sábado, 28 de abril de 2012

Cuando el derecho está ausente (A propósito de "In the Name of the Father de Jim Sheridan)


La primera vez que vi En el Nombre del Padre pensé que algún día la elegiría para enseñarla en alguna clase de derecho. Hoy, más de 10 años después, me lamento de la elección reciente y de mi fidelidad a mis intenciones previas. De hecho, más que un filme sobre uno de los casos más famosos de la historia, el juicio a los cuatro de Guildford, la película es una reflexión algo simplista sobre la relaciones entre padres e hijos. Para continuar leyendo, presione aquí.

martes, 24 de abril de 2012

ENTRE DESPLAZADOS Y ESCLAVOS


Luego de ver el cuadro, “On to Liberty,” de Theodor Kaufmann, mi amigo, un acérrimo defensor de la tesis de que todo tiempo pasado fue mejor, me dijo mientras señalaba el rostro sonriente de una de las personas dibujadas, “A los esclavos les iba mejor que a los desplazados, al menos ellos tenían esperanza.”  Te equivocas, contesté, al final no estaba la luz, como en el cuadro de Kaufmann, el destino era un camino más espinoso con Jim Crow y Ku Klux Klan.
La discusión duró mientras recorrimos varios pasillos del Metropolitan, hasta que llegamos a la escultura “End of the Trail,” de James Earle Frasser.  El rostro sugerido aunque desaparecido detrás del cansancio de sus hombros, de un indígena estadounidense nos recordó lo absurdo que es esa trágica comparación de horrores.  La dignidad humana tiene un umbral que no puede sobrepasarse, ni siquiera en las más respetuosas de las discusiones filosóficas.
Mi amigo calló y cambiamos de tema.  En esas metamorfosis a que nos acostumbró la televisión y que nos hacen pensar que es normal pasar de la noticia de una tragedia a la mercancía exhibida por cualquier modelo semidesnuda, pasamos a galerías más amables y dejamos atrás nuestro debate. Reímos con “Young Husband: First Marketing,” de Lilly Martin Spencer y recordamos todos los errores que cometimos la primera vez que nos mandaron a comprar algo tan sencillo como un tomate.  
De camino a casa, la imagen de los esclavos continuó apareciendo en mi memoria de forma intermitente. Me acordé de un artículo, “The arc of the Moral Universe,” en el que Joshua Cohen sostiene que la esclavitud se destruyó a si misma por el peso de sus injusticas.  Recordé la discusión que había tenido con mi amigo y me asusté.  Colombia es un mar de desplazados en el que sobreviven indiferentes unas pocas islas.  A esos desplazados se les mira ahogar en los semáforos, en la miseria de nuestra periferia.
Si Colombia tuviera futuro, ese sería el tema central de nuestras discusiones y la protección de los líderes que abogan por la restitución de tierras sería tan importante como la captura de los líderes más peligrosos de la guerrilla.  Reparar a los desplazados no sería tema de un pequeño ministerio y de valientes quijotes que pelean contra molinos que asesinan a escondidas.  Sería la bandera principal de la sociedad colombiana, existirían programas de televisión en los que se seguiría el proceso y celebraríamos con júbilo el triunfo sobre las más crueles injusticias.  Colombia es, sin embargo, una nación que hace tiempo se asesinó a sí misma.  Mientras las atrocidades nos inundan, la gente de las islas cree satisfecha que las cosas marchan bien por el auge económico generado por el inusitado incremento en el valor de las materias primas, piensan que están a salvo por la capacidad destructiva de sus fuerzas armadas, tranquilizan su conciencia con los pocos miles a los que les devolverán algunas tierras.  Olivdan despreocupados que en estos países la barbarie cambie de nombre, jamás se acaba. Antes se llamaban paramilitares, ahora se llaman bandas; ahora se llama guerrilla, luego serán maras. Al cambiar las palabras, en las islas creerán que se ha dado un gran paso, que ahora sí vamos por buen camino, que la paz está cerca, que nos encarrilamos a un feliz y próspero futuro.
Ante el idilíco porvenir pronosticado es importante recordar el abismo en que nos hallamos, porque así los políticos y los medios nos digan lo contrario, no somos el puntal del desarrollo en Latinoamérica.  Somos un país injusto y sordo.  Un país en que la pobreza galopa al ritmo del crecimiento de la apropiación violenta de la riqueza. Un país en el que todavía se cree que la única forma de lograr la paz es con bombardeos o diálogos que celebran la impunidad. Mientras tanto, las víctimas, los esclavos de nuestra época, permanecen creciendo en el silencio de la indiferencia, en el dolor de las masacres, entre los mares que rodean unas pocas islillas.

lunes, 23 de abril de 2012

El Carácter de Hart

A pesar de los miles de libros y artículos que se han hecho sobre la obra de Hart, poco se ha escrito sobre sus altas cualidades pedagógicas.  Durante sus años como profesor, Hart no solo sobresalió por su rigor filosófico, por la calidad de sus publicaciones, también lo hizo por el profesionalismo y respeto con que trató a cada uno de sus estudiantes (Continúa aquí)

jueves, 19 de abril de 2012

El Crimen es la Prohibición


La prohibición de vender y consumir drogas es absurda, falaz, injustificada y éticamente reprochable.
 Es absurda, porque no utiliza criterio científico alguno para clasificar las drogas entre legales y prohibidas. Algunas de las sustancias legales, como la nicotina, son de las más adictivas, en tanto que algunas de las ilegales son menos nocivas, como la marihuana.  Aún más, es inentendible que drogas como la ibogaína sean prohibidas en Estados Unidos, a pesar que los estudios médicos prueban las ventajas de esta droga en el tratamiento de las adicciones a los opiáceos.
Es falaz porque se fundamenta en una premisa falsa, la tesis según la cual la prohibición ayuda a disminuir el consumo.  Se ha demostrado en repetidos estudios que la mejor forma de combatir la droga es atacar el consumo, no la producción.  De hecho, investigaciones hechas en Holanda probaron que la juventud de dicho país usaba menos narcóticos que la de Francia o Inglaterra.  En este sentido, si realmente se quiere acabar o disminuir el consumo de drogas, la acción a tomar no es la prohibición, sino la educación y la prevención.
Es injustificada, porque las razones aducidas para legitimar la penalización solo se aplican a las drogas.  Por ejemplo, cuando se justifica la prohibición en el grave peligro que el uso puede generar para el adicto, se olvida que hay actividades que generan  más riesgos para las personas que algunas de las peores drogas ilícitas.  Según estudios hechos por  David Nutt, profesor del Imperial College London, la equitación es de hecho más peligrosa que el éxtasis. (sobre el tema ver aquí) Investigaciones citadas por el profesor David Husak sugieren que es más peligroso escalar el Everest que consumar heroína, por ejemplo.[1] Ni la equitación, ni el montañismos están prohibidos.
Es éticamente reprochable, porque el Estado tiene la obligación de respetar la autonomía del individuo, incluso cuando ella sea perjudicial para el sujeto mismo.  Si el consumo de drogas no afecta a otras personas, no hay porque penalizarlo, y si las afecta, entonces la penalización es, de hecho, una doble criminalización.
Prohibir la droga no genera mejores sociedades, produce gánsters como Al Capone, poderosos terroristas como las FARC, sanguinarios ejércitos privados, como los paramilitares, políticos corruptos, como todos aquellos que protegieron al narcotráfico en Colombia.  El crimen no es usar drogas ilegales, es prohibirle a los seres humanos que actúen con autonomía.
Hace algunos años, Juan Manuel Galán, hijo de Luis Carlos Galán, abrió el debate (ver aquí) sobre la legalización de las drogas. No creo que haya podido elegir un mejor homenaje para su padre.  La sociedad que soñó Galán no se construye con cárceles o pesticidas, se construye creando escuelas y universidades, lugares donde los colombianos puedan soñar y crear un mañana sin tener que hipotecar su vida a las manos oscuras que manejan el negocio de las drogas.


[1] Ver: Douglas Housak, Drugs and Rights (Cambridge: Cambridge University Press, 2002).