viernes, 31 de agosto de 2012

Óscar Collazos y la evolución de los noticieros en Colombia


Ayer comencé a leer "La modelo asesinada," una novela de Óscar Collazos publicada en 1999. En ella, el escritor describe a los noticieros de la siguiente forma:
"Las noticias se repetían como se repetían los titulares y la continuidad, es decir, el orden en la sucesión de las noticias. Los bloques informativos se habían codificado: todos abrían con algún macabro asunto de violencia para pasar a las informaciones de política doméstica antes de que los deportes interrumpieran con su alharaca de goles, antes de que hermosas jovencitas de espléndidas tetas enseñaran las piernas y la intimidad de los personajes del día."[1]

Más de trece años después, recordando lo que los noticieros eran en la época, creo que ha habido una “interesante” evolución en la televisión colombiana,
  1. ·         Ahora son dos y no una las presentadoras que terminan contando las notas de farándula
  2. ·         Los goles ya no son nacionales, porque cualquier futbolista colombiano que medio sepa con el balón termina en alguna otra liga.
  3. ·         Ahora hay más variedad en las notas que abren el noticiero, no solo se empieza con un asunto macabro, sino con los chismes de farándula.


Como verán, vamos en una muy buena dirección ¿No les parece?



[1] Collazos, Óscar: La modelo asesinada (Bogotá: Planeta Colombiana, 1999)

jueves, 30 de agosto de 2012

My skylight: Heaven is in Binghamton: Gregorio y Lilly


In Der Himmel uber Berlin, there is one of my favorite movie scenes (press here). A dying man is complaining about what he did not get to do in life. The angel Damiel (Bruno Ganz) caresses his head and starts to help him recall the beautiful things that he has lived, “the Mississippi Delta, Stromboli, the old houses in Charlottenburg, Albert Camus, the morning light, the eyes of a child….”
I confess that in the most darkest hours of my life, I go over my own list, “My father’s smile, my mother’s eyes, the birth of Juanita Duplat, Piazzola, waking up near the Colorado River at the Grand Canyon, a class with Steve Scalet or with Oscar Lopez, discussing with John Arthur, swimming in the Tayrona…” Yesterday, the 4th of August, I added another scene for my farewell list, I saw Lilly and Gregorio dance. Those who do not know them, imagine that there is nothing new or special seeing a couple dance, but all of us who were there know that it was a sublime moment, one of those with which one would want to sum-up the beautiful things that are on this earth. Due to an incurable illness, for thirty years, Gregorio Pedroza suffers chronic pain and is not able to use the right side of his body. So as not to lose his faculties, Gregorio renounced the opiates that were prescribed as medicine. In stead of sedating himself to calm his pain, he decided to keep his mind constantly occupied, writing and telling stories of triumph for others.
Gregorio’s body suffers but he transmits joy. His health is fragile but his fighting spirit makes us strong. His mind is always busy, but he always has the time to listen to anyone who needs him. Gregorio is unable to run, and even though he can take only a few steps, he dances.
Yesterday his partner was Lilly, his wife for 50 years. The band played Annie's Song, Gregorio moved his wheelchair to where Lilly was. In order to stand up, he balanced himself several times, as he usually does, without asking for or wanting help, letting the world know that he is a fighter, that his spirit continues to be as strong as ever. Then he looked into her eyes and together they created a tunnel through which, at least I think, they viewed the journey of love they traveled together. In a certain way, they were alone, without their worries, without the illness, without suffering, they were in their love which filled the space and transformed sadness into beautiful feelings.
They were also accompanied, because we were all with them, in a circle, dancing in their shadow, letting us be engulfed with the love that filled the room. The song ended and Gregorio, drained, sat down. Everyone clapped, I closed my eyes so I would not forget even an instant of the moment and to remember that I saw love dancing in Binghamton.
----------
Translated by Gregorio Pedroza.

martes, 28 de agosto de 2012

CON LAS FARC: ¡NI DIÁLOGOS NI GUERRA!


Me he quedado pensando en lo que escribí ayer sobre los diálogos de paz, también lo que varios comentaristas y amigos han escrito sobre el tema (para ver el sobresaliente artículo escrito por Camilo Enciso acerca de los obstáculos para las negociaciones, presione aquí) y he llegado a una conclusión a la que no esperaba llegar: No quiero diálogos.
Como en todo proceso de paz en Colombia, los diálogos no se hacen con los más inocentes, los soldados rasos, aquellos que en muchas ocasiones no escogieron la guerra, aquellos que no decidieron—aunque tal vez ejecutaron—los más graves crímenes. Las negociaciones se hacen con los cabecillas, con los líderes, aquellos que siempre consiguen prebendas, amnistías, indultos e incluso la posibilidad de tener una exitosa carrera política.
Yo, repito, no estoy de acuerdo. No creo que exista alguna concepción válida de justicia que permita que los dirigentes de una organización que torturó, secuestró, reclutó menores de edad, prostituyó jóvenes, llenó de minas antipersonales los campos, bombardeó casas y veredas, asesinó civiles, puedan escapar de una condena. Sus crímenes son horrendos, macabros, miserables.
A pesar de las graves injusticias que vive Colombia, no hay justificación alguna para destruir la inocencia de los niños, para remplazar su vida de sueños infantiles por ráfagas de muerte y bombas asesinas. No hay tampoco justificación para perdonar a los culpables de tan atroces crímenes.
Me dirán que no todos los líderes son culpables, que algunos son un poco mejores, que algunos no reclutaron menores ¡Pamplinas! Ellos organizaron y comandaron una organización en la que los métodos siniestros fueron el pan de cada día. Con ellos, no puede haber diálogo, no puede haber paz, solo puede haber condenas, si es que alguna justicia existe en este mundo, si es que algo de equidad hay en el sistema jurídico colombiano.
Otros dirán que pensar así es atentar con la paz, que mi posición es guerrerista, que mis escritos cada vez se acercan más ideológicamente a la de aquellos semi fascistas que ennegrecen de odio el aire colombiano. Se equivocan. El camino de la paz no se hace con el olvido, no se hace ocultando los errores, no se hace callando a las víctimas, se hace con justicia.
La historia de Colombia está llena de diálogos de rendición exitosos que nunca trajeron paz. Los espacios del EPL, del Quintín Lame, del M-19 fueron llenados por otros grupos, en ocasiones más salvajes y más violentos. Los líderes amnistiados, los cabecillas perdonados, fueron reemplazados por otros con menos ideales y gustos más hambrientos. Dialogar con las FARC no produce la paz, pensarlo es negar más de treinta años de la historia reciente de Colombia.
De todos modos, la guerra es tan ineficaz para alcanzar la paz como los mismos diálogos. El Estado podrá asesinar—o dar de baja siguiendo el eufemismo de moda—capturar, a todos los guerrilleros de Colombia y ellos reaparecerán mientras el campo esté abonado para el conflicto, mientras los fertilizantes del odio, la exclusión social, la prohibición de las drogas, el hambre sigan alimentando la sed de venganza y muerte en nuestros campos. Luego del proceso, no los llamarán Farc o guerrilla, los bautizarán como bandas, grupos criminales o cualquier otra cosa. Serán diferentes, serán maras, zetas, cualquier cosa, pero serán tan violentos, tan despiadados, tan brutales como sus antecesores. Colombia olvida que su alma está enferma de guerra, enferma de muerte y el único remedio que proponen los políticos es el olvido y otra cuota de más enfermedad.
¿Qué hacer? Lo que nunca se ha hecho, lo que quizás Santos ha intentado hacer tímidamente hasta ahora con la ley de víctimas, cambiar la estructura social y política de Colombia. Hacer, por fin, una verdadera reforma agraria, una que cree un campo capaz de dar una vida digna a los jóvenes, una en la que la opción de las armas sea absurda, porque existe trabajo, porque se puede vivir honestamente sin caer en la miseria. El problema no está en acabar con la guerrilla, es evitar que ella renazca.
Claro que mientras tanto hay que combatir a las FARC, pero ese no es el medio para lograr la paz, es solo un mecanismo transitorio mientras el paciente recibe la medicina necesaria para la verdadera cura. Invertir más en armamento que en salud y educación es tan absurdo como gastar más en curitas que en el tratamiento de la enfermedad que produce la hemorragia.
No nos digamos mentiras, la solución al conflicto, el ideal de paz es un proceso difícil. Es casi utópico que un país sin soberanía como es Colombia, que una nación tan dividida, con crueles exclusiones sociales pueda pronto solucionar los conflictos estructurales que la asesinan. Ver los problemas de frente, no obstante, es un mejor y más expedito camino que perdonar a horrendos criminales, que premiar el hampa, que amnistiar e indultar, o tan siquiera reducir las ya bajas condenas de quienes masacraron la infancia de millones de personas. 

lunes, 27 de agosto de 2012

OPINIONES AISLADAS SOBRE LOS DIÁLOGOS DE PAZ


  • Lo primero, cesar el conflicto con las FARC no es alcanzar la paz, no sólo porque en Colombia existen muchos más grupos armados, sino porque la paz es algo más complejo que la simple ausencia de guerra. La amplia desigualdad social, heredera de una larga y profunda historia de desplazamientos—no crean que ellos empezaron hace solo unas décadas—y crudelísimas expropiaciones, es un acto de violencia constate en nuestro país. Mientras ella exista, no habrá paz.
  • Como decía Cepeda Ulloa durante el Caguán, lo importante no es empezar diálogos de paz, en eso somos expertos los colombianos. Lo importante es llevarlos a feliz término, eso nunca lo hemos podido lograr.
  • Desde el asesinato de Guadalupe Salcedo, muchos han sido los guerrilleros que han sido asesinados a sangre fría luego de negociaciones de paz. El exterminio de la Unión Patriótica es todavía una herida muy reciente, una de las vergüenzas más grandes en la historia de Colombia. Los acuerdos presentes y futuros morirán si el Estado no es capaz de proteger la vida a quienes deseen deponer las armas. 
  • Los diálogos de paz podrán hacerse de forma discreta, sin los espectáculos electoreros del Caguán. Aún así, no pueden hacerse de espaldas a las víctimas de la guerrilla que son muchas. Me parece imposible, inviable e injusto que el Estado colombiano diga a los familiares de secuestrados y desaparecidos que deberán aceptar la inicua impunidad de sus verdugos. Por lo demás, ningún acuerdo será válido si la guerrilla no devuelve todos los secuestrados e informa sobre la suerte de los desaparecidos.
  • Desde ahora, el Estado debe preparar un plan especial para la rehabilitación de todas las zonas que alguna vez estuvieron bajo el poder de la guerrilla. De lo contrario, ese espacio será ocupado por otros actores del conflicto armado.
  • Por último, la esperanza de la paz no puede ser utilizada con fines electorales, ni por Santos, ni por sus contradictores. Hacer campaña con los diálogos es jugar con el dolor de las víctimas.

domingo, 26 de agosto de 2012

Para el Recuerdo: Fort Washington y un bello día


La vida preparó todos los ingredientes para que hoy tuviera un día feliz. Un clima imposible de mejorar para caminar, sin los sofocantes calores del verano y con una fresca briza que aliviaba el cansancio.  Y al llegar, justo cuando entraba el Washington Fort State Park, otra sorpresa, Por una cabeza, en aquella versión de Williams y Perlman (para oírla presione aquí,) la misma que inmortalizó Al Pacino bailando en perfume de mujer, sonó e la radio.
Fue una bienvenida fabulosa, no solo porque amo el tango, sino porque esa canción y esa escena de esa película me recuerdan algunos de los momentos más bellos de mi vida. Así que comencé a caminar contento, en medio de bellos árboles, rodeado de mariposas y pájaros, y de gente sonriente que saludaba al caminar.
Siempre me ha sorprendido lo mucho que cambia la gente en solo un par de millas. Las personas que caminan en el Washington Fort State Park son las mismas que me encuentro en el centro de Filadelfia, a solo unas pocas millas, las mismas que van de afán con un café de Starbucks en la derecha y un documento en la izquierda, las mismas que miran y no saludan. En el parque, todo es diferente, la amabilidad es tan abundante como la vida, mirar a los ojos para decir “hello” es tan común como ver insectos. Es como si fuéramos otra especie, otro diferente ser que deja de ser gusano y se transforma en mariposa por la sola cercanía de un bello paisaje.
El gran George Carlin solía decir que la humanidad estaba muy mal desde que unos  pagaran para dormir al lado de un árbol. Aunque se burlaba de quienes amamos acampar y caminar en el campo, creo que tiene razón. La sociedad tiene que estar muy mal para que el encanto de la naturaleza sea la excepción en nuestras vidas, para que los seres humanos se vean obligados a vivir hacinados en tugurios insalubres, para que los colores de la montaña, como en esa bella película de Carlos César Arbeláez, se tiñan de sangre y muerte.
Camine feliz como hace mucho, regodeándome en los varios puentes que hay en el camino. Quizás porque estoy convencido que somos islas unidas por un océano que nos ata ineludiblemente, me encanta ver puentes en medio de la naturaleza. Si son pequeños y rústicos, me alegro más.
En la mitad del camino, un pequeño venado salto casi a mi lado, después se detuvo mirándome de lejos, como si quisiera salir en una foto.
Luego de tres horas, terminé el recorrido. En una banca tres ancianos llamaron mi atención, pedí que me dejaran tomar una foto, asintieron. Uno de ellos me dijo que la fotografía no valía la pena, porque no habíamos esperado a su esposa “Nadie es más hermosa que ella,” afirmó. Luego me regañó por llegar al parque en carro, “menos gasolina, significa más verde,” sentenció.
Contentó, me dirigí a mi casa pensando en qué hacer de almuerzo y esas cosas cuando un extraño Subway llamó mi atención, uno ubicado en medio de dos vagones de tren. Me acordé de otro restaurante en un vagón donde también viví momentos  maravillosos y decidí darme el gusto de no cocinar por un día.
Fue un momento simple, pero hermoso. De esos que le renuevan a uno la fe en la vida. así nuestra visión de la naturaleza sea ingenua, así uno no se dé cuenta de todas las guerras y muertes que se esconden debajo de una rama. A lo mejor, sin embargo, sonreír no sea un acto ingenuo, después de todo, esa sonrisa, esas mariposas, esas flores, esos ancianos también hicieron parte de un bello día. 

jueves, 23 de agosto de 2012

EL PODER DE LA NEGACIÓN (A propósito de Mafioso de Alberto Lattuada, 1962)


La mayoría de quienes emigramos, así nunca nos demos cuenta, negamos. Luego de la primera escena de Mafioso, uno creería que Antonio Badalamenti, Nino, (Alberto Sordi) no tiene ese problema. Frunciendo el cejo, seguro de todo lo que hace, Nino parece tener un ojo de águila para detectar la menor infracción de sus subordinados. Se nota seguro, frío, calculador, consciente de todo lo que sucede.
Son puras ilusiones, una vez sabemos que el jefe de su planta le entrega “una encomienda” para que lleve a Sicilia en su viaje de vacaciones, reconocemos que Nino no es consciente, que su afán por visitar con su esposa e hijos por primera vez a su pueblo natal en Sicilia lo han hecho negar todos los peligros que están a su alrededor.
Decía que los emigrantes como Nino negamos. Uno se acuerda de sus padres, de sus amigos, de la casita en el pueblo sobre la montaña con flores, de los campesinos sonriendo, del olor del campo… Uno olvida lo otro, la violencia detrás de la montaña, los cementerios que dejaron los paramilitares, las familias que destrozó la guerrilla, la banalidad y el crimen que dejó el narcotráfico.
Uno se convierte en un turista con memoria de su pueblo, un ser que  conoce tanto su terruño como para ubicarse, para saber las normas sociales, pero que descubre cada encanto con los ojos desprevenidos de un niño y que sin reconocerlo, tiene todavía pesadillas por un pasado que todavía se recuerda. Eso le pasó a Antonio, mientras presentaba su esposa Marta (Norma Bengell) a sus padres en Sicilia. Nino recorre las calles sonriente, feliz, en medio de una luz sobresaturada que parece inundar de alegría, de júbilo, todos los momentos.
Lattuada, ese gran director que trabajó con Fellini en Luci de Varietà (1950), relata con un finísimo humor el recorrido de Antonio. Alberto Sordi interpreta a Nino con una energía pocas veces vista en el cine. Incluso, parece que Nino saldrá de la pantalla riendo, lo abrazará a uno y le contará las bellezas de su natal Sicilia, mientras uno se transforma en un personaje en blanco y negro.
Gracias a la magia de Lattuada, en Mafioso sucede algo extraño. En la medida en que las luces se incrementan, la oscuridad aparece. Lo negado, ese extraño mundo de la mafia italiana aparece en su peor faceta, justo cuando la familia de Sordi empieza a aceptar y a entender a sus parientes sicilianos.
Mafioso es una extraordinaria película, un relato sincero, humano, tierno, una historia sobre el poder de la negación y sobre la crudeza de la realidad, una película en la que la belleza siciliana encandila y las pesadillas del crimen aterrorizan, un filme tan contradictorio y hermoso como pueden ser nuestras vidas.

miércoles, 22 de agosto de 2012

INDÍGENAS vs. GOBIERNO: EL PROBLEMA ES MORAL


La discusión sobre el problema de los indígenas en el Cauca en gran medida se ha llevado a cabo en torno a la pregunta sobre la legalidad de sus acciones (Para un ejemplo, presione aquí). A importantes constitucionalistas se les pregunta sobre los tratados internacionales o sobre la mejor interpretación de la Carta Política del 91. Todo eso está bien, creo, aunque pocas luces puede brindar sobre la solución al problema o sobre la legitimad del Estado al intervenir o al retirar las tropas del territorio indígena.
El problema en el Cauca no es jurídico, es moral y político. Lo que los indígenas cuestionan no es la mala interpretación de una norma, sino la aplicación del derecho como tal. Sus acciones no apuntan a que el Estado cumpla con sus obligaciones constitucionales, sino a que se les permita ejercer algo que podría traducirse como “soberanía” en los territorios que desde hace siglos habitan.
Imagínese se encuentra con un fanático de una religión que no es la suya. Obsesionado con su credo, le comenta que usted no debe beber chocolate. Usted le dice que está bien, que respeta sus convicciones, pero que no cree en ellas. Luego de un largo debate, el fanático le entrega un concienzudo y detallado estudio de su religión y le demuestra que es un grave pecado tomar chocolate. Usted puede aceptar lo dicho por su interlocutor e, incluso, puede admirar la devoción y fidelidad que tiene por sus creencias, aún así, nada de lo que él diga lo convencerá de dejar su bebida preferida, porque el problema no es determinar qué es lo verdadero según la religión del fanático, el debate gira en torno a si usted debe o no convertirse al credo de su amigo.
Algo similar sucede con los indígenas y el Estado. El problema no está en cómo interpretar la constitución o en qué dice la normativa de los derechos humanos al respecto. La cuestión de fondo, el meollo del asunto está en determinar si ellos deben o no obedecer al Estado, si el derecho tiene autoridad moral sobre ellos.
En una de sus anécdotas, Eduardo Galeano explica esta tesis desde una perspectiva diferente.[1] Cuenta el ensayista que un cacique del chaco paraguayo contestó a un predicador que lo intentaba convencer de su credo, “Eso rasca. Y rasca mucho, y rasca muy bien […] Pero rasca donde no pica.”
La cuestión sobre el ejército en el territorio indígena no es un problema jurídico, es un problema moral y político. Es una pregunta difícil, una en la que, pese a todo, parecen tener la razón los indígenas. La teoría jurídica lleva años intentando fundamentar la autoridad del derecho en construcciones tan artificiales como las razones secundarias de Raz[2] o tan débiles como los problemas de coordinación de Finnis,[3] Postema[4] y, más recientemente, Jon Garthoff.[5] Si hay algo a lo que apunta la creciente y cada vez más compleja bibliografía sobre la autoridad del derecho es que todavía no tenemos una respuesta concluyente a las preguntas que anarquistas como Simmons[6] y Wolff[7] han hecho. En otras palabras, todavía no tenemos una respuesta que dar a quienes nos preguntan, como los indígenas, por qué debemos obedecer al Estado.
Por lo demás, muchas justificaciones a favor de la autoridad que se basan en la equidad, en los supuestos beneficios que los individuos reciben del Estado,[8] difícilmente pueden aplicarse a comunidades herederas de quienes fueron víctimas de crueles despojos y pillajes. Lo mismo puede decirse de algunos intentos los fragmentar la pregunta en las diferentes funciones que cumple el derecho.[9] Es muy difícil justificar la obediencia en deberes que el Estado ha incumplido por varios años.
Algunos me dirán que dejar a la moral la solución de este problema es caer en el error de querer imponer nuestras propias convicciones a los indígenas. El argumento, alimentado por décadas de superficiales posiciones relativistas, es peligroso, absurdo y contradictorio. Es peligroso, porque si el diálogo moral no es el camino para dirimir los conflictos, entonces la única puerta que permanece abierta es la violencia. Es contradictorio, porque supone que existe un deber moral de respetar las convicciones ajenas, aunque al mismo tiempo se predica la imposibilidad de sostener posiciones morales. Es absurdo, porque sugiere que la moral no debe imponerse, aunque sí el derecho.
Por mi parte, creo que es tiempo de escuchar, entender, comprender las visiones y la historia de los indígenas y, al mismo tiempo, discutir en términos de cuál es la mejor acción a tomar. El diálogo entre civilizaciones no solo es necesario, es posible.



[1] Galeano, E. El libro de los abrazos, (Madrid: Siglo XXI, 1989)
[2] Ver en especial,  Raz, J. The authority of Law (Oxford: Oxford University Press, 2009), Raz, J. Practical reasons and norms (Princeton: Princeton University Press, 1990).  Raz, J. “The problem of authority,” Minnesota Law Review 90 (2006): 1003-44.
[3] Ver en especial, Finnis, J. Natural Law and Natural Rights (Oxford: Clarendon Press, 1980), Finnis, J. “Law as Co-ordination,” Ratio Juris (2)1 (1989): 97-104
[4] Ver en especial, Postema, G. J. “Coordination and conventions at the foundation of law,” The Journal of Legal Studies (30)2 (2010): 633-67; Postema, G. J. “The normativity of law,” en  R. Gavison (ed) Issues in contemporary legal philosophy, 81-104, (Oxford: Oxford University Press, 1989).
[5] Ver en especial, Garthof, J. “Legitimacy is not authority,” Law and Philosophy 29 (2010) 6-41.
[6] Ver en especial, Simmons, J. Moral principles and political obligations (Princeton: Princeton University Press, 1979), Simmons, J. “The anarchist position,” Philosophy and Public Affairs 16 (1987): 269-79.
[7] Ver el ya clásico libro, Wolff, R.P. In defense of anarchism (New York: Harper and Row, 1970).
[8] Recientemente, ver, Edmundson, W. “Political authority, moral powers, and the intrinsic value of obedience,” Oxford Journal of Legal Studies 30 (2010): 179-91
[9] Ver en especial, Marmor, A. “An institutional conception of authority,” Philosophy and Public Affairs 39 (2011):  238-61.

martes, 21 de agosto de 2012

¿POR QUÉ DIJE ADIÓS AL ROSARIO?


Llevo casi dos años escabulléndome de responder esta pregunta. La he contestado solo a unos pocos, a quienes más amo, en quienes confío. Creo que es el tiempo de hablar, es hora de contestar a todos los alumnos que de forma constante me atiborran con suposiciones, malentendidos, mentiras sobre las razones que me obligaron a terminar mi relación laboral con la Universidad del Rosario. A ellos les debo confesar esta verdad. A ellos y a mi alma mater, la institución a la que siempre estaré atado en mis sentimientos, en mi cariño, en todos los bellos recuerdos que viví allí como estudiante y profesor por tanto tiempo.
La respuesta es simple, renuncié al Rosario, porque me era imposible desarrollar cualquier proyecto académico serio en una facultad, como la de jurisprudencia, con tantos problemas. Así suene contradictorio, fue una decisión libre a la que me vi obligado. Elegí retirarme, luego de profundas reflexiones y noches de insomnio, aunque convencido que no había alternativa posible. Mi acción fue el fruto de mi discernimiento y la consecuencia de circunstancias en las que nunca fui partícipe.
Es el amor al Rosario y a mis estudiantes los que me llevan a hablar luego de un profundo y meditado silencio. Lo hago tranquilo y contento, confiando en que el conocimiento de la verdad puede transformar las instituciones.
Las razones, los motivos de mi renuncia, son los siguientes:

1.      Estabilidad Laboral
En los últimos años, al menos ocho profesores nos hemos visto obligados a renunciar a la facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario. Cada uno tendrá razones diferentes que sería importante tener en cuenta. Lo preocupante, sin embargo, es que la estabilidad laboral es uno de los más importantes elementos para el desarrollo de un ambiente académico serio.
Un profesor con miedo a perder su puesto no tiene la paz que demanda la investigación académica. En muchas ocasiones, será un docente temeroso de expresar sus opiniones, incapaz de juzgar sus alumnos con severidad por miedo a granjearse nuevos enemigos y nuevos problemas.
A veces pienso que es precisamente ese ambiente de miedo el que impulsa a varios docentes a comportarse de formas tan contrarias al decoro y a la decencia.   Mientras estaba en la facultad de Jurisprudencia, existía un grupo de tres profesores  que cada vez que me veían comenzaban a insultarme, a inventar apodos, en medio incluso de estudiantes y empleados de la Universidad. Uno de ellos, al menos, repetía la misma actitud con varios profesores que no eran de su agrado. Se paraba junto a las escaleras cercanas al OMA y perseguía a los catedráticos con insultos hasta el segundo piso.
Siempre me he preguntado que lleva a profesores universitarios a comportarse como críos, como niños en el recreo del colegio. La respuesta, creo, además de problemas serios en su carácter, puede encontrarse en lo turbio del ambiente en una universidad donde muchos temen perder sus puestos.
En ese éxodo de catedráticos, varios excelentes docentes han dejado la Universidad. En ellos, la facultad ha perdido años de experiencia y de formación en especializaciones en el exterior.
2.      La distribución de las cátedras

La Universidad del Rosario y el programa Fulbright me dieron en 2002 una beca para prepararme, especialmente, en filosofía del derecho. Cuando regresé a Colombia, luego de terminar mis estudios y de enseñar esta materia en la Universidad Estatal de Nueva York, en Binghamton, me encontré con que no podía dictar la clase para la que me había preparado. La razón era que los profesores de cátedra, en opinión de la directora del área, eran muy buenos y no valía la pena  que yo los remplazara.
Ninguno de los profesores de cátedra había iniciado estudios de doctorado y ninguno tenía la experiencia o publicaciones que yo tenía sobre la materia. En términos claros, la Universidad del Rosario decidió enviarme al exterior a estudiar para que cuando regresará tuviera que dictar cualquier materia diferente a aquella en la cual me especialicé.
Confieso que al inicio acepté sin protestar la decisión de la facultad. No obstante, luego me enteré que los profesores de cátedra se retiraban y en lugar de llamarme a mí a enseñar la materia, contrataban a otros profesores que jamás habían enseñado la asignatura, pero que, curiosamente, habían sido compañeros de clase de la directora del área. La lección era clara, para enseñar en el Rosario no basta con ser profesor de planta, o tener estudios en el exterior, o ser bien evaluado por los estudiantes, o tener publicaciones sobre la materia. Lo único necesario es ser amigo de los directores del área, punto.
Con el tiempo, aprendí que mi situación era común en el Rosario. Los directores de área de la Universidad defienden su cuota burocrática con celo y enojo. Salvo contadas excepciones, no dejan entrar a profesores del área “enemiga.” Conozco varios docentes que jamás pudieron enseñar en la facultad mientras eran empleados de planta, pero que ahora enseñan como profesores de cátedra, porque se han desvinculado de un área cuyo director no es querido por los demás directores.
A mí, de hecho, me sucedió algo similar. Luego de muchos intentos y súplicas para que me dejaran dictar la clase para la que me había preparado—y la que, de paso, enseñé en el Rosario desde 1998—por fin pude dictar la materia algunos semestres. No obstante, rápidamente fui separado, porque, en palabras del decano, yo ya no hacía parte del área respectiva.
La decisión, sin lugar a dudas, tendría sentido, si los profesores que enseñaran la materia fueran todos de planta, dedicados exclusivamente a la investigación en la filosofía del derecho. La verdad fue que mis clases fueron llenadas por profesores que nunca habían dictado la clase y que no hacían parte de la Universidad. Uno de ellos, incluso, tuvo que ser retirado al siguiente semestre por las críticas de muchos de sus alumnos.   
El día en que la decanatura me comunicó su intención de retirarme de todas las clases que dictaba, me di cuenta que para el Rosario no importaba mi esfuerzo, ni mis calidades académicas. De nada servía que mis alumnos me hubieran calificado con 4.9 en las últimas evaluaciones, o que estuviera a punto de lograr la primera publicación indexada en SCOPUS en teoría jurídica en la Universidad del Rosario. Para ser docente en la facultad de jurisprudencia eso no importa. Lo único necesario, repito, es ser amigo de quienes tienen el control de nombrar a los profesores en las materias que hacen parte de sus áreas.
Quisiera añadir que jamás recibí alguna crítica o comentario sobre mi calidad en la enseñanza de mis clases de pregrado. Solo una vez, el decano me manifestó que había varios comentarios sobre lo fácil que eran mis evaluaciones o mis calificaciones. La verdad, nunca presté mayor atención al comentario, porque era mentiroso y absurdo. Era absurdo, porque discutir la dificultad de una prueba sin conocimiento de los fundamentos pedagógicos de la misma es un sinsentido. Era mentiroso, porque el promedio de mis estudiantes era 3.8, algunas décimas por debajo del de otros profesores que dictaban la misma materia.
3.      Los dueños de la investigación
Si un profesor no puede enseñar, entonces se dedica a la investigación. Para muchos docentes, no es mi caso, la cátedra es un lastre que deben llevar y que les impide trabajar en lo que más les gusta, investigar.
El problema, sin embargo, es que para mí la investigación tampoco era un refugio posible. La facultad de jurisprudencia del Rosario es, quizás, la única en el mundo en el que los temas tienen dueño, en la que a los profesores se les impide investigar sobre un tema, a no ser que cuenten con la anuencia de los directores de los grupos de investigación.
A mí, se me prohibió investigar en temas de teoría jurídica. La directora del grupo de derecho público llegó al ridículo de creer que proponer una línea en teoría jurídica era un atentado personal en contra suya, un intento de mi parte por competir contra ella ¿Desde cuándo proponer una investigación puede ser una afrenta personal? Por lo demás, jamás deseé competir con nadie, pero si así lo fuera, ¿Qué problema hay? ¿Qué de malo tiene en desear trabajar un tema de forma más profesional y académica que los demás? Atemorizada por un peligro que no existía, temerosa de perder su feudo burocrático, a mí se me prohibió crear cualquier línea de investigación en el área en el que llevaba trabajando más de diez años. Así funciona la facultad de jurisprudencia, si a un profesor con poder no le gusta lo que haces, no hay poder que valga, así seas bueno en lo que haces, deberás dedicarte a otros temas.

Para finales de 2010 mi situación era crítica. Había sido despojado de mis clases y de la investigación. Asustado veía cómo varios profesores eran forzados a renunciar o se retiraban a otras universidades en búsqueda de mejores horizontes. Por lo demás, trabajaba en medio de profesores que como críos se sentaban a insultar a sus compañeros y a manipular a los estudiantes en contra de los que consideraban sus enemigos. La decisión era fácil de tomar, lo único que me impedía tomarla era el profundo amor que siento por el Rosario y la esperanza de poder cambiar las cosas desde dentro. Es imposible desarrollar un proyecto académico serio en una institución en la que calidades académicas no cuentan para ser elegido para enseñar una materia, en la que los temas tienen dueños y uno tiene que pagar con falsas atenciones para poder investigar. No tenía alternativa viable, debía renunciar al Rosario.
Era una decisión inevitable, pero fue muy difícil, no solo por mi reiterado amor hacia mi alma máter, sino por el cariño y aprecio que aprendí a sentir hacía la mayoría de docentes que trabaja en la facultad, en especial quienes fueron mis compañeros en el área de derechos humanos y en mi oficina en el primer piso. Ellos constituyen la esperanza de la Universidad del Rosario. De todo corazón, espero que permanezcan en la institución—algunos, de hecho, ya se han ido—y que lo hagan sin perder el carácter, sin caer en la tentación de creer que la academia es una guerra de egos donde se usa el poder burocrático para aplastar a quienes piensan o entienden el derecho de una forma distinta. 

sábado, 18 de agosto de 2012

BOGOTÁ, EL CAMPO, URIBE Y SANTOS


“Santos representa el pensamiento político de la ciudad, Uribe el del campo. El primero intenta, por vía de derecho, llevar la civilización al ámbito rural […] El segundo, por su parte, representa el pensamiento rural, rudo, decidido, creyente y centrado en la acción más que en la reflexión.” (Para leer el artículo, presione aquí)
Estas son, en sus propias palabras, las ideas centrales de un artículo reciente publicado por Rodolfo Arango, uno de los teóricos jurídicos más serios en el país. En igual sentido, otro influyente escritor y sociólogo del derecho, Mauricio García Villegas, había escrito sobre la necesidad de llevar el pensamiento “civilizado” y “racional” de la ciudad a la premoderna y casi salvaje provincia colombiana.
¿De verdad?  ¿Es en serio que nos habla Rodolfo Arango? Confieso que es tanto el respeto que le tengo al profesor Arango—salvo por aquel libro en el que defiende a Dworkin y critica a Hart, a pesar de que la mayoría de referencias a El Concepto de Derecho son de oídas—que me cuesta pensar que él haya escrito esta columna o, al menos, que haya reflexionado antes de escribirla.
¿Puede entenderse a Uribe sin Santos? ¿No se debió en gran parte la popularidad de Uribe al apoyo casi irrestricto que Santos desde su casa editorial brindó al presidente?  ¿No prometió Santos defender y promover los idearios políticos de Uribe en su campaña política? ¿No era un miembro de la misma citadina familia de Santos el vicepresidente de Uribe? ¿Se le ha olvidado a Arango tan rápido la historia reciente del país?
Por lo demás, la comparación entre Santos y Uribe es tan artificial, tan mentirosa, tan vana como la de la ciudad y el campo ¿Acaso Uribe no ganó por amplio margen en Bogotá en las dos elecciones? ¿No compartían en Bogotá sus ideas? ¿No recibió el apoyo de comerciantes, industriales y políticos bogotanos en sus campañas políticas? ¿No tuvo el respaldo casi irrestricto del bogotanísimo Vargas Lleras? ¿Cuándo se le escuchó al flamante ministro de Hacienda hacer una crítica política seria a Uribe, más allá de sus tibias posiciones respecto a la reelección? ¿No hizo parte el partido político de Vargas Lleras del gabinete de Uribe? ¿No terminó el mismo Lucho Garzón bailando macarena en la última campaña por la alcaldía de Bogotá?
No solo es falaz y confuso lo que dice Arango, es ofensivo. En palabras de Arango, el problema agrario se debe, “A la vigencia a lo largo y ancho del país de un pensamiento político premoderno, antiilustrado, dogmático, con una visión pesimista del ser humano (alma caída en pecado), religiosamente arcano y simpatizante del ejercicio efectivo del poder.” La ley de víctimas sería el instrumento de civilización que desde la ciudad se lleva al campo para lograr una verdadera democracia en Colombia, a pesar de la fuerte oposición de los ejércitos anti restitución.  Al defender su tesis, Arango confunde las víctimas con sus victimarios, a los campesinos que luchan por recuperar sus tierras y que también hacen parte del campo con sus desplazadores, a quienes a lo largo del país defienden su derecho a resistir en el campo con quienes los acribillan cobardemente.
También olvida Arango que muchos de quienes se beneficiaron, benefician y beneficiarán del despojo de tierras en el campo son habitantes de la ciudad ¿No se acuerda de los vínculos entre Carlos Arturo Marulanda y el bogotanísimo Ernesto Samper? Lo peor es que en ese olvido también deja de lado a todos los mártires que desde el campo se opusieron a ejércitos poderosos, mientras en Bogotá permanecían preocupados y encerrados en sus propios problemas.
La posición de Arango y García Villegas es falsa y teóricamente pobre. En especial, García Villegas debería releer al Foucault de sus tesis doctoral para recordar los problemas de localizar un poder, de creer que la civilización la tienen de forma irrestricta y altruista los unos que van a ilustrar al campo. Arango, por su parte, debería releer La Vorágine. Allí descubriría que la manigua que describió Arturo Cova comenzó en Bogotá, cuando le obligaron a huir.

viernes, 17 de agosto de 2012

BATMAN: EL SUPERHÉROE QUE ERA ANTAGONISTA


En el mundo de los que llaman “buenos,” nada hay más parecido a los paramilitares que los superhéroes.  Que se me entienda bien, con la comparación no deseo restar una gota de reproche a la barbarie con la que los atroces paramilitares han bañado a Colombia. Al contrario, lo que deseo es poner en evidencia que los tal llamados caballeros de la justicia no son tan éticos como los valores por los que supuestamente luchan, que ellos torturan, condenan sin juicio y sirven como anónimos paladines de sociedades cuya justicia jamás cuestionan. Para continuar leyendo, presione aquí

miércoles, 8 de agosto de 2012

¡PETRO SE LA FUMO VERDE!

Eso dijo el procurador Ordoñez sobre la propuesta del alcalde de crear centros donde se permita el consumo controlado de drogas. En realidad, por más descabellada que sea la idea de Petro, es menos que la costosa e ineficiente guerra contra las drogas. Penalizar el consumo de narcóticos es un sinsentido.  Si quienes los usan pierden su autonomía al consumir—como lo sugieren los defensores de la prohibición—entonces ellos no podrían ser delincuentes, porque carecerían de la voluntad necesaria para cometer un delito. Si por el contrario, no pierden la autonomía, entonces no habría un bien jurídico vulnerado y carecería de justificación la sanción penal.
Por lo demás, en investigación tras investigación se ha probado que la mejor forma de atacar el problema de las drogas es a través de la prevención[1] y del tratamiento del adicto, y no mediante la penalización. Por esta razón, la propuesta de Petro es más que lógica, los centros de consumo controlado permitirían una supervisión especializada y médica de los adictos, mucho más cercana al tratamiento que las cárceles. Si lo que se desea es la resocialización, un centro médico siempre será mejor que una cárcel.
Aunque irrealizable—la opción de legalizar las drogas es una decisión que difícilmente pude tomar un país con ese remedo de soberanía que es Colombia—la propuesta de Petro es lógica, clara y se compadece con lo que la criminología y la siquiatría afirman sobre el problema de las drogas. Es una idea, sin embargo, que poco se parece a la serie de locuras y trinos con los que Petro ha contaminado el ambiente político desde el inicio de su mandato. Quizás, pese a todo, el procurador tenga razón en que el alcalde se la fumó verde. Muy probablemente le produjo un tipo de derrame y alcanzó como Jill Bolte Taylor el nirvana (para ver su experiencia, presione aquí), entonces pensó con claridad como hacía mucho no lo hacía. Ordoñez debería hacer lo mismo, quien quita que luego de un viaje descubra la única opción ética que le queda: la renuncia.


[1] Me remito a la bibliografía que cité en la entrada que puede leerse aquí

lunes, 6 de agosto de 2012

El cielo está en Binghamton: Gregorio y Lili


En Der Himmel über Berlin, está una de mis escenas favoritas en el cine (ver aquí).  Un hombre moribundo se queja por lo mucho que dejó de hacer en vida. El ángel Damiel (Bruno Ganz)  le acaricia la cabeza y empieza a recordarle las cosas bellas que ha vivido, como advirtiéndole del cielo que vivió mientras estaba en la tierra, “… El delta del Mississippi, Stromboli, las casas viejas de Charlottenburg, Albert Camus, la luz de la mañana, los ojos de un niño…”
Confieso que en las horas más aciagas de mi vida, repito mi propia lista, “la sonrisa de mi padre, los ojos de mi madre, Juanita Duplat recién nacida, Piazzola, levantarse cerca del río colorado en el Gran Cañón, las guaduas en Armenia, una clase con Steve Scalet o con Óscar López, discutir con John Arthur, bañarse en el Tayrona…”
Ayer, 4 de agosto, añadí otra escena para mi lista de despedida, vi bailar a Lili y a Gregorio. Quienes no los conocen, imaginarán que no hay nada nuevo y especial en ver a una pareja bailando, pero todos quienes estuvimos ahí sabemos que fue un momento sublime, uno de esos con los que uno quisiera resumir las cosas bellas que hay en esta tierra.
Debido a una enfermedad casi incurable, desde hace 30 años, Gregorio Pedroza sufre dolores crónicos y es incapaz de mover el lado derecho de su cuerpo. Para no perder su conciencia, Gregorio renunció a los opiáceos que le daban como medicamento. En lugar de sedarse para acallar el dolor, decidió ocupar su mente todo el tiempo, escribir y contar historias de superación para los demás.
El cuerpo de Gregorio sufre, pero él trasmite alegría. Su salud es frágil, pero su espíritu de lucha nos hace fuertes. Su mente siempre está ocupada, pero siempre tendrá tiempo para escuchar a quien lo necesite. Gregorio no puede correr, y aunque solo puede dar unos pasos, baila.
Su pareja ayer fue  Lili, su esposa desde hace 50 años. La banda tocaba “Annie’s Song,” Gregorio movió su silla de ruedas hasta donde se hallaba Lili. Para poderse levantar, se balanceó varias veces, como suele hacerlo siempre, sin pedir y sin querer ayuda, diciéndole al mundo que él siempre lucha, que su espíritu sigue siendo tan fuerte como siempre. Luego la miró a los ojos y ambos crearon un túnel por el que, al menos eso creo, recorrieron el camino de amor de 50 años juntos. De cierta forma, ellos estaban solos, sin sus penas, sin la enfermedad, sin el sufrimiento, estaban en su amor que llenaba el espacio y transformaba las tristezas en bellos sentimientos. También estaban acompañados, porque todos estábamos con ellos, en círculo, bailando a su sombra, dejándonos contagiar del amor con que inundaron el recinto.
La canción terminó y Gregorio agotado se sentó. La gente aplaudió, yo cerré los ojos para no olvidar un instante del momento y recordar que yo vi el amor bailando en Binghamton. 

miércoles, 1 de agosto de 2012

URIBE CONTRA SÍ MISMO


Supongamos que todas las declaraciones de Uribe en contra de Santos son ciertas, que es verdad que las traiciones, la ineptitud, el desdén por la seguridad son características propias del presidente colombiano. En ese caso, aunque se podría aplaudir el coraje de Uribe al denunciar los errores de Santos, se habría probado que el ex presidente es un pésimo administrador, un ejecutivo incapaz de nombrar a sus más cercanos colaboradores.
Bastaría recordar la cada vez mayor lista de funcionarios cercanos al gobierno Uribe que están siendo judicializados. Si a eso le sumamos que su ministro de defensa, quien, según las propias indicaciones del ex presidente, cuidaría los frutos de la seguridad democrática, resultó ser un mediocre administrador,  no habría por qué volver a contar con Uribe para cualquier decisión política. De hecho, parecería que es más factible que Bedoya termine un campeonato sin una tarjeta amarilla o que Chávez se retire por voluntad propia de la presidencia, a que Uribe acierte en la elección de su gabinete ¿Cómo creer en un presidente incapaz de elegir a sus colaboradores?
Dirán que era normal que se equivocara Uribe, que Santos es un buen camaleón, que desde la cuna aprendió los más sofisticados artes de la intriga política. Tienen razón. No obstante, todos sabíamos lo que podría pasar con Santos ¿Acaso Uribe olvidó el papel de Santos durante el Caguán? ¿Jamás leyó las columnas en El Tiempo, en las que Santos despotricaba de Uribe mientras defendía los fatídicos diálogos de paz? Por lo demás, confiar en un político que haya sido Gavirista, Samperista y Pastranista es, por lo menos, un acto superlativo de ingenuidad. Le habría hecho bien a Uribe leer a Coronell sin enojarse, así hubiera aprendido que los antiuribistas pensaban votar por Santos, porque dada su trayectoria lo razonable era pensar que traicionaría a Uribe.
Confieso que de ser yo el ex presidente, es decir de haber cometido un error abismal al sugerir a un empleado, me sentiría avergonzado. Advertiría con voz baja que me había equivocado, que no poseo el don de conocer los corazones humanos y renunciaría, al menos por un largo plazo, a la tentación de sugerir candidatos. No anunciaría los fracasos de mi recomendado con la emoción de Edgar Perea cantando un gol, sino que pediría perdón, entendiendo que los fallos actuales son, de alguna manera, responsabilidad mía.
Ahora bien, supongamos que Uribe no tiene razón y que todo lo dicho sobre Santos es falso. En este caso, no cabría duda que sus constante y opositores trinos no son más que la expresión de un lunático, un enfermo de poder que confunde la razón de las cosas, convencido que él es el único mesías capaz de salvar al mundo.

Si Uribe miente, ¿Cómo podrían justificarse sus engaños? Si dice la verdad, ¿Cómo ocultar su incapacidad para gobernar? Como quiera que se interprete, cualquiera sea la luz con que se ilumine los hechos, Uribe cada vez que habla descubre su verdadero talente, aquel que muchos de sus seguidores no puede ver, encandelillados, quizás, con los juegos artificiales que encubren el verdadero rostro de todo falso mesías.