sábado, 5 de mayo de 2012

EL TIPO DISTINGUIDO DE LA BLANCA PORCELANA


Casi siempre que tomaba unos tragos, un amigo muy cercano de mi familia solía cantar Píntame angelitosnegros, ese bello bolero de Álvarez Maciste y letra de Eloy Blanco. En otras ocasiones, se ponía más melancólico y entonaba el Romance de la niña negra (Perdón por la versión).  Mi amigo no era negro, era trigueño. Al menos, eso decía. Algo similar decían unos mellizos que estudiaban en mi colegio y a los que llamábamos “negro.” “Mi abuela me explicó un día que yo no soy negro, soy canela,” me confesó uno de ellos, en una clase de educación física.
Jamás pude entender de niño el por qué mis amigos hacían tanto esfuerzo por separarse de un color.  Por entonces, no sabía que “negro” en Colombia no es una propiedad de la piel, es un insulto. En los estadios de fútbol, las hordas de hinchas gritan “Negro Hijueputa” a los jugadores que odian, como si ser “negro” fuera un complemento del insulto, una palabra que unida a la otra aumenta la gravedad del improperio.  Por si fuera poco, en los programas de televisión, en la radio, abundan los chistes en los que se muestran a los negros como tontos, incultos o salvajes. Incluso, una revista que ha sido de avanzada en muchos temas como Soho, en su edición 41 presentó a Claudia Lozano como “la belleza Salvaje.” Soho comparaba a Lozano con modelos blancas como María Fernanda López, a la que consideraba como “sofisticada,” o Manuela González, quien era “frágil.”
Colombia es un país racista.  En ocasiones, la discriminación es tan evidente como las deformidades físicas del Hombre Elefante de Lynch.  Basta recordar, por ejemplo, que el 50% de la población desplazada es afrocolombiana, que sus mujeres viven en promedio 11 años menos que las demás mujeres, que el 45% no tiene seguridad social. En otros casos, la discriminación es como un virus latente, oculto, silencioso, preparándose para dar la estocada que destruirá el cuerpo.
El racismo en Colombia en ocasiones es cotidiano y sutil. Se deja ver en expresiones como “Esa persona es de tipo distinguido,” para referirse a quienes son blancos de ojos azules, o “Pelo Indio,” o “Es maluquito, no tiene porte.” No es tan ostensible como El Hombre Elefante, pero es tan pernicioso, porque detrás de las prácticas ocultas y diarias de racismo, se justifican y legitiman los actos más horrendos de discriminación.
En su obra “Blanco Porcelana,” la artista Margarita Ariza ha hecho una bella e inteligente contribución a la visibilización de estas prácticas enraizadas en la sociedad colombiana.  El proyecto consta de una cartilla, Un cuento de Ada S, fotografías intervenidas  y una instalación. Su objetivo es, en palabras de la autora, proponer, “Una reflexión en torno al racismo a partir de frases  cotidianas y  prácticas de belleza en las cuales la discriminación se asoma de manera velada.”
El proyecto de Margarita Ariza es inteligente, porque nos pone en contacto con prácticas que muchas veces hemos recibido de forma no deliberada de patrones racistas heredados de la colonia.  Al hacerlo, estas prácticas enconadas en nuestro cotidianidad se transforman en objeto de debate, materia de reflexión sobre lo qué somos y sobre el tipo de sociedad que queremos.
Los colombianos tenemos una increíble habilidad para negarnos, para creer que el país está bien aunque reina la pobreza, que olvidando las masacres del pasado y sepultando los problemas con toneladas de dinamita la injusticia desaparecerá. Comparándonos con otros países nos ufanamos proclamando que aquí no hay racismo. Obras como “Blanco Porcelana” son el antídoto que permite que los virus no se propaguen y que las monstruosidades de nuestra exclusión e indiferencia desaparezcan.
Para la obra Blanco Porcelana, presione aquí.

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