viernes, 28 de septiembre de 2012

El pasado de las estrellas



Muchos hinchas y columnistas se han pronunciado a favor (ver aquí artículo de Catalina Ruíz-Navarro) y en contra (Ver aquí artículo de Tatiana Acevedo) de la propuesta de la junta directiva de Millonarios de devolver las dos estrellas conseguidas mientras Rodríguez Gacha era dueño del equipo. Como ya expliqué el por qué apoyo esta propuesta, quisiera discutir los argumentos de quienes no están de acuerdo.
Antes, quisiera recordar algo que ya dije en una previa entrada. Gacha no era un simple narcotraficante, era un genocida. Él fue culpable de muchos de los asesinatos de la Unión Patriótica, así como del asesinato de Luis Carlos Galán Sarmiento, por no hablar de los miles de muertos que causó durante la guerra de las esmeraldas.
1.      Devolver las estrellas atenta contra la dignidad de los jugadores que en “franca lid” obtuvieron los campeonatos
Hay varios factores que, en mi opinión, deslegitiman este argumento. En primer lugar, no es tan cierto que Millonarios haya ganado esas estrellas en “franca lid.” Yo todavía recuerdo el golazo anulado a Ceferino Peña, el clásico con Santa Fe y el penalti perdido por Taverna (presione aquí para ver una crónica sobre el tema), el penalti pitado a Rubén Darío Hernández a metros del área chica. Claro, todos esos hechos podrían ser meras coincidencias, errores de mal preparados árbitros. No obstante, es difícil creer que una persona tan poderosa, tan despiadada y, tristemente, tan hincha de Millonarios como Gacha no tuvo que ver nada en esos errores.
Por lo demás, así Gacha jamás hubiera intervenido en el torneo, armar una nómina, pagar sueldos por encima de la capacidad de los equipos que no estuvieran vinculados con el narcotráfico—claro está, eran muy pocos en la época—era sacar provecho de los actos criminales de un narcotraficante. Si Pimentel puede decir que gracias a su esfuerzo ganaron el campeonato, también debería aceptar que lo hizo gracias al sudor de otros futbolistas que jamás hubieran jugado en el equipo si no fuera porque Gacha los contrató con cifras escandalosas. Un mundialista juvenil como Vanemerak, un recién campeón de la copa libertadores como Videla, Iguarán, el mayor goleador en la historia de la selección Colombia, jamás habrían jugado en Millonarios sin la enorme inyección de capital que le dio Gacha al equipo. Así que no solo fue por el buen fútbol de los jugadores que se ganaron los campeonatos, fue porque gracias a dineros manchados de muerte se contrataron los mejores futbolistas del rentado.
Aún más, yo no entiendo la noción de dignidad a la que se refieren los jugadores que se han manifestado en contra de la medida. Actuar con dignidad no es solo obtener títulos y triunfar, es ganar de una forma honesta, sin apoyos oscuros, sin estar patrocinado por un sicópata genocida como era Rodríguez Gacha. Extraña visión de la moral tienen Vanemerak (para sus declaraciones, presione aquí) o Pimentel (ver aquí sus declaraciones) para sentirse honrados con estrellas que de alguna u otra forma están contaminadas por las ambiciones del mexicano. Creo que uno debería estar más orgulloso por actuar con justicia que por obtener títulos con salarios pagados por el narcotráfico. Aún más, dudaría mucho de la persona que se vanagloriase de esos títulos y considerara una afrenta contra su honra una actuación legítima.
2.      Se debió consultar antes a la hinchada
La crítica es absurda. La Junta no ha dicho que se devolverán las estrellas, solo que se discute hacerlo. Imagino que con el respaldo de muchos hinchas, como yo, y con la oposición de muchos otros. El diálogo apenas comienza.
3.      Tiene que ser una decisión colectiva que involucre a los otros equipos y no solo a Millonarios

Yo también creo que equipos como Nacional  y América deberían devolver las estrellas. La participación de Escobar en Nacional está más que documentada por sus biógrafos[1] y por jugadores del equipo,[2] la de Rodríguez Orejuela en América por los testimonios de su propio hijo. [3]
Aún así, no creo que actuar de forma honrada dependa de cómo actúan los demás. No porque todos los miembros de una sociedad esclavista se benefician del sistema cesa la obligación de liberar a los esclavos. El listón moral de la sociedad no puede nivelarse por lo que hagan sus peores miembros, sino por el ejemplo dado por quienes actúan de forma virtuosa. Si los presidentes del Nacional (ver aquí declaraciones de De la Cuesta) y del América deciden no abrir el debate, tapar el sol con los dedos, negar la participación y corrupción del fútbol por dineros del narcotráfico, allá ellos. Sus equipos seguirán exhibiendo estrellas que nunca merecieron, continuarán celebrando lo que no pudieron alcanzar sin la participación de algunos de los más sanguinarios criminales que ha dado la historia de Colombia. Son ellos los que se deshonran, son ellos los que pierden, jamás MILLONARIOS.
En este tipo de discusiones, siempre recuerdo a Celine hablando de la guerra:
“I reject the war and everything in it…I don’t deplore it…I don’t resign myself to it…I don’t weep about it…I just plain reject it and all its fighting men. I don’t want anything to do with them or it.  Even if there were nine hundred and ninety-five million of them and I were all alone, they’d still be wrong and I’d be right. Because I’m the one who knows what I want: I don’t want to die.”[4]

4.      MILLONARIOS no ganará nada con la propuesta

¿Qué importa si no gana nada? ¿Acaso uno solo actúa de forma correcta cuando va a obtener un beneficio personal? Por lo demás, yo creo que el país se beneficia mucho de la acción de MILLONARIOS. Si se devuelven las estrellas, el equipo estaría diciendo que no basta con ganar, que el respeto por la vida y la integridad de las personas es más importante que cualquier título deportivo. Este es un mensaje poderoso que pocas veces se da, que en Colombia el ejercicio de una política donde pululan los elefantes lo contradice a diario. Yo me sentiría orgulloso de devolver las estrellas, me sentiría feliz de pensar que somos el único equipo en Colombia que meditó sobre su pasado y reconoció sin ambages las sombras de una historia llena de luces. Aceptar los errores del pasado no es un simple moralismo como piensan algunos ex jugadores, es un acto noble y valiente, uno de esos que lo hacen sentir  a uno más orgulloso de ser hincha de MILLONARIOS.


[1] Alonso Salazar, La Parábola De Pablo, 1st. ed. (Planeta, 2001).
[2] Ver, por ejemplo, las declaraciones de los jugadores en: Jeff Zimbalist and Michael Zimbalist, The Two Escobars, Sport, N/A.
[3] Fernando Rodriguez Mondragon, El Hijo Del Ajedrecista, ed. C. D. System, 2nd ed. (CD Systems\AudiBucks, Inc., 2008).
[4] Perdón por la cita en inglés, pero no tenía otras a la mano. Louis-Ferdinand Céline, Journey to the End of the Night (New York, NY: New Directions, 1983), 52.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

GALEANO, MILLONARIOS Y DI STÉFANO

Hoy, más que nunca, vale la pena releer esta bella pieza en la que Galeano describe la magia de la saeta rubia:


Di Stéfano

“Todo el campo de juego cabía en sus zapatos. La cancha nacía de sus pies, y desde sus pies crecía. De arco a arco, Alfredo Di Stéfano corría y recorría la cancha: con la pelota, cambiando de frente, cambiando de ritmo, del trotecito cansino al ciclón imparable; sin la pelota, desmarcándose hacia los espacios vacíos y buscando aire cuando se atoraba el juego.
Nunca estaba quieto. Hombre de cabeza alzada, veía toda la cancha y al galope cruzaba abriendo brechas para lanzar el asalto. Él estaba en el principio, en el durante y en el final de las jugadas de gol, y hacía goles de todos los colres:
Socorro, socorro, ahí viene la saeta
Con su propulsión a chorro.

A la salida del estadio, la gente lo llevaba en andas.
Di Stéfano fue el motor de los tres equipos que maravillaron al mundo en los años cuarenta y cincuenta: River Plate, donde sustituyó a Pedernera; MILLONARIOS de Bogotá, donde junto a Pedernerá deslumbró; y Real Madrid, donde fue el máximo goleador de España durante cinco años seguidos. En 1991, cuando ya hacía años que se había retirado, la revista France Football otorgó el título de mejor futbolista europeo de todos los tiempos a este jugador nacido en Buenos Aires.”
Tomado de: Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra, (Buenos Aires: Siglo xxi editores), 114.

martes, 25 de septiembre de 2012

MILLONARIOS TIENE ONCE ESTRELLAS

Según el presidente de Millonarios, el equipo estudia la posibilidad de devolver las dos últimas estrellas conseguidas cuando Rodríguez Gacha era el presidente del equipo (Para leer la noticia, presione aquí) Como hincha fiel de Millonarios que he sido desde 1978, como asistente asiduo al Campín, como conocedor de su historia y sus logros, nada me enorgullecería más que Millonarios devolviera las estrellas que ganó mientras Rodríguez Gacha era el dueño del equipo. “El mariachi” no sólo era un narcotraficante, era un matón, un genocida, un sicópata culpable, entre otras cosas, del exterminio de los integrantes de la Unión Patriótica.

La influencia de Rodríguez Gacha en Millonarios se conoce desde antes de que Fabio Castillo escribiera heroicamente “Los jinetes de la cocaína.” Con su dinero sucio de sangre y muerte, se pagaron sueldos inimaginables para un equipo colombiano. Millonarios vivió un instante de gloria deportiva y años de ignominia. Lo digo sin ambages, pese a la distancia que dan los años, para mí es una vergüenza que esas estrellas estén en nuestro escudo, para mí es una afrenta que los nombres de los personajes más siniestros de Colombia se asocien con el de tantos buenos hombres que han dado su vida por la grandeza del mejor equipo que alguna vez tuvo el mundo.
Al devolver las estrellas, Millonarios recupera su honra. Al hacerlo, recuerda que lo importante no es ganar sino saber hacerlo, que de nada valen los triunfos si se consiguen dejando una estela de destrucción y muerte. No es cierto, como dicen algunos locutores, que la historia solo dirá que se obtuvieron dos campeonatos. Las víctimas de la barbarie de Rodríguez Gacha merecen que su historia jamás pase al olvido.
Millonarios enciende una luz de decencia en el rentado colombiano. Los otros equipos que también se beneficiaron de los dineros sucios del narcotráfico deberían seguir su camino. Nacional, como mínimo, debería regresar su Copa Libertadores y América, bueno, debería devolver todos sus títulos

viernes, 21 de septiembre de 2012

EL TRATAMIENTO PARA MEDINA... ¡USTED DECIDE!


Hace unos días me encontré, gracias a facebook, con un gran amigo que creía perdido. Luego de los saludos y los consabidos formalismos, me contó una bella historia. Una tarde, su padre, un radical homofóbico, descubrió que su hija era lesbiana. Después de varias semanas, cuenta mi amigo, se encontró con su papá afligido, meditando en un rincón de la sala de la casa ¿Estás triste por lo de Helena?, No—respondió el padre, Estoy avergonzado por lo tonto que he sido por tantos años.
Creo que a muchos nos ha pasado lo del papá de mi amigo, nuestras convicciones morales más íntimas son cuestionadas por la vida. En ocasiones, descubrimos que aquello que creíamos era falso, que nuestras posiciones no enfocan de forma adecuada  los múltiples matices que ofrece la vida.
Saco a colación esta historia, porque desearía que algo así sucediera respecto al problema de las drogas y el caso de Willder Medina. La historia del futbolista está a punto de convertirse en una tragedia, una más de las que viven las fugaces estrellas que iluminan los estadios por unos cuantos minutos.
Medina es un crack, uno de esos jugadores que no perdonan en el área chica, que sabe gambetear en una baldosa y dar el golpe preciso al balón luego de un rápido contragolpe. Su nombre era pedido por los hinchas de casi todos los equipos del país, aun sabiendo que había salido positivo en controles anti dopaje. Es (¿o era?, ya no sé en qué tiempo conjugar el verbo) una promesa del fútbol colombiano, en una época en la que nuestros goleadores deslumbran en las más competitivas ligas.
La vida de Medina fue dura. En entrevistas, ha narrado cómo él es el único sobreviviente de sus amigos de infancia. Los demás, sicarios, atracadores, ya han sido asesinados. Ser joven y sobrevivir sigue siendo un milagro en muchos de los barrios de nuestro país. Con convicción, el jugador afirma que el fútbol y Dios le dieron la oportunidad que los demás no tuvieron, luego habla con la pasión de un predicador de las bondades del evangelio.
Ayer Medina fue despedido de su club, porque dio positivo por cocaína. Según cuenta el presidente del Tolima, sus compañeros lo encontraban borracho o drogado en las calles de Ibagué. Sin equipo, sin empleo, la vida de Medina está, como diría Vallejo, en el desbarrancadero.
¿Qué hacer? Suponga que usted decide cómo destinar los siempre exiguos dineros del Estado para ofrecer una solución a todos los que están en una situación como la de Medina, o para aquellos que conviven con personas que sufren una poderosa adicción ¿Cómo gastaría esos recursos?
Opción A
Utilizaría el dinero para arrestar a Medina, pagaría jueces, fiscales, cárceles (sin importar los graves problemas de hacinamiento, sobre el tema, presione aquí), policías para castigar al jugador por su grave delito. No contento con eso, pagaría más fiscales, cárceles, policías, para encarcelar a quienes le vendieron la droga, lanzaría ejércitos en medio de la manigua, para destruir las plantas con las que producen la cocaína que usaría Medina, envenenaría ríos con pesticidas para poder acabar así con los cultivos ilegales.
Opción B
Gastaría el dinero en siquiatras y médicos para atender y tratar a quienes sufren un problema de adicción como Medina. Invertiría en bibliotecas, parques, escuelas, carreteras para que los jóvenes pudieran conocer horizontes diferentes, para que su vida tenga tanto sentido que jamás deseen destruirse. Contrataría trabajadores sociales, sicólogos, sociólogos, expertos en la materia que nos ayuden a entender por qué hay sociedades,  personalidades y culturas más propensas a la adicción y, con base en este conocimiento, establecería políticas serias para evitar que se repita el caso de Medina.
Opción C
No haría nada, esperaría a que cada uno asuma la responsabilidad de los actos y confiaría en que pocos llegarán a la droga, y que quienes los hagan, jamás serán un peligro para la sociedad.

Alguno pensará que es posible una cuarta opción, una mezcla de A y B, por ejemplo. No lo creo. Si las billonarias cifras gastadas en la guerra contra las drogas a duras penas sirven para ganar algunas pírricas batallas, difícilmente el dinero alcanzaría para pensar las dos opciones al mismo tiempo, de forma seria.

Así que estas son las opciones. Usted elige ¿Sigue creyendo que el camino es la criminalización?

jueves, 20 de septiembre de 2012

ENTRE LA ESTULTICA Y LA CORDURA

 Cuando entré a mi correo electrónico, hoy por la mañana, lo primero que leí fue un mensaje de un amigo devoto vegetariano con una foto de un león jugando con un niño, “En su naturaleza no son carnívoros,” decía la etiqueta. Mi amigo me comentaba que con educación podríamos vivir en un mundo en el que los animales no se atacarían entre ellos...
Sí, ¿cómo no? Se nota que mi amigo no ha vivido en el campo y no conoce la dieta de los animales carnívoros como el león. Con toda seguridad, el felino de la foto come carne, la misma que sus dueños le darán comprada en desastrosos mataderos. Digo que no ha ido al campo, porque es allí donde uno se entera que el supuesto pacífico cultivo de plantas, también cobra la vida de muchos animales.
Una vez terminado el mensaje, apareció otro en el que salía una vaca amamantando a un ternerito, “La leche es del ternero, no tuya.” Y seguirnos con los argumentos pendejos. Si a una vaca no se le saca la leche, sencillamente le da una mastitis y se muere. La evolución ha creado animales que producen mucha más leche de la que pueden tomar sus cachorros. Claro, eso no quiere decir que no sean válidas las críticas a la producción industrial de leche y a la proliferación de antibióticos y hormonas con que se atiborran a los animales, pero si se quiere defender esta causa, que es legítima, debe hacerse con argumentos válidos y no con sensiblerías mentirosas y peligrosas. Si seguimos el consejo de la foto y no ordeñamos a la vaca, ella fallecerá luego de terribles padecimientos.
A la tercera es la vencida, me dije. Recibí entonces otro mensaje de una religiosa feminista, feliz porque habrían encontrado un papiro del siglo IV en el que sugieren que Jesús estuvo casado y su esposa hizo parte de los discípulos ¿Será que la gente no lee bien?, Siglo IV… ¿Qué va a saber uno con seguridad sobre lo que aconteció más de 300 años antes? El escrito, si mucho, indicará que eso se creía en una época de la historia, mas no que existió Jesús o que estuvo casado y tuvo hijos.
Por lo demás, me parecería muy triste que la Iglesia parara su injusta discriminación contra las mujeres solo porque se encontró un pequeño escrito. Que las mujeres estén siempre reveladas a cargos inferiores es una grave violación a los derechos humanos que la Iglesia perpetúa a partir de lecturas parcializadas de los textos bíblicos. En la coherencia con los principios de amor y de igualdad ante Dios, debería hallarse la razón para detener la misoginia en la Iglesia y no en un apócrifo escrito.
Llevaba solo diez de los 25 minutos que empleo cada mañana para leer la prensa y los correos electrónicos, y ya me sentía un poco indispuesto. Por un instante, pensé que era necesario dedicarme a mis labores cotidianas y no leer ni un mensaje, ni una noticia más durante el día.
Afortunadamente no cedí a esa tentación. La lectura de las columnas de opinión en El Espectador hoy le demuestra a uno que todavía existe la cordura en estas épocas. El artículo de Catalina Ruíz Navarro (para leerla, presione aquí), para empezar, explica de forma concisa y lógica, porque es correcto sancionar a los 40 principales mas no al padre Llano (y a Juan Vicente Córdoba, diría yo) por sus declaraciones en contra de los homosexuales. Lo que se censura no es la expresión de una fobia, ni lo ofensivas de las declaraciones, sino que, “Los 40 Principales inició una acción deliberada para promover la discriminación a un grupo, una acción que tuvo respuestas masiva.”
El artículo de Catalina Ruíz Navarro, además, tiene la virtud de defender la acción en contra de los 40 principales, sin negar u ocultar el peligro de cualquier limitación a la libertad de expresión. Es una delgada línea, con razón, dice ella.
Quedé aún más contento con el artículo Jaque a la justicia, de Rodolfo Arango (para leerlo, presione aquí). La columna, con un estilo elegante y una fundamentación filosófica sólida, dice lo que muchos hemos intentado escribir, que bajo el pretexto de la paz no puede sacrificarse la justicia, que los crímenes que cometieron las FARC fueron graves afrentas contra la humanidad. Como brillantemente escribe Rodolfo Arango, “Si los negociadores quieren que los ofensores renuncien para siempre a sus métodos violentos tendrían que asegurar los mecanismos para permitirles recobrar el sentido de la justicia, responder por sus actos y avergonzarse del sufrimiento y de la humillación causados a tantos inocentes.”
La columna es también brillante, porque vincula la afrenta a la justicia que es la negociación con las FARC a las actuaciones de Ordoñez. Tiene razón Arango, reelegir a un procurador que burla los derechos políticos con el reparto de las cuotas burocrática es una afrenta grave a la justicia.
Finalmente, la columna de José Fernando Isaza sobre Carlo María Martini, un homenaje sencillo y lúcido para una de las mentes más brillantes y sensatas en el catolicismo. Es en Martini, y no en el corrupto Wojtyla—¿Qué más puede decirse de quien ayudó a encubrir al violador de niños Marcial Maciel?—o en el politiquero procurador en quien los católicos deberían descubrir un ejemplo de vida.
Terminé mis 25 minutos contento y satisfecho, hoy la estulticia fue menor que la cordura.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LA DECISIÓN DE ILVA MYRIAM, Respuesta a comentarios (Tercera parte)



Por motivos de espacio y tiempo, dejé para hoy la respuesta a una crítica que se basaba en un pasado artículo escrito por Mauricio García Villegas (para leer el artículo, presione aquí).  Al lector de esta entrada, le recomiendo revisar, al menos, el punto 2.3 de la anterior, en la que explico el argumento en contra de lo que he denominado la tesis de la desobediencia, la idea según la cual el reproche a la decisión de desobedecer una regla jurídica no depende de la violación de la norma en sí, sino del contenido moral de la acción que se realiza.
García Villegas argumenta —y milagrosamente, para el promedio de la academia colombiana, haciendo una buena lectura de Hart—que un sistema jurídico no puede existir si los funcionarios oficiales no lo obedecen, al menos por las buenas. Tiene razón, sin embargo, lo anterior no contradice necesariamente la tesis de la desobediencia por las siguientes razones:
1.      El reproche moral dependería en todo caso de la justificación moral del ordenamiento jurídico. Si el orden legal es reprochable, entonces el funcionario haría bien en desobedecer las normas y atentar contra su existencia. Uno no criticaría a un juez anarquista que desobedece y aplica las normas de forma tal que pone en peligro la existencia de un régimen dedicado al exterminio de una minoría.
Así las cosas, todo lo que nos dice García Villegas es que dado que nos gusta el ordenamiento jurídico colombiano, que estamos de acuerdo con sus valores—así no comportamos su aplicación de cuando en cuando—deberíamos abstenernos de nombrar de funcionarios a quienes se oponen. Una vez más, de acuerdo, pero, sinceramente, no veo por qué esta tesis contradice de alguna forma lo expresado en mi anterior entrada.
2.      Una cosa es oponerse a la totalidad del ordenamiento jurídico—como quizás haga Ordoñez según el prontuario escrito por el profesor Kalmanovitz (para leerlo, presione aquí)—otra muy distinta desobedecer un aspecto de la regla de reconocimiento de un país. Hart, de hecho, en eso fue menos drástico de lo que lo sugiere García Villegas, admitiendo la existencia de vacíos, zonas de penumbra, incluso ordenamientos jurídicos patológicos.
Uno podría pensar que la desobediencia de un funcionario no significa per se su no aceptación de la regla de reconocimiento—no estoy diciendo que esto sea lo que sucede en este caso—sino una interpretación diferente de aquellas disposiciones en las que existe, precisamente, una zona de penumbra.
A manera de conclusión, quisiera reiterar que mi interés en este escrito, y en los dos que lo anteceden en mi buhardilla, no es ni defender ni apoyar la decisión de la procuradora delegada Ilva Myriam Hoyos. Únicamente, deseo cuestionar quienes critican a las personas que desobedecen la ley sin atender el carácter moral de la acción ordenada por el derecho.
 El quid del asunto, lo realmente importante al momento de juzgar las acciones de Ilva Myriam es la moralidad o no de sus acciones como procuradora, no su decisión de desobedecer la ley. A mi modo de ver, esto se ha hecho más fácil de percibir si prestamos atención a quienes la defienden y a quienes la atacan. Hasta donde he podido leer, quienes rechazan sus acciones están más cerda de las tesis defendidas por Mónica Roa, quienes la defienden, lo hacen con base en las tesis anti abortistas con las que Ilva Myriam también comulga.

martes, 18 de septiembre de 2012

LA DECISIÓN DE ILVA MYRIAM, RESPUESTA A COMENTARIOS (Primera Parte)



He recibido varios comentarios privados y públicos sobre el escrito que realicé acerca de la decisión de Ilva Myriam Hoyos de renunciar a su cardo de procuradora delegada. Algunos cuestionan la oportunidad política de mi escrito y sugieren que está dedicado a perpetuar en el poder al actual procurador Alejandro Ordoñez. También afirman que en lugar de hacer escritos apologéticos debería unirme al movimiento que se está generando en contra de la  reelección del procurador. Otros comentarios se centran en la calidad de funcionaria pública de Ilva Myriam y sugieren que dado su rol en la sociedad, su decisión de querer desobedecer las leyes jurídicas es inmoral a diferencia de lo que sería si quien lo hiciera fuera un ciudadano común.
 Sobre el primer tipo de críticas poco tengo que decir salvo afirmar que mi interés es académico y no político, que no busco apoyar la reelección de un funcionario cuyos actos recientes—al menos, así lo describe un columnista del prestigio del profesor Kalmanovitz (para leerlo, presione aquí)—parecen más los prontuarios de un criminal de cuello blanco que la hoja de vida de un funcionario público, y que si me centro en el problema de la desobediencia es solo porque es muy cercano a mis proyectos de investigación.
Son las otras críticas, aquellas que se fundamentan en el cargo que ejerce Ilva Myriam Hoyos, las que me interesan. Son estos comentarios los que deseo contestar en esta entrada del blog. Para mayor claridad, he decidido dividir la respuesta en tres secciones, en la primera he intentado enunciar la tesis que sostuve con anterioridad y los presupuestos de ella (aquellas suposiciones sin las que mi posición no puede aceptarse). En segundo lugar, repasaré las objeciones e intentaré explicar la fuerza de los argumentos que hay en contra de cada una de ellas. Finalmente, intentaré refutar cada una de las críticas, haciendo una pequeña digresión sobre la interpretación sobre Hart hecha por Mauricio Villegas en un artículo reciente en el que cuestiona la decisión de Ilva Myriam Hoyos. Publicaré esta última sección como una segunda parte de esta entrada.

1.      Mi tesis
En el anterior artículo, sostuve que el reproche a la decisión de desobedecer una norma jurídica—en este caso, renunciar para no obedecer—no depende de la violación de la norma en sí, sino del contenido moral de la acción que se realiza. En otras palabras, si yo desobedezco la norma jurídica x que ordena y, mi acción es loable o reprochable dependiendo de la moralidad de y, porque la violación de x por sí sola no es condenable. Si, por ejemplo, yo decido violar normas abiertamente injustas, como aquellas vigentes durante el apartheid, mi acción es correcta, aunque constituya la violación de una norma jurídica válida. En adelante, llamaré a esta posición la tesis de la desobediencia.
Es obvio que mi posición supone la existencia de respuestas morales correctas. Dicho de otro modo, parte del supuesto de que hay acciones que son reprochables moralmente independientemente de la perspectiva del sujeto. Sé bien que esta posición es muy debatida, aún así, creo que las críticas a la tesis de la desobediencia aceptan de una u otra forma el carácter no subjetivo de ciertas posturas morales. Cuando se critica a Ilva Myriam por no obedecer la ley, se hace desde la perspectiva de la existencia de ciertos contenidos morales objetivos que pueden oponerse a cualquier persona, incluso, como en este caso, a quienes tienen posiciones y visiones de la vida distintas a las nuestras. En otras palabras, dado que quienes critican la tesis de la desobediencia no aceptarían que la procuradora delegada dijera, “Bueno, esa es su perspectiva, mi posición moral es otra,” ellos presuponen, al igual que yo, la existencia de algunas respuestas correctas en materia moral.
Lo anterior no quiere decir, sin embargo, que no existan problemas para los cuales no tenemos una respuesta moral correcta. Creo que Rawls tiene razón al afirmar que hay “Burdens of judgment,”[1] situaciones que hacen que sea posible la existencia de fuertes desacuerdos entre personas razonables. Reconocer la existencia de estos límites, creo, es una de las principales justificaciones para las críticas en contra de la tesis de la desobediencia.
2.      Las Críticas
Como manifesté con anterioridad, los comentarios en contra de la tesis de la desobediencia se centran en el papel que Ilva Myriam Hoyos cumple en la sociedad colombiana como procuradora delegada. Aún así, existen versiones distintas de cada una de las críticas, por esta razón, he decidido dividir su exposición en tres secciones diferentes.
2.1. Las consecuencias
Un tipo de críticas sostiene que es diferente la desobediencia de un ciudadano común a la de una procuradora, porque ésta puede ordenar consecuencias sancionatorias para quien no acata sus órdenes, pero acata la ley. Supongamos, por ejemplo, que Pedro es un ciudadano ejemplar que siempre obedece las reglas, porque considera que existe un deber ético de apoyar y respaldar el ordenamiento jurídico. Ahora bien, asumamos que Luisa es una jueza anárquica que desobedece aquellas reglas legales que considera inmorales. Por alguna eventualidad, Pedro justifica su acción q en la norma p. El caso es llevado ante la jueza Luisa quien siempre ha considerado a p como una regla inmoral. Convencida de la eticidad de su acción, Luisa envía a la cárcel a Pedro quien sufre las consecuencias de una funcionaria pública que no obedece las normas jurídicas que juró acatar.
En otras palabras, el desobedecer una norma legal por sí mismo es un acto inmoral, porque las consecuencias de esta acción pueden ser nefastas. En el ejemplo propuesto, Pedro irá a la cárcel a pesar de ser, según esta posición, inocente.
2.2. El tipo de razones
Otro comentario sugiere que una cosa son el tipo de razones que un funcionario público puede dar en su vida privada, otras muy distintas las que está facultada para dar en la esfera pública. Visiones omnicomprensivas, como las de Ilva Myriam, no pueden alegarse en sociedades que, como Colombia, se auto proclaman pluralistas. En este orden de ideas, la procuradora no podría alegar su moral personal en la esfera pública, su deber es, por tanto, acatar las normas.  Ilva Myriam debería obedecer las normas, según esta crítica, porque de lo contrario estaría usando razones que no puede usar en la esfera pública para justificar sus acciones.
2.3. Mauricio Villegas y Hart
Una amiga me refirió al artículo escrito por Mauricio García Villegas sobre el procurador (para leerlo, presione aquí) y me pregunta si sus comentarios sobre Ordoñez no se aplican también a Ilva Myriam Hoyos. Tiene razón, por eso en esta entrada también he querido referirme a esta posible crítica.
Según García, no puede elegirse en cargos como la procuraduría a una persona que esté en contra de lo establecido por la constitución, porque eso hace imposible la existencia de un ordenamiento jurídico. Para sustentar su afirmación, cita a Hart, quien sostiene que un sistema legal necesita de la obediencia de los ciudadanos—así sea por la fuerza—y la aceptación de los funcionarios públicos. Dejar la protección de la constitución a quienes están en contra de ella equivale, en palabras de García, a, “Dejar a los ratones cuidando el queso.”
3.      Respuestas

3.1. Las Consecuencias
Lo que este comentario prueba no es que la tesis de la desobediencia esté equivocada, sino que las consecuencias de aplicar una norma son más complicadas de lo que usualmente creemos. Imaginemos a un juez en la Alemania nazi a quien se le ordena confiscar toda la propiedad de un judío ¿No tiene acaso más valor la desobediencia que el cumplimiento de la ley? ¿No diríamos al funcionario, “Felicitaciones por arriesgar la vida no aplicando una ley, pero respetando lo que consideramos moral”?
Claro, el lector zahorí me dirá que me equivoco, que el ejemplo es diferente, porque en la crítica planteada la consecuencia es la privación de la libertad de quien actúa según la ley. De acuerdo. Aún así, creo que el reproche depende del tipo de la moralidad de la acción cometida y no de la desobediencia misma. Supóngase que, siguiendo el ejemplo descrito en 2.1., Pedro cumple una ley que le ordena asesinar a los miembros de una minoría, ¿No hace bien el juez al privarlo de la libertad, aunque la acción de Pedro no contradice ninguna ley moral? ¿Descalificaríamos al juez que decide salvar la vida de muchos al violar una norma?
Me preguntarán por el principio de legalidad y la no retroactividad. De acuerdo. Ya Hart,[2] había advertido que en ocasiones la justicia y el principio de legalidad entran en conflicto. Aún así, lo que esta crítica sugiere no es que el cumplimiento de la ley tenga en sí un valor intrínseco o que la tesis de la desobediencia esté equivocada, lo que indica, únicamente, es que al valorar las consecuencias de la desobediencia se debe tener en cuenta la interacción con otras personas, porque el derecho resuelve problemas de coordinación entre muchas otras cosas.[3] Aún así, es la obediencia de los otros[4] lo que hace la acción inmoral, no el desacato de la norma en sí.
Imaginemos por ejemplo que una jueza, Liliana,  decide  aplicar la norma T que sanciona la acción de Luis, aunque T no ha sido aplicada en años.[5] Siguiendo la misma lógica de la crítica, la acción de Lina es censurable, porque Luis no esperaba ser sancionado al infringir T. En otras palabras, el desobedecer por sí mismo no es reprochable, salvo que la conducta ordenada sea también debida, desde la perspectiva de la moral, o que tenga consecuencias nefastas en relación con las acciones de los demás.
En este sentido, todo lo que la crítica sugiere es que dada la posición especial de la funcionara, existen ocasiones en las cuales su decisión puede tener consecuencias que hacen más problemática la desobediencia. Esta afirmación no implica, sin embargo, que la desobediencia en sí misma constituya una acción reprochable o que la tesis de la desobediencia esté errada. Sólo implica que al juzgar la moralidad de un acto de una funcionaria pública es necesaria tener en cuenta cómo actuarán los demás ciudadanos. Una vez más, no es el acto de desobediencia en sí lo que genera el reproche moral, es la inmoralidad de actuar en forma tal que los demás se perjudiquen por el no acatamiento de la norma.
3.2.
En realidad, los argumentos de esta crítica respaldan en lugar de contradecir la tesis de la desobediencia. La acción de Ilva Myriam Hoyos, para esta posición, no está mal porque no acate la ley, sino porque las razones que da no son válidas desde la perspectiva de la moral pública.
De acuerdo, pero ¿en qué contradice esta afirmación la tesis de la desobediencia? Al fin y al cabo, la tesis de la desobediencia no afirma que los actos en contra de la ley deben juzgarse a partir de visiones morales omnicomprensivas, únicamente afirma que depende de la moral (en este caso pública) decidir si la acción fue o no correcta. Si se desobedece una norma que ordena matar una minoría, la acción es correcta y las razones que se aducirían no hacen parte de ninguna posición omnicomprensiva, en términos rawlsianos.
Ahora bien, podría aducirse que si la acción ordenada por la ley cae en lo que Rawls llama “burdens of judgment,” entonces, la funcionaria pública debe obedecer la ley, porque la moral no dispone de herramientas para juzgar su acción. Si la moral no dice nada sobre un tema que juzgue la ley, dirán los partidarios de esta posición.
¿Por qué? Si no tenemos ninguna razón moral para aceptar una norma como válida, qué poder mágico tiene el derecho para conferirle obligatoriedad. Por lo demás, es posible argumentar, a la Dworkin,[6] que la desobediencia en estos casos ayuda precisamente a encontrar la solución a la pregunta moral sobre cuál es la acción correcta.   
Así las cosas, todo lo que esta crítica probaría, si es que lo hace, es que en aquellos casos sobre los cuales no tenemos una respuesta, deberíamos prestar más atención a la ley. Eso no significa, sin embargo, que el desacato de una norma sea reprochable en sí mismo.

(Los comentarios a la posición de García Villegas serán analizados con posterioridad)


[1] Ver: John Rawls, Political Liberalism, John Dewey Essays in Philosophy no. 4 (New York: Columbia University Press, 1993).
[2] H. L. A. Hart, “Positivism and the Separation of Law and Morals,” Harvard Law Review 71, no. 4 (February 1, 1958): 593–629.
[3] Dos textos importantes sobre el tema son: John Finnis, Natural Law and Natural Rights, 2nd ed. (Oxford: Oxford University Press, USA, 2011); Gerald J. Postema, “Coordination and Convention at the Foundations of Law,” The Journal of Legal Studies 11, no. 1 (January 1, 1982): 165–203.
[4] Un argumento similar es desarrollado por Leslie Green, ver Leslie Green, “Authority and Convention,” The Philosophical Quarterly 35, no. 141 (October 1, 1985): 329–346.
[5] En Estados Unidos, verbi gratia, existen muchos casos de normas en materia sexual que a pesar de estar vigentes que no son aplicadas por los jueces. Para varios ejemplos, ver: H. Hart, Law, Liberty, and Morality, 1st ed. (Stanford: Stanford University Press, 1963).
[6] Dworkin, “Civil Disobedience,” in Taking Rights Seriously (Cambridge: Harvard University Press, 1977), 206–222.