jueves, 19 de abril de 2012

El Crimen es la Prohibición


La prohibición de vender y consumir drogas es absurda, falaz, injustificada y éticamente reprochable.
 Es absurda, porque no utiliza criterio científico alguno para clasificar las drogas entre legales y prohibidas. Algunas de las sustancias legales, como la nicotina, son de las más adictivas, en tanto que algunas de las ilegales son menos nocivas, como la marihuana.  Aún más, es inentendible que drogas como la ibogaína sean prohibidas en Estados Unidos, a pesar que los estudios médicos prueban las ventajas de esta droga en el tratamiento de las adicciones a los opiáceos.
Es falaz porque se fundamenta en una premisa falsa, la tesis según la cual la prohibición ayuda a disminuir el consumo.  Se ha demostrado en repetidos estudios que la mejor forma de combatir la droga es atacar el consumo, no la producción.  De hecho, investigaciones hechas en Holanda probaron que la juventud de dicho país usaba menos narcóticos que la de Francia o Inglaterra.  En este sentido, si realmente se quiere acabar o disminuir el consumo de drogas, la acción a tomar no es la prohibición, sino la educación y la prevención.
Es injustificada, porque las razones aducidas para legitimar la penalización solo se aplican a las drogas.  Por ejemplo, cuando se justifica la prohibición en el grave peligro que el uso puede generar para el adicto, se olvida que hay actividades que generan  más riesgos para las personas que algunas de las peores drogas ilícitas.  Según estudios hechos por  David Nutt, profesor del Imperial College London, la equitación es de hecho más peligrosa que el éxtasis. (sobre el tema ver aquí) Investigaciones citadas por el profesor David Husak sugieren que es más peligroso escalar el Everest que consumar heroína, por ejemplo.[1] Ni la equitación, ni el montañismos están prohibidos.
Es éticamente reprochable, porque el Estado tiene la obligación de respetar la autonomía del individuo, incluso cuando ella sea perjudicial para el sujeto mismo.  Si el consumo de drogas no afecta a otras personas, no hay porque penalizarlo, y si las afecta, entonces la penalización es, de hecho, una doble criminalización.
Prohibir la droga no genera mejores sociedades, produce gánsters como Al Capone, poderosos terroristas como las FARC, sanguinarios ejércitos privados, como los paramilitares, políticos corruptos, como todos aquellos que protegieron al narcotráfico en Colombia.  El crimen no es usar drogas ilegales, es prohibirle a los seres humanos que actúen con autonomía.
Hace algunos años, Juan Manuel Galán, hijo de Luis Carlos Galán, abrió el debate (ver aquí) sobre la legalización de las drogas. No creo que haya podido elegir un mejor homenaje para su padre.  La sociedad que soñó Galán no se construye con cárceles o pesticidas, se construye creando escuelas y universidades, lugares donde los colombianos puedan soñar y crear un mañana sin tener que hipotecar su vida a las manos oscuras que manejan el negocio de las drogas.


[1] Ver: Douglas Housak, Drugs and Rights (Cambridge: Cambridge University Press, 2002).

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