martes, 31 de julio de 2012

El Capitalismo en China (A propósito de Guītú Lièchē)

Si el comunismo es culpable de destruir la vida de millones de personas en China, el capitalismo es responsable de acabar poco a poco algunas de las tradiciones más valiosas de su cultura. En tren a casa, (traducida en inglés como Last train home) es un documental sobre una de esas pérdidas.
La película empieza con un plano general de las multitudes que se congregan alrededor de los trenes para iniciar el viaje hacia sus casas, durante las celebraciones del año nuevo chino. La imagen parece un cuadro de Seurat, las personas son puntos que se diluyen en una imagen que sí importa, la de una nación próspera y boyante encaminada a convertirse en una gran potencia económica. Bajo el lente de Lixian Fan, viajamos de la postal turística a la, ignorada hasta ahora, historia de los puntos, esas 130 millones de personas que cada año se sumergen en tempestades humanas para visitar la razón de sus vidas, su familia. Para continuar leyendo, presione aquí

sábado, 21 de julio de 2012

EL PÚBLICO DE LOS ABOGADOS (A propósito de The Lawyer, de Sidney J. Furie, 1970)


Hace unos pocos días, en una entrevista hecha por María Jimena Duzán (para leerla, presione aquí), Jaime Lombana y Jaime Granados confesaron que ambos filtran pruebas a los medios de comunicación (A propósito, ¿Quién habrá entregado a El Tiempo, el video de Iguarán reuniéndose con la Jueza?) De cierta forma, los litigantes aceptaron que usan a la prensa, la radio y la televisión para lograr el resultado deseado en los procesos judiciales. Para continuar leyendo, presione aquí

jueves, 19 de julio de 2012

Eneseñanzas del Triunfo del Santa Fe

Según el periódico El Tiempo, (para ver la nota, presione aquí) la casi imposible estrella séptima cardenal se logró gracias a la colaboración de Sandra Merino, una religiosa señora para quien, “fue Cristo el que le dio la victoria.”  La fórmula de Sandra fue efectiva, primero oró, luego lavó los pies de los jugadores y, finalmente, les hizo entrar descalzos a la cancha, costumbre que siguen teniendo en todos los partidos.
Cansado de ver a mi equipo caer derrota tras derrota (para quien no lo sepa, soy hincha de Millonarios…), me propuse estudiar con detenimiento las declaraciones de Sandra con el fin de hacer una recomendación al técnico de la selección Colombia femenina que estará en los Olímpicos… ¿Qué más hacer…? Estoy cansado de tantas derrotas.
Juicioso estaba leyendo el artículo de El Tiempo y escuchando la profunda entrevista que le hicieron en City Tv, cuando recibí por casualidad una llamada de un amigo chino. Le dije que no podía hablar mucho, porque de mí recomendación podía depender el futuro de la próxima medalla dorada conseguida por las chicas super poderosas. Sorprendido, mi amigo me advirtió: “No creo que tu fórmula funcione en los Olímpicos, recuerda que China los ganó hace cuatro años y allá nadie entró encomendándose a Jesús o descalzo”
La verdad, no sé qué tantos deportistas chinos ganadores de medallas de oro siguieron el método de Sandra.  Intuyo que su religiosidad tendrá un porcentaje similar al del resto de la población, es decir, tan solo un 28% será creyente.
Los datos me dejaron preocupado. Mi meditado plan se resquebrajaba. Al parecer, la invocación a Jesús funcionaba en los torneos locales, no así en los Olímpicos ¿Qué hacer para ayudar a nuestros futbolistas? Ansioso me dediqué a leer la biografía de Michael Phelps, el mayor medallista de oro olímpico en la historia. Recupere la esperanza, Phelp se ha declarado cristiano muchas veces y es seguro que entra a la piscina descalzo. Me castigué por sospechar de la eficacia de las enseñanzas de Sandra, ¿cómo dudar de la efectividad de los pies descalzos? Las medallas de Phelps eran la prueba suprema.
Me senté frente a mi computador, tranquilo y sin zapatos, el futuro de la próxima medalla olímpica estaba en mis manos (o en mis pies). Utilizando las técnicas de mecanografía que me enseñó mi profesor en el Colegio, el gran Marcos, empecé a redactar la carta dirigida a Ricardo Rozo, entrenador de la selección femenina. Le expliqué mi preocupación por el futuro del fútbol en Colombia, le comenté los frutos que Sandra tuvo con Santa Fe, estaba a punto de empezar a hablar de los zapatos cuando volvió a sonar mi teléfono. 
Esta vez era Benny (así lo llamamos), mi amigo cubano “¿Y por qué tú haces eso? Cuba ha ganado casi tres veces más medallas que cualquiera en América Latina y allá todo se debe a la santería,” me increpó cuando le conté a lo que me dedicaba.  Mi amigo me relató una serie de ritos que debían hacerse para ganar medallas, ninguna practicaba implicaba lavarse los pies o caminar descalzo antes de entrar a la cancha.

Quedé confundido. Borré todo lo que había escrito y me dediqué a resumir lo que sabía. Si se quiere ganar un torneo en Colombia, hay que invocar a Jesús, leer el Deuteronomio y entrar descalzo a la cancha. Si se desea ganar los olímpicos, la mayoría de los atletas no deberán ser religiosos, pero si se es latino hay que acudir a la Santería (De pronto, eso solo funciona para los cubanos, ¿Quién sabe?). Si el propósito es ser el mejor jugador en un mundial de fútbol, hay que hacer un gol violando las normas y decir que fue con la mano de Dios (¿equivaldrá eso a entrar descalzo?)
Iba a reiniciar mi carta al técnico Rozo, pero me pareció que había dos fórmulas más sencillas que seguro él conoce. Se llaman disciplina y talento ¿Qué opinan ustedes?

miércoles, 18 de julio de 2012

Pequeños encantos romanos. A propósito de "To Rome with love" (Allen, 2012)


Aceptémoslo, To Rome with love, (2012)  no solo no es una de las mejores películas de Woody Allen, sino que está muy lejos del nivel alcanzado con su anterior obra, Midnight in Paris (2011).  Aún así, tiene momentos encantadores, chispazos que demuestran que la creatividad y el ingenio siguen intactos a pesar de los 76 años que ya tiene Allen. 
To Rome with love narra cuatro historias que no están conectadas entre sí salvo por el hecho de acontecer todas en la ciudad eterna. Quizás la más interesante de todas sea la historia de Leopoldo Pisanello (Roberto Begnigni), “un típico romano” convertido en una figura famosa sin motivo alguno.  De la noche a la mañana, Leopoldo ve como su rutinaria tranquilidad se transforma en una frenética carrera contra cientos de paparazis que lo acosan todo el día “¿Qué va a comer esta tarde?,” le preguntan a un desconcertado sujeto que no entiende por qué es famoso y por qué sus respuestas importan a la gente.  Aunque Begnini repite el mismo papel que lleva haciendo por décadas, su trabajo encaja bien con la parodia que Allen pretende hacer de la farándula moderna, de esa insoportable cadena de chismes sobre personas cuya única razón para ser famosas es que son famosas (¿Alguien sabrá por qué la prensa dedica tanto tiempo a un personaje tan insípido como Paris Hilton, por ejemplo?)  La parodia funciona al inicio de la película, luego la reiteración la vuelve predecible y aburrida.
Menos interesante es la historia de Jack (Jesse Eisenberg) y Sally (Greta Gerwig), una pareja de jóvenes estudiantes cuya tranquilidad se ve turbada por la visita de Mónica (Ellen Page). Desde el inicio de la película, uno sabe que habrá un triangulo amoroso, que Jesse se enamorará de Mónica y que al final ella lo dejará. La historia no solo es previsible por ser un cliché, también lo es por John (Alec Baldwin),  un extraño personaje que a pesar de ser una especie de espíritu discute con Jesse y Mónica sobre los errores que cometerán en el futuro próximo.  Por lo demás, Mónica es una de las peores interpretaciones de Page. En lugar de ser, como parece sugerirlo la película, una tentadora y oportunista diletante, Mónica parece ser un híbrido extraño y tedioso entre Juno y el propio Woody Allen.
Otros personajes bastante predecibles son los italianos Antonio (Alessandro Tiberi) y Milly (Alessandra Mastronardi), una pareja de recién casados que llega a Roma de un pequeño pueblo, con el fin de contactar a un grupo de familiares prestantes que le ayudarán a Antonio a conseguir un trabajo con mayores posibilidades económicas. Mientras  Milly se pierde en medio de Roma, Antonio termina haciendo pasar a una prostituta, Ana (Penélope Cruz), por su esposa ante los miembros de la alta sociedad romana. La historia es una burla a la hipocresía de la sociedad italiana, a pesar de la aparente circunspección de los aristócratas romanos, al final nos enteramos que la mayoría de ellos habían sido clientes de Ana.
La historia de Hayley (Alison Pill) y Michelangelo (Flavio Parenti) recuerda algo de los chistes exagerados que caracterizaron algunas de las primeras películas de Allen (¿Se acuerdan del seno gigante en Every thing you always wanted to know about sex* but were afraid to ask, 1972). Jerry (Woody Allen) y Phyllis (Judy Davis), los padres de Hayley, viajan a Roma para conocer al prometido de su hija.  Por casualidad, Jerry, un director de opera retirado, escucha cantar a Giancarlo (Fabio Armiliato), el padre de Michelangelo, en la ducha. Sorprendido por su voz, pelea contra la oposición de su yerno, y logra convencer a Giancarlo para que cante frente a un grupo de músicos. Inexperto y asustado, Giancarlo hace el ridículo frente a su audiencia. Jerry no desiste de su ilusión y decide hacer cantar a su consuegro bañándose en un escenario.
Una de los grandes atractivos de Midnight in Paris es que Allen nos evoca algunos de los encantos históricos de la ciudad luz.  To Rome with love, en cambio, podría haberse filmado en Nueva York, o en cualquier otra ciudad sin mayores pérdidas.  Salvo los lugares de filmación y algunos personajes, lo único realmente italiano en la película es la ópera y algunas referencias al cine de Fellini  y Monicelli.
Es cierto, To Rome with love en ocasiones es repetitiva y tediosa. Aún así, por momentos logra encantar con la mezcla perfecta entre fantasía y realidad, y con rastros de la mejor ironía de Allen.

sábado, 14 de julio de 2012

El Patrón de la Censura


Gracias a Telemundo, esta semana llegó a Estados Unidos  Escobar, el patrón del mal. Aunque no he visto un solo minuto de la serie, creo infortunadas y hasta irrisorias muchas de las posturas que se tuvieron en Colombia en contra de su transmisión
Empecemos por aquella plañidera retahíla de sombríos pronósticos según los cuales nuestros niños desearán convertirse en “patrones del mal,” por ver una serie sobre Pablo Escobar ¿En serio? Yo creía que las causas del narcotráfico eran más profundas, tenían que ver con problemas sociales serios como las desigualdades sociales y las faltas de oportunidades y no con un programa de televisión. Hasta donde sé, no hubo una invasión de gánsteres luego de la sobrevalorada Scarface (De Palma, 1983), y dudo mucho que los neoyorquinos hayan querido convertirse en capos de la mafia luego de ver The Godfather (Coppola, 1972). 
Por lo demás, hacer una biografía sobre un personaje siniestro no implica adularlo o alabarlo. Escribir sobre villanos puede ser, en cambio, una crítica sincera, una reflexión sobre los errores que la persona cometió en el pasado. Una biografía sobre Pablo Escobar podría convertirse, de hecho, en un punto de partida para preguntarnos por qué el narcotráfico alcanzó el poder que tuvo, por qué muchos jóvenes regalaron sus vidas hipnotizados bajo el embrujo del narcotráfico y el dinero fácil, por qué los colombianos solo reaccionamos cuando el influjo de la mafia había echado raíces casi imposibles de destruir. Si Avellaneda dijo, “Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla,” los críticos de la serie, aquellos que se opusieron sólo por su temática, sin haberla visto siquiera, parecen querer decir lo contrario, “Los pueblos que recuerdan su historia están condenados a repetirla.”
No creo que Escobar, el patrón del mal sea una apología del delito y mucho menos pienso que esté promocionando una forma de vida criminal. Esa no fue la intención de Alonso Salazar al escribir el libro en el que se basa la serie.  Aunque tiene pequeños errores históricos—como por ejemplo afirmar que la familia de Escobar huyó de Titiribí por considerarlo un pueblo conservador—la obra del ex alcalde de Medellín es un relato serio y bien escrito, una cuidadosa biografía en la que se evalúa la sociedad que permitió el desarrollo de un monstruo como Escobar.
Más absurdas son aquellos que buscan censurar la serie porque no representa la calidad en el entretenimiento que esperan ¿De verdad? Si no les satisface la oferta, por qué no se dedican a leer un libro, o a ver una película por la internet, o a chatear con sus amigos ¿Son sus vidas tan aburridas que no encuentran nada que hacer si no ven la televisión colombiana a la hora que transmite la serie? Estos no son los años ochentas, época en la cual los colombianos estábamos esclavizados a dos canales de televisión y las bibliotecas de las grandes ciudades no prestaban libros.
A mí la verdad las críticas a Escobar, la insistencia por impedir la transmisión de la serie me parecen un ejemplo más del patrón de censura que se está imponiendo en el país. Lo importante no es conocer la verdad, no es reflexionar sobre nuestra historia, es ocultarla, desaparecerla. Las nuevas generaciones no deben saber que en Colombia hubo un narcotraficante que llegó al Congreso y se codeó con los más importantes miembros de la política. Ese es un saber revolucionario, peligroso, una información que debe ocultarse.
El patrón de la censura se impone y luego nos preguntamos por qué vivimos en las tinieblas, por qué no somos capaces de superar los mismos errores que hemos vivido desde hace décadas, por qué la guerra se ha anidado en este país y no parece querer dejarnos libros. A mí se me ocurre que una buena forma de responder esas preguntas es reflexionando sobre nuestra historia, incluso la que construyeron aquellos que sobresalieron destruyendo las vidas de los demás. Otros prefieren andar en el silencio, entre las sombras.

martes, 10 de julio de 2012

La revolución de las cucarachas A propósito de Bread and Roses (Ken Loach, 2000)



As we come marching, marching, unnumbered women dead
Go crying through our singing their ancient cry for bread.
Small art and love and beauty their drudging spirits knew.
Yes, it is bread we fight for — but we fight for roses, too!
James Oppenheim


Alguna noche, mientras hacía mi doctorado en Binghamton, Nueva York, me quedé estudiando en la biblioteca hasta la madrugada. La universidad me había asignado un pequeño cubículo en el que guardaba algunos de los libros con los que estaba trabajando, así como una almohada y una cobija  Serían las doce de la noche cuando un señor de unos cuarenta años tocó la puerta de mi cubículo… “Perdón, vengo a hacer el aseo,” me dijo. Sin mayores explicaciones, depositó el contenido de la basura en una bolsa grande y negra. Luego, se marchó.  Para continuar leyendo, presione aquí 

lunes, 2 de julio de 2012

LOS OTROS MUNDOS DE LA UNIVERSIDAD DEL ROSARIO: Entre la Ciencia y la Charlatanería


En un artículo reciente (para leerlo, presione aquí), Julio César Londoño cuestionó la decisión del fiscal Antonio Luis González de someter a valoración de Rita Karanauskas—quien, al parecer trabaja en la Universidad del Rosario—los testimonios de las acusadas en el caso Colmenares. Londoño compara los estudios de Karanauskas con la instalación de cámaras Kirlian por Armando Martí, el asesor de Mario Iguarán: “Karanauskas, Olga Duque, Iguarán, Antonio Luis González, Anamarta Pizarro y sus chamanes metereológicos… ¿Hay alguna relación entre la charlatanería y la fealdad aguda?”
En un país, como Colombia, en el que los noticieros están atiborrados de reportajes sobre fantasmas, o sobre mágicas medicinas naturales descubiertas por modelos que nunca han realizado algún estudio científico serio, el escepticismo de Londoño es más que necesario. Que en Colombia se pague a chamanes, o que se instalen cámaras Kirlian con dineros públicos es no solo una vergüenza sino un desperdicio irresponsable del dinero público.
Aún así, Londoño peca al comparar la charlatanería con los estudios sobre la detección de mentiras. Mientras que existe amplia evidencia médica sobre la diferencias fisiológicas de los procesos de mentir y decir la verdad, la ciencia ha demostrado que lo que Kirlian y sus  seguidores pseudo-científicos llamaban aura, no es más que un fenómeno producido por la ionización eléctrica estocástica. Además, ningún chamán ha logrado demostrar que es capaz de producir cambios climáticos, sin embargo, hay varios detectores de mentiras que han alcanzado niveles sorprendentes de eficacia en su labor, como es el caso de Pamela Meyer, fundadora y gerente de Simpatico Networks.
La verdad es que hay expresiones que los humanos no podemos moderar, así quisiéramos. Un estudio detallado de esos gestos, tal como lo sugiere las investigaciones de Meyer y su grupo de colaboradores, puede aumentar la eficacia al momento de descubrir si nos están engañando (Para una presentación general de las investigaciones de Meyer, presione aquí).
Comparar a Karanauskas con Lombroso es también un craso error de Londoño. Mientras que el criminólogo italiano pretendía encontrar la personalidad humana en su constitución física, Karanauskas solo sugiere que es más factible descubrir a un mentiroso si prestamos atención a ciertos gestos.  Lombroso presuponía la determinación del carácter humano, Karanuskas no lo hace.
Ahora bien, como Meyer también indica, existen métodos más fiables para detectar mentiras que prestar atención a los gestos de quien habla. Algunos exámenes con escáneres que monitorean la actividad cerebral de las personas parecen ser la mejor y más científica forma de determinar si alguien está o no mintiendo.  A estas pruebas, y no a la valoración de Karanuskas, debería acudir la justicia al momento de juzgar la veracidad de un testimonio.
Creo, por tanto, que es injusto criticar a Karanauskas de charlatana, o condenar a la Universidad del Rosario por explorar un tipo de investigación que ha logrado algunos resultados positivos. El Rosario, al menos en su facultad de Jurisprudencia, tiene algunos problemas graves. Su estructura académica se ha convertido en lo que podría llamarse una dictadura de generales (la expresión no es mía), en la que profesores “endiosados” hacen lo imposible para proteger su pequeño reino académico-burocrático. Fruto de ese feudalismo intelectual, a algunos profesores en el Rosario se les prohíbe investigar en ciertos temas sobre los que los generales dictadores tienen exclusividad académica. Los celos son tantos, que es más fácil para un profesor de cátedra enseñar la materia de una de las áreas de los generales, que para uno de planta. Lo importante no es elegir buenos académicos, es escoger aquellos que sean parte del feudo-burocrático propio.  Son graves males, sin duda. La charlatanería, a pesar de lo que dice Londoño, no es uno de ellos.