viernes, 3 de febrero de 2012

La innovación del avatar

Hace unos días, un amigo volvió a recomendarme a Avatar, "Es una de las mejores películas que he visto," me dijo.  No sólo él piensa así, la revista Time la catalogó como una de las diez mejores películas de la pasada década, en tanto que Roger Eberts no dudó en decir que era "extraordinaria"
La verdad es que yo ya había visto Avatar, pero estoy tan cansado de discutir con sus fanáticos que opto por hacer lo posible por cambiar de tema. Me es imposible entender porqué una trama tan mediocre, un libreto tan predecible es venerado y estudiado por sus supuestas lecciones éticas.
Avatar es sólo un ejemplo más de lo que David Brooks ha llamado la fábula del mesías blanco, películas como Un hombre llamado caballo (Eliot Silverstein, 1970) o El último samurai (Edward Zick, 2003), en las que un hombre se pierde en una cultura extraña para emerger de ella transformado en un líder que lucha en contra de la civilización de la que antes hacía parte.  En realidad, poca diferencia hay entre el teniente Dunbant de Danza con Lobos (Kevin Costner, 1990) y Jake Sully (Sam Worthington) el personaje principal de Avatar.  Tanto Dunbant como Skully eran militares, ambos se pierden en una cultura nativa, ambos se enamoran de una bella mujer que es miembro de la tribu, ambos reniegan de sus costumbres occidentales y ambos perjudican a la cultura nativa gracias a un diario. 
Por más que los efectos especiales la embellezcan, la escenografía tan poco resalta por su originalidad.   Pandora, el planeta donde viven los nativos, se parece de forma sospechosa en sus montañas flotantes a las fantasías voladoras de las obras de Miyazaki, y  las semillas que vuelan son casi iguales a los espíritus de la selva de la Princesa Mononoke (Miyazaki, 1997)
Lo peor sin embargo, es la supuesta moraleja.  Bajo el pretexto de falsos ecologismos y multiculturalismos, Avatar nos dice que el camino hacía el respeto de la naturaleza se da a través de renunciar a la tecnología, que las mujeres pese a ser líderes, siempre necesitarán de hombres que las guíen y protejan, que la única solución viable cuando dos culturas chocan es la guerra, que los pueblos indígenas necesitan de mesías blancos que les ofrezcan el liderazgo del que ellos carecen.
Quizás lo único interesante en Avatar es  la majestuosa y artística utilización de efectos especiales.  Como bien advierte el famoso crítico Roger Ebert, James Cameron  sabe gastar sabiamente alrededor de 250 millones de dólares.  Lo curioso, sin embargo, es que la tecnología sea lo más rescatable de un filme que parece ser dedicado a su crítica; lo escandaloso es que sea escogida como la gran película del 2009 y el testamento de los defensores de la naturaleza.

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