra de Mel Gibson es considerada la mejor del año, pero nunca una de Truffaut… ¿Es eso posible?—, como si para hacer buenas películas se necesitara gastar millones de dólares, contaminar ríos, extinguir especies, todo alrededor de insípidos, repetidos y monótonos guiones.

Lo peor, sin embargo, no son los premios. Lo peor es que el mundo gire en torno de esa aburrida fanfarria, ese presunto glamoroso desfile de falsas estrellas. Yo hace rato dejé de prestar atención, prefiero, la verdad, los premios Hétores. 

domingo, 26 de febrero de 2012

La pasión de Hélène (A propósito de Joueuse de Caroline Bottaro)

Hélène (Sandrine Bonnaire) es esposa, madre de una hija adolescente, mucama en un Hotel y aseadora por días en la casa de un médico estadounidense viudo y retirado, Kröger (Kevin Kline).  Hélène es también una pasión que desconoce, ella es una jugadora talentosa de ajedrez. Un día, mientras limpia un cuarto del hotel donde trabaja, encuentra a una estadounidense (Jennifer Beals) jugando ajedrez con su pareja, en lo que parece más la antesala de una relación que una partida del deporte ciencia.
Hélène parece hechizada por el descubrimiento, al punto que regala un tablero electrónico de ajedrez –de esos en los que se puede jugar solo, en contra de un programa—a su esposo  Jacky (Didier Ferrari), el día de su cumpleaños.  Jacky desprecia el regalo “¿Para qué eso? Si yo no sé jugar ajedrez?” dice.
Desde entonces, Hélène comienza a obsesionarse con el juego. Primero pasa noches en vela aprendiendo a derrotar al tablero electrónico, luego convierte cada objeto en fichas de ajedrez y cada baldosa en un cuadrado de un tablero mágico.
Un día, mientras limpia el cuarto del doctor Kröger, Hélène descubre un tablero de ajedrez. Queriendo mejorar el nivel, le propone a Kröger que jueguen juntos. Empieza entonces una íntima, aunque solo intelectual, relación entre los dos. Al comienzo, el doctor estadounidense derrota con facilidad a la mucama francesa, pero con el tiempo las cargas se equilibran y el triunfo llega a Hélène.
Hasta aquí, la historia de Joueuse es bastante convencional. Una persona descubre por accidente su talento y gracias a la ayuda de un siempre sabio aunque problemático tutor logra desarrollar su potencial al máximo. Con pocas diferencias, esa es la trama de novelones hollywoodescos como “Good Will Hunt” (Gus Van Sant, 1997) o “Up Close & Personal” (Jon Avnet, 1996), y de las múltiples versiones del “Pigmalión” de Shaw, como “Educating Riga” (Lewis Gilbert, 1983) o “My Fair Lady” (Cukor, 1964).
Joueuse es, sin embargo, única en la forma como descubre la relación entre sus dos protagonistas.  En una de las escenas “eróticas” más extrañas de la historia del cine, Hélène y Kröger se miran, se acercan, se sientan juntos mientras recitan partidas de ajedrez. Minutos después vemos a los dos besándose por única vez en toda la película.
Caroline Bottaro hace de este, su primer filme, una obra también especial por el feminismo sutil y la meticulosidad Kafkiana con que describe el lento empoderamiento que Hélène va adquiriendo, mientras se apasiona más por el ajedrez y aprende a reconocer su voz propia, en las relaciones con su hija y su marido. “La ficha más importante del ajedrez es la reina”, le dice su hija (Alexandra Gentil) a Hélène. La jugadora sonríe. Algo similar sucede en su vida, ahora ella sabe cómo se mueven las fichas. 

miércoles, 22 de febrero de 2012

ANTIOQUIA, LOS MEDIOS Y LA RESTITUCIÓN DE TIERRAS



Dejemos algo claro. Este escrito no es a favor o en contra de la restitución de tierras. Aunque creo que no hay proyecto más heroico –¿Cuántas muertes, cuántos ejércitos, cuántos crímenes, cuántas consciencias se han comprado en el país para frenar cualquier intento serio y justo de repartición de tierras?—ni más necesario en Colombia, el tema sobre el que deseo hablar es diferente, la forma como la revista Semana  ha reseñado la posición antioqueña sobre la restitución de tierras.
En el artículo, “¿Los paisas están berracos?,” se afirma lo siguiente: “Mientras en todo el país la Ley ha tenido gran aceptación, entre los antioqueños no ha despertado el mismo entusiasmo. No deja de sorprender que una política cuyas bondades parecen incontrovertibles, pues se trata de devolverles el suelo a campesinos que fueron despojados por los bandidos, genere un sentimiento agridulce en Antioquia.”
“Esta revista se puso a indagar cuáles son las verdaderas reservas que tienen los paisas frente a la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras…” Aunque en la parte final del artículo, se matizan un poco las generalizaciones—“Lo primero que hay que concluir es que no se trata de un sentimiento generalizado…” , la impresión general que deja el escrito es que frente a un proyecto nacional moderno, justo y necesario, se erige una crítica premoderna de los paisas, quienes de forma obcecada siguen a su mesías, Álvaro Uribe.
Déjenme aplazar las conclusiones y mi crítica a este artículo y comentarle tres anécdotas. Hace varios años, cuando María Emma Mejía era candidata a la alcaldía de Bogotá, una gran amiga, quien ahora lleva años trabajando en la defensa y protección de los derechos humanos, me dijo, “No votaría por ella, ¿Quién se aguanta ese habladito paisa?” Cuando sintió mi tono de reproche, me dijo: “No, ahora no digas que estoy discriminando.” Hace poco, en una reunión en la Universidad de los Andes, una profesora manifestó que no deseaba invitar a la Universidad de Antioquia a un congreso que se llevaría a cabo, porque “estaba cansada de la paisada.” Finalmente, en uno de los excelentes programas de Contravía sobre los crímenes del paramilitarismo, Hollman Morris pregunta a un muchacho que acaba de relatar cómo su comandante le ordenaba comer los cuerpos de las víctimas, “¿Tenía acento antioqueño?” “No, hablaba como costeño,” contesta el joven.
Como éstas, podría relatar muchas anécdotas de un peligroso y creciente sentimiento anti-antioqueño que se gesta entre los medios de comunicación colombianos. Es peligroso, porque sirve de chivo expiatorio, como telón para ocultar los crímenes y responsabilidades que se cometen en todo el país. No es cierto, como dice Semana, que la ley de restitución de tierras ha tenido gran aceptación en todo el país. Hoy, precisamente, Iván Cepeda advirtió la creación de un ejército anti restitución en los departamentos de Cesar, Magdalena y la Guajira. Por otro lado, no es cierto que el paramilitarismo haya sido un fenómeno estrictamente o, incluso, mayoritariamente antioqueño, como en muchas ocasiones sugiere Morris. Tampoco es cierto que solo en Antioquia se apoyó ciegamente a Uribe. En Bogotá, se olvida quién ganó en la capital en las últimas tres elecciones presidenciales y que en Medellín no ganó el candidato apoyado por Uribe para la alcaldía.
Por lo demás, la rapidez para categorizar de paisa a todos los males del país, contrasta con el silencio respecto a los aciertos logrados por algún antioqueño. En su artículo, “Necoclí”, María Jimena Duzán no ahorra adjetivos de admiración—con toda la razón—para describir a una de las tres mujeres que hablaron en la marcha de Necoclí. Nunca menciona, sin embargo, que ella también era antioqueña. Los paisas son los que se opusieron a la restitución de tierra, no los que marcharon.


sábado, 18 de febrero de 2012

La ley Pinocho

Las últimas elecciones en el mundo han demostrado que si se quiere ganar en las contiendas políticas es necesario seguir la ley Pinocho, según la cual, solo quienes: (1) Nieguen firmemente lo que es, o (2) Prometan lo opuesto a lo que harán, podrán acceder a los cargos de elección popular.
Las pruebas están a la mano, basta leer cualquier diario, cualquier noticia sobre los últimos acontecimientos políticos. Tomemos las primarias republicanas, por ejemplo. El candidato que desee ser elegido como nuevo aspirante a la presidencia tendrá que seguir con fidelidad absoluta la variante (1) de la ley Pinocho. Deberá negar la teoría de la evolución, afirmar que el calentamiento global es una mentira y proclamar que los presidentes republicanos jamás han tenido responsabilidad con el déficit fiscal actual.
Me dirán que estoy equivocado y que con Obama se prueba la falsedad de la ley Pinocho. Se equivocan, el presidente actual de los Estados Unidos compensa sus debilidades en la variante (1), con innovaciones en la (2). Guantánamo sigue abierta al final de su mandato, en tanto que las reformas al sector financiero resultaron ser algo menos que un paño de agua fría diseñado por los mismos gerentes que causaron la debacle económica. Pensarán que el retiro de las tropas de Irak prueba que la ley Pinocho no es cierta. Se equivocan. El  ingenio de Obama ha creado lo que puede llamarse el corolario Barack de la variante (2), si tienes que hacer lo que prometiste, haz lo posible para deshacer los efectos de tu acción. Si se retiran los soldados de Irak, se enviarán más a Afganistán, la meta es continuar la guerra, dejar el status quo, hacer inefectivas las promesas que sí se cumplen.
Los escépticos pensarán que la ley Pinocho solo opera en Estados Unidos, porque, al fin y al cabo, es el país más poderoso del planeta. Se equivocan, en España, Rajoy siguió la ley Pinocho a la perfección. Durante años, su partido utilizó a sus peones como Jimenez Losantos para afirmar que ETA sí cometió los atentados de Atocha y siempre negó la responsabilidad de Aznar en la burbuja inmobiliaria.
Los latinoamericanos podemos estar tranquilos. En materia de la ley pinocho no estamos atrasados, más bien somos pioneros. En 1998, un candidato presidencial afirmó que entregaría el poder en cinco años, no nacionalizaría ningún canal de televisión, ni ninguna industria. El candidato, todavía presidente, se llama Hugo Chávez.
En Colombia, la ley Pinocho ha llegado a tales niveles de sofisticación que se necesita cumplir las dos variables para ser elegido presidente. En las pasadas contiendas, por ejemplo, el partido verde falló porque dijo la verdad, que había corrupción, que había graves escándalos de violaciones a los derechos humanos. La lección ha sido aprendida y por eso los verdes ahora se han especializado en su fuerte, la variante (2). Como criticaron a Uribe en las elecciones presidenciales, lo acogieron en su seno en las de Alcalde.  La verdad es que en esta estrategia son alumnos atrasados de Mockus, el gran maestro. El profesor lleva años enseñando la importancia de la institucionalidad, mientras destruye en cada elección el partido o la alianza por él creada al fragor de la última coyuntura.
Ahora bien, comparado con Santos, Mockus es solo un estudiante mediocre. El ahora presidente de Colombia, se especializó en la variante (1) negando todos los crímenes, errores, problemas de la administración Uribe. De hecho, fiel a la ley Pinocho, sus campañas incluían un carrito que subía una colina, indicando lo afortunado del anterior mandato y sus promesas por llevarnos hasta el final de la loma. Pero si en la (1) Santos sobresale, en la (2) es el maestro. Sus relaciones con Chávez contradicen todas sus declaraciones, incluso las que hizo cuando no era candidato, sino un ministro de la administración Pastrana. Además, cometió el "grave error" de iniciar el más ambicioso proceso de revertir la contra-reforma agraria iniciada en la administración Uribe y defendida por él, mientras era ministro.
Sé que en la política reinan las apariencias y que solo aquellos capaces de conocer la verdad más allá de las promesas, de las palabras, lograrán entender un asomo de la realidad. Los demás, tendremos que desgastarnos en los insulsos carnavales de las elecciones, soñando que esta vez, alguien si nos diga la verdad.

viernes, 17 de febrero de 2012

Notas de Tango

Si algo caracteriza al tango son sus contradicciones. A pesar de ser un género musical sin instrumentos de percusión, su nombre proviene de expresiones africanas que significaban tambor o el lugar donde se reunían los negros a bailar al sonido de los cueros. Sus letras nostálgicas e intimistas contrastan con su baile estilizado y cabaretesco... Continúa

miércoles, 15 de febrero de 2012

En torno a la huida de Restrepo

Luis Carlos Restrepo se parece a Uribe en que jamás ha aprendido que el silencio, a veces, es la mejor defensa. El ex comisionado ha hablado y sus declaraciones parecen o la justificación de una petición de asilo, o el delirio ansioso de un hombre cercano a perder la cordura. Sus palabras y el rechazo a mi posición sobre la ley han llevado a varias personas a cuestionar mi pasado comentario en este blog. Muchos me han preguntado si sigo creyendo que Restrepo es inocente y si no debo reconsiderar mi perspectiva teórica.
Lo primero, sigo creyendo en la inocencia de Restrepo. Creencia que comparten críticos del gobierno Uribe tan acérrimos como Ramiro Bejarano. El lunes, en el programa Hora 20, Bejarano expresó mejor que nadie la perplejidad que causa el proceso al ex comisionado. Luego de repasar uno a uno los hechos sucedidos con la falsa desmovilización, justo cuando uno cree que comenzará a atacar a Restrepo, Bejarano calla y dice, pero no, yo creo que es inocente.
De todos modos, que se crea o no en la inocencia de una persona es irrelevante. Lo importante son las pruebas y los hechos, no lo que piensen quienes, además, hemos estado alejados del proceso. Lo interesante, al menos para mí, es la reflexión teórica, ¿Es válido desobedecer una ley injusta?
En El Concepto de Derecho, Hart, en forma clara expresó lo que para mí es la mejor respuesta a la pregunta planteada: “Lo que por cierto más se necesita para que los hombres tengan una visión clara al enfrentar el abuso oficial del poder, es que conserven la idea de que al certificar que algo es jurídicamente válido no resolvemos de forma definitiva la cuestión de si se le debe obediencia.”[1] La existencia de una orden de captura en contra de Restrepo no significa que moralmente él deba entregarse. Si la orden es injusta—como lo sería si el ex comisionado es inocente—la desobediencia es una opción más ética, porque le permite proteger uno de los más importantes bienes, la libertad.
Cuando afirmé algo semejante en mi nota pasada, muchos amigos criticaron la teoría desde la cual expresé mi opinión. Para ellos, los sistemas jurídicos demandan obediencia y acatamiento incluso cuando se prescriben normas injustas. Los seres humanos, dirán ellos, no somos entes aislados, somos parte de una comunidad a la que debemos respeto.
Discutir esta posición es tema para un extenso artículo y no para un pequeño escrito en un blog. No obstante, no quisiera perder la oportunidad  de comentar estas tesis, al menos en la versión que para mí es más atrayente, la del filósofo australiano, John Finnis. Escojo su teoría por dos razones, la primera porque proviene de una tradición filosófica, la aristotélica-tomista, contraria a la Hartiana que yo defiendo. La segunda porque, creo, Finnis expresa mejor que nadie las razones por las cuales es plausible pensar que existe la obligación moral de seguir normas injustas.
Para Finnis, la obediencia al derecho se justifica porque promueve el bien común. Los sistemas jurídicos son en especial importantes porque resuelven problemas de coordinación que impiden conseguir los bienes básicos de los individuos. Según la clásica definición de Lewis, existe un problema de coordinación cuando, “Hay situaciones de decisión interdependiente entre dos o más agentes en las cuales la coincidencia de intereses predomina y en las cuales hay dos o más equilibrios de coordinación.”[2] Como explica Lewis, “Importa poco si se maneja por la izquierda o la derecha, siempre y cuando los demás hagan lo mismo, pero si unos manejan por la derecha y otros por la izquierda, todos están en peligro de colisión.” [3]
Obedecer, por tanto, leyes como las de tránsito se justifica porque ellas resuelven el problema de coordinación que pone en peligro la vida.  Dicho de otro modo, si la autoridad no define que debe manejarse por la derecha, por ejemplo, las personas podrían conducir por ambas vías, lo que  arriesgaría la integridad física de las personas.
Para Finnis,[4] las normas injustas deben obedecerse, porque de lo contario se afectará el acatamiento necesario para resolver problemas de coordinación.  Siguiendo el ejemplo del tránsito, la razón por la cual las personas manejan por la derecha es que los demás hacen lo mismo. Si unos empiezan a conducir por la izquierda, entonces no habrá razón para obedecer la ley y se perderá el equilibrio requerido  para garantizar la vida y la integridad de las personas.
Volvamos al caso Restrepo. Un seguidor de Finnis podría pensar que la huída del ex comisionado pone en riesgo la administración de justicia, toda vez que sería imposible tener procesos legales, si cada persona comienza a obedecer las normas procesales según su apreciación ética.
Este es, en mi opinión, un argumento elegante y coherente en contra de las acciones de Restrepo. No obstante, incluso desde esta perspectiva, existen razones que pueden defender al ex comisionado, porque aun en la teoría de Finnis la obligación de obedecer la ley y de hacer parte de una comunidad no es absoluta, dado que “es injusto obligar a las personas sacrificar su iniciativa privada.”[5] El derecho, en este sentido, es, como ha explicado Timothy Endicott,[6] subsidiario.
Ahora bien, si Restrepo es en realidad inocente, la orden de captura implica que claudique a la posibilidad de desarrollar su proyecto de vida y de alcanzar los bienes básicos que, precisamente, el derecho pretende defender. En este sentido, incluso desde una perspectiva iusnaturalista, la acción del ex comisionado podría estar justificada.
Sé bien que el anterior análisis no es definitivo. En primer lugar, mucha de la argumentación descansa en la supuesta inocencia de Restrepo y en que lo más eficaz para su propia defensa no sea el regresar a dar la batalla judicial en persona. Finalmente, es posible pensar que dado que la orden de captura no es una sentencia definitiva, el ex comisionado todavía tiene la posibilidad de desarrollar su proyecto de vida probando su inocencia.
Más allá, sin embargo, de si este corto y escueto análisis es correcto o no, lo que me interesa es mostrar que censurar a Restrepo por escapar no es una cuestión tan sencilla como muchos lo piensan. Juzgar a quien siendo inocente (si es que el ex comisionado lo es) es enviado a la cárcel (así no sea una sentencia definitiva) debería poner la carga de la prueba en quienes juzgan y no en el individuo, pero, bueno, ese es tema de otro debate.


[1] Hart, H. L. A. (1963) El Concepto de Derecho. Genaro Carrió, Traductor. Buenos Aires: Abeledo Perrot, p. 259
[2] Lewis, D. Convention: A philosophical study. Mi traducción. Oxford: Blackweel Publishers, p. 24.
[3] Ibíd, p. 6.
[4] Ver en especial, Finnis. J. (1980) Natural Law and Natural Rights. Oxford: Clarendon Press, pp. 361-362.
[5] Ibíd, p. 169
[6] Endicott, T. (2005) The subsidiarity of law and the obligation to obey. American Journal of Jurisprudence, 50, 233-248.

martes, 14 de febrero de 2012

ADIÓS AL FÚTBOL

Adiós, porque estoy hastiado.  No del deporte que sigue siendo hermoso. Del espectáculo, de los cantos xenófobos y racistas en los estadios, de los dineros ocultos tras los clubes, de los pésimos arbitrajes, de la negativa a incorporar la tecnología en la solución de las disputas, de los escándalos por el uso del EPO y otras sustancias, de los equipos que por ser ricos siempre ganan, de los técnicos que para triunfar tienen que sembrar duda en las acciones de los demás, de los políticos lavando su imagen, de las hordas de criminales que aprovechan el encanto del fútbol para cometer cualquier tipo de delitos, de los periodistas deportivos creando odio hacia jugadores y técnicos, de ver cómo los hinchas tratan como esclavos a los jugadores que no funcionan en sus equipos, de que la gente crea que se pueda vender o comprar a los deportistas, de los futbolistas ídolos que se piensan los reyes del mundo, de saber que a Messi le pagarán más que a quien descubra la vacuna contra el SIDA, de las maquinaciones perversas de los empresarios…
Quizás el fútbol no sea más que el reflejo de la vida, de cómo es la sociedad, de cómo nos comportamos los humanos. Por eso, lo mejor será quedarse con el arte, al menos allí también rondan los sueños.

lunes, 13 de febrero de 2012

EN DEFENSA DE LUIS CARLOS RESTREPO

Conocí a Luis Carlos Restrepo hace varios años en una charla que dio en la Universidad del Rosario sobre el que para entonces era su último libro, “El derecho a la ternura”. Recuerdo mucho aquel día, porque los pocos asistentes rompieron en carcajadas cuando un amigo mío le preguntó al doctor Restrepo, “¿Y usted, es tierno?”  Al final de la conferencia, luego de sugerir la importancia de la ternura para solucionar la guerra en el país, el comisionado de paz nos dijo a unos pocos que nos acercamos a hablar con él, “Miren, cuando sean padres me entenderán. Uno a veces se levanta a las dos de la mañana y el niño llora y llora, y uno quiere levantarse a darle una nalgada. Entonces lo ve uno en la cuna y transforma la ira en una nana.  Eso es la ternura.”
La imagen me pareció poética y cierta. Claro, creo que Restrepo exageró y que la falta de ternura no explica los horrores del conflicto armado colombiano. Aún así, pienso que su reflexión era importante, sobre todo para un país como el nuestro con unos índices tan elevados de violencia intrafamiliar.
La verdad es que Colombia estaría mejor si pudiéramos expresar la rabia de otras formas. Con palabras distintas, mi profesor de “Teoría del Conocimiento y Lógica”, Sergio de Zubiría, nos había dicho en clase que al país le faltaba transformar el odio en expresiones distintas a la violencia, como la ironía. Por otro lado, Mockus logró sus mayores éxitos como alcalde cuando se decidió a educar a la población en mecanismos pedagógicos para evitar la violencia en las familias. En los parques había zonas de vacunación, en las que las personas se comprometían a pensar, a razonar, a hacer lo posible para evitar que la ira se convirtiera en golpes y agresiones.  El discurso de Restrepo era uno de tantos que señalaban la carencia de una virtud como la ternura, tal vez la ironía, como uno de los problemas más graves en un país con una larga historia de conflicto armado como Colombia.
Desde entonces, he estado en contacto con muchas personas que estuvieron cerca de Restrepo. Hasta donde conozco, ninguna de ellas ha expresado alguna duda sobre el comportamiento ético del comisionado de paz. De hecho, críticos acérrimos de la administración Uribe y de las desmovilizaciones se niegan a cuestionar el carácter moral de Restrepo. Hace solo unos días, María Jimena Duzán, en el programa Hora 20, insinuó que el montaje de la entrega del batallón Cacica Gaitana se dio para mostrar que el gobierno era tan generoso con los guerrilleros como lo era con los paramilitares recluidos para entonces en Santa Fe de Ralito. Aún así, se abstuvo de insinuar que el comisionado fuera responsable o que hubiera cometido un delito.
No sé si sean sus escritos, o los testimonios, o su charla, pero a mí me cuesta pensar que Restrepo sea culpable de algo distinto a ser ingenuo. Por eso, sin haber leído el caso, sin haber presenciado las diferentes audiencias, sigo convencido que es inocente. Y lo seguiré estando, incluso si es declarado culpable. Los casos de Hubis Hazbún o de Gerry Conlon, o los miles de exonerados por la ONG Innocent Project, me han enseñado que la distancia entre la verdad procesal y la histórica es tan grande como las ambiciones y miserias de los seres humanos.
Quizás tengan razón quienes crean que Restrepo haría bien en entregarse, porque así lograría probar su libertad. Es probable que razones de eficacia en la técnica jurídica dicten que el camino mejor sea el de enfrentar personalmente las batallas legales que se le avecinan.
Se equivocan, en cambio, aquellos que piensan que Restrepo actuó de forma inmoral por no presentarse a la justicia. Si él es en realidad inocente, la orden de reclusión es injusta, así haya sido proferida por un juez con toda la parafernalia y legalidad que da el Estado. Las acciones no se vuelven morales por ser legales, los mandatos no son éticos por haber sido proferidos por la autoridad respectiva. Toda orden inmoral debe ser desobedecida. Si algo nos enseñaron los horrores de la segunda guerra mundial, fue que cumplir la ley, seguir las directivas de los líderes políticos, acatar los fallos de los jueces, no son necesariamente virtudes. El ser humano tiene la obligación de decidir en su conciencia si los actos del Estado son justos antes de acatar un fallo o una ley.
Luis Carlos Restrepo, el siquiatra que negoció con los peores criminales de nuestra historia, el profesor que enseñaba la ternura con la pasión de un recién convertido, huye del Estado. Si es inocente, lo felicito, se necesita mucho coraje para atreverse a pensar por uno mismo.

viernes, 10 de febrero de 2012

TERRORISMO Y VENGANZA, (A propósito de Múnich de Spielberg)

Creo que fue justo al final de una clase cuando escuchamos una fuerte explosión. Por las ventanas, vimos una gran humareda cercana al edificio donde se encontraba la procuraduría. Un amigo salió corriendo entonces, porque recordó una diligencia judicial que tenía su padre en el ente de control.  En épocas anteriores a los celulares, era más fácil llegar al lugar donde ocurrieron los hechos, a aventurarse a perder una moneda en los siempre dañados teléfonos públicos.
Mis amigos comenzaron a insultar a los supuestos terroristas y a sugerir penas que iban desde la cadena perpetua a la muerte e, incluso, la tortura. En 1989, tres años antes, Pablo Escobar había hecho estallar una bomba cerca al edificio del DAS, la policía secreta colombiana. Más de 70 personas murieron y más de 600 quedaron heridas en aquel acto. Los recuerdos de estos y otros crímenes estaban muy frescos en la memoria. Para entonces lo normal era pensar que la explosión había sido el resultado de un atentado terrorista, uno más de los cientos que poblaron nuestras pesadillas en aquellos horribles años de guerra frontal contra el ejército de Pablo Escobar... continúa

martes, 7 de febrero de 2012

Cuestionario Novelita Lumpen

Volví a leerme "Una novelita lumpen" de Bolaño. La verdad, más que por su calidad literaria, lo hice por evocar recuerdos de bellos momentos que viví mientras lo leía por primera vez. Siempre que discuto el libro con quienes lo han leído, me cuentan del cuestionario que hay en la mitad de la novela. Nunca he entendido por qué llama tanto la atención--incluso a mí, lo confieso-- o cuál es su función narrativa dentro de la obra. En todo caso, me he tomado la tarea de reproducir algunas preguntas del cuestionario y responderlas como un retrato sicológico para mi futuro:


  • ¿A qué edad te gustaría morir? No, no quiero morir. Como eso es imposible, me contento con que la muerte me encuentre cansado y sin advertencias.
  • ¿De qué actriz de cine te gustaría ser novio? Natalie Portman.
  • ¿De qué actriz de cine te gustaría ser hijo? De ninguna, prefiero mil veces una vida de anonimato.
  • ¿De qué actor de cine te gustaría ser su mejor amigo? De Woody Allen, para que filmáramos una película.
  • ¿Qué actor de cine te gustaría ser? Ni idea, creo que no me gustaría ser actor.
  • ¿Conoces a alguien capaz de arriesgar la vida por ti? Sí
  • Si fueras un pájaro, ¿Qué clase de pájaro serías? Un cóndor. Así me tocara comer carroña.
  • Si fueras un mamífero, ¿Qué clase de mamífero serías? Un gato ¿Han leído del poema del gato?
  • Si fueras un pez, ¿Qué clase de pez serías? Un Tiburón 
  • ¿Qué clase de accidente geológico te gustaría ser? Un balneario (¿Es eso un accidente geológico?)
  • ¿Si fueras un automóvil, ¿Qué marca de automóvil te gustaría ser? Una del futuro que no contamine y no pueda ser conducida.
  • Si fueras una película, ¿Qué película te gustaría ser? Cyrano de Bergerac en la versión de Rappenau
  • Si fueras un país, ¿Qué país serías? Ninguno. Sería una comunidad
No sigo, no sé qué es más tonto, el cuestionario, los cuestionarios parecidos a este que inundan las revistas que, a la vez, inundan las peluquerías, o uno intentando responderlo... Pero bueno, un poco de trivialidad no cae mal, así sea en medio de "Una novelita lumpen"

viernes, 3 de febrero de 2012

El papel de la coacción en la teoría de las reglas de Hart

En este artículo discuto un tema olvidado por los teóricos de Hart, la relación entre coacción y reglas. Aunque no es el objeto primordial, creo que algunas críticas al pensamiento hartiano pueden responerse atendiendo a la relación entre sanción e interpretación.  




El papel de la coacción en la teoría de las reglas de Hart


Aunque mucho se ha escrito sobre el pensamiento del filósofo británico1H. L. A. Hart, poco se ha discutido el papel que tiene la coerción en su teoría jurídica, especialmente en relación con las características que diferencian a las reglas secundarias de las primarias. El problema es esencial para la correcta comprensión de su obra por dos razones; la primera está en que, como advierte el mismo Hart, "la mayor parte de las características del derecho que se han presentado como más desconcertantes y que han provocado, y hecho fracasar, la búsqueda de una definición, pueden ser clarificadas mejor si entendemos estos dos tipos de reglas y la acción recíproca entre ellos".2 Si el elemento coacción hace imposible la distinción entre reglas primarias y secundarias, la tesis central de El concepto de derecho carecería de sentido.  Continúa

La innovación del avatar

Hace unos días, un amigo volvió a recomendarme a Avatar, "Es una de las mejores películas que he visto," me dijo.  No sólo él piensa así, la revista Time la catalogó como una de las diez mejores películas de la pasada década, en tanto que Roger Eberts no dudó en decir que era "extraordinaria"
La verdad es que yo ya había visto Avatar, pero estoy tan cansado de discutir con sus fanáticos que opto por hacer lo posible por cambiar de tema. Me es imposible entender porqué una trama tan mediocre, un libreto tan predecible es venerado y estudiado por sus supuestas lecciones éticas.
Avatar es sólo un ejemplo más de lo que David Brooks ha llamado la fábula del mesías blanco, películas como Un hombre llamado caballo (Eliot Silverstein, 1970) o El último samurai (Edward Zick, 2003), en las que un hombre se pierde en una cultura extraña para emerger de ella transformado en un líder que lucha en contra de la civilización de la que antes hacía parte.  En realidad, poca diferencia hay entre el teniente Dunbant de Danza con Lobos (Kevin Costner, 1990) y Jake Sully (Sam Worthington) el personaje principal de Avatar.  Tanto Dunbant como Skully eran militares, ambos se pierden en una cultura nativa, ambos se enamoran de una bella mujer que es miembro de la tribu, ambos reniegan de sus costumbres occidentales y ambos perjudican a la cultura nativa gracias a un diario. 
Por más que los efectos especiales la embellezcan, la escenografía tan poco resalta por su originalidad.   Pandora, el planeta donde viven los nativos, se parece de forma sospechosa en sus montañas flotantes a las fantasías voladoras de las obras de Miyazaki, y  las semillas que vuelan son casi iguales a los espíritus de la selva de la Princesa Mononoke (Miyazaki, 1997)
Lo peor sin embargo, es la supuesta moraleja.  Bajo el pretexto de falsos ecologismos y multiculturalismos, Avatar nos dice que el camino hacía el respeto de la naturaleza se da a través de renunciar a la tecnología, que las mujeres pese a ser líderes, siempre necesitarán de hombres que las guíen y protejan, que la única solución viable cuando dos culturas chocan es la guerra, que los pueblos indígenas necesitan de mesías blancos que les ofrezcan el liderazgo del que ellos carecen.
Quizás lo único interesante en Avatar es  la majestuosa y artística utilización de efectos especiales.  Como bien advierte el famoso crítico Roger Ebert, James Cameron  sabe gastar sabiamente alrededor de 250 millones de dólares.  Lo curioso, sin embargo, es que la tecnología sea lo más rescatable de un filme que parece ser dedicado a su crítica; lo escandaloso es que sea escogida como la gran película del 2009 y el testamento de los defensores de la naturaleza.