martes, 23 de octubre de 2012

Millonarios y los medios de comunicación


Tengo varios amigos que están convencidos de las malas intenciones que los periodistas deportivos tienen en contra de Millonarios. “Son todos pagados por Postobón, la dueña del Nacional,” dicen cada vez que algún locutor o comentarista despotrica en contra de Millos. Por lo general, soy escéptico ante teorías de la conspiración como ésta, aunque hay casos en los que las posiciones de los periodistas parecen confirmarla.
En el artículo de El Espectador en el que hoy se reseña el partido entre Millonarios y Palmeiras por la Copa Sudamericana, se afirma: “Millonarios buscará este martes como local en Bogotá un milagro ante el brasileño Palmeiras.” Un milagro, ¿De verdad? No dudo que será un partido difícil y que las escuadras brasileñas por lo general juegan mejor que las colombianas, pero el Palmeiras es uno de los últimos equipos en Brasil y vendrá con la suplencia. De hecho, en el partido de ida los mismos periodistas argentinos de FOX afirmaron una y otra vez que era posible que Millonarios empatara. No es algo fácil, pero, ¿un milagro?
Unos renglones más abajo, el mismo columnista afirma que Millonarios, “No ha tenido un buen desempeño en sus participaciones en la Copa Sudamericana,” lo cual es una flagrante mentira, toda vez que Millonarios llegó a la semifinal de este campeonato, la mejor posición de equipo colombiano en torneos internacionales en los últimos años.
Hace poco salió un artículo de Santiago Torrado en Soho en el cual pretende desvirtuar que Millonarios fue, alguna vez, el mejor equipo del mundo. Sus argumentos son simples, cuando Millonarios ganó al Real Madrid, el club español  era un equipo de media tabla, Di Stéfano habla poco del Millonarios en sus memorias y  hay muchas hazañas más importantes en el fútbol, como el maracanazo, por ejemplo.
Lo que olvida Torrado es que el mote de mejor equipo del mundo no viene de la hinchada de Millonarios, viene de los periódicos madrileños que recogieron la noticia sorprendidos del talento del ballet azul, y que ese mismo Madrid se convertiría en la mejor cuadra del siglo XX gracias a la adición de uno de los mejores jugadores de la historia, Di Stéfano, la figura de Millonarios.
El partido entre Millonarios y Real quizás no esté a la altura del maracanazo, como afirma Torrado, pero nadie menos que Alfredo Reaño, editor de As, sostiene que ese partido cambió la historia del fútbol español (ver aquí). Aunque Di Stéfano en sus memorias no habla mucho de Millonarios, sí lo ha hecho en varias entrevistas, afirmando incluso, “El equipo era como el Madrid o el Barcelona de ahora.”
No sé si habrá una conspiración en contra de Millonarios, lo que sí me parece evidente es que en ocasiones la ignorancia sobre la historia del fútbol—en el caso de Torrado—o la falta de seriedad al redactar una columna—El Espectador—terminan atentando contra el buen nombre de Millonarios. No porque el fútbol, para unos, sea solo un deporte, es lícito mentir o engañar en los medios de comunicación. Torrado y el periodista de El Espectador deberían rectificar sus columnas.  

martes, 9 de octubre de 2012

EL CHISTE INOPORTUNO QUE SE CONVIRTIÓ EN UN CLÁSICO (A propósito de One, Two, Three de Billy Wilder, 1961


One, two, three es un ensamblaje de chistes, una fábrica de chascarrillos que se desarrolla en medio de una elaborada farsa. C.R Macnamara (James Cagney) es el gerente de la Coca-Cola en la dividida Berlín de post-guerra. Su sueño es lograr vender su producto a los países de la cortina de hierro, lo que está a punto de conseguir gracias a la pasión que sienten tres diplomáticos rusos con los que negocia la venta de la gaseosa.
Cuando el futuro está despejado y cuando está a punto de lograr su mayor éxito empresarial, Macnamara descubre que la Coca Cola no está dispuesta a vender sus bebidas en países comunistas y que su nueva misión es la de cuidar a la hija del presidente de la Coca Cola, Scarlett Hazeltine (Pamela Tiffin) en su paso por Berlin.
Poco enterada de los problemas políticos que dividen a Alemania, Scarlett se enamora de Otto Ludwig Piffl (Horst Bucholz), un joven comunista de la Berlín oriental. Macnamara intenta por todos los medios acabar la relación, pero se ve obligado a aceptarla, al descubrir que Scarlett está embarazada y que los padres de la joven visitarán a Alemania en dos días. La estrategia de Macnamara para conservar el puesto es convertir al pobre idealista joven comunista alemán en un rico noble capitalista empresario.
Wilder describe el proceso de conversión de Piffl con un ritmo frenético, a cada instante aparecen vendedores de trajes, zapatos, corbatas, que van enseñando al joven qué vestir para convertirlo en un noble. En One, two, three Macnamara logra en menos de una hora lo que cuesta meses a Henry Higgins en el Pigmalión de Shaw, enseñarle a una persona los complicados hábitos y maneras de la “alta” sociedad.
One, two, three es una película paradójica que contradice algunas de las mismas obras de Wilder. En The Apartment (1960), su anterior película, Wilder parece defender las escasas trazas de individualismo que el consumismo y la mercantilización dejan en una ciudad como Nueva York. C.C. Baxter (Jack Lemmon) y Kubelik (Shirley MacLaine), los protagonistas de The Apartment, se enamoran cuando descubren la humanidad que sus posiciones en la sociedad ocultan. La ascensorista Kubelik reconoce a Baxter entre los cientos de personas que ingresan al edificio donde trabaja, porque él es el único que se quita el sombrero al entrar al elevador. Ella es capaz de distinguirlo en medio de una multitud que viste y actúa de forma casi idéntica.
En One, two, three, en cambio, las personas parecen perder su individualidad en medio de las situaciones cómicas que crea Wilder. Piffl renuncia a sus sueños de lucha proletaria al ser vestido como un noble, sin meditar y sin siquiera mostrar una seña de dolor por dejar todas las aspiraciones de su vida. Macnamara mismo termina regresando a Atlanta con su esposa, a pesar de que su mayor sueño era quedarse como jefe de ventas para Europa en Londres. En ese ensamblaje de chistes que es One, two, three, los personajes carecen de humanidad, parecen simples tuercas que Wilder utiliza para lograr una mayor comicidad en sus chistes, Fräulein Ingeborg (Liselotte Pulver), la secretaria y amante de Macnamara, aparece solo como un fetiche sexual sobre el cual hacer bromas y los tres diplomáticos rusos son mostrados como una plana soviética versión de los Hermanos Marx.
Filmada en 1961, One, two, three tuvo que modificar el libreto y las locaciones por la construcción del Muro de Berlín. Los alemanes de la época despreciaron la película, porque consideraban que no respetaba la dignidad de la tragedia que vivían entonces. Con los años, la crítica se desvaneció y hoy One, two, three no es solo un filme de culto, sino que su influencia puede verse en películas tan exitosass como Good Bye Lenin! (Wolfgang Becker, 2003) La fama de One, two, three  se debe en parte a la importancia histórica de la película y en parte a la original puesta en escena de un cómico libreto. En ella, sin embargo, se pierde lo más interesante de otras películas de Wilder, la humanidad  que sobresale o simplemente destella en medio de las tribulaciones de la política y la economía

viernes, 5 de octubre de 2012

¿Quién es el maestro? (A propósito de “The Master” de Paul Thomas Anderson)



Freddie Quell (Joaquin Phoenix) es un veterano de la segunda guerra con fuertes pasiones y extraños comportamientos. En la playa, por ejemplo, decide masturbarse y dormir al lado de una muchacha de arena esculpida por otros soldados; en el buque que lo lleva de regreso a Estados Unidos, hace lo posible para beber la gasolina que se encuentra en uno de los botes. Los siquiatras del ejército deciden darle el alta, una vez Freddie describe todos los dibujos del test de Rorschach como vaginas. Freddie es un matoncito, un barfly como diría Bukowski, uno de esos tipos cuyo cuerpo ya evidencia los estragos de una vida dedicada al alcohol y cuyo ánimo está siempre listo para empezar una pelea a la primera provocación posible.
Escapando de una turba que lo perseguía por haber causado con su licor la muerte de un recolector en California, Freddie ingresa al barco donde viajan los seguidores de Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman). Lancaster no expulsa al polizón, sino que lo alberga en su grupo, atraído por la extraña personalidad y el licor de Freddie.
Basada, aunque de forma muy ligera, en la vida de L. Ron Hubbard, The Master nos muestra los extraños métodos y los esfuerzos de la Causa, el grupo de Dodd, por convertir a Freddie en un ciudadano normal. A través de preguntas repetidas, de ejercicios extraños—caminar varias veces tocando una pared y una ventana—Lancaster se dispone a revelar los traumas pasados (¿thetans?) y curar así a Freddie de sus ataques intempestivos de ira.
En realidad, Dodd ni siquiera es capaz de tratarse a sí mismo, cuando es interpelado sobre las contradicciones de sus creencias con la ciencia, su reacción violenta devela no solo las falencias en su carácter, sino las falacias de su credo. A pesar de la extraordinaria actuación de Seymour Hoffman, uno nunca entiende cómo ese bodoque fanfarrón es capaz de atraer la atención y cautivar a quienes hacen parte de su culto. A diferencia There will be blood (2007), en The Master Paul Thomas Anderson no logra crear un protagonista con una personalidad capaz de salvar el filme de la monotonía a la que lleva la repetición en la que en ocasiones caen algunas de sus películas. Quizás no sea un problema del director, de todos modos. Es probable que seres como Lancaster o el mismo Hubbard sean solo eso, fanfarrones diletantes que por razones jamás entendidas logran cautivar un grupo de incautos. A mí, por ejemplo, me sorprende mucho la increíble audiencia que cierto pastor opita tiene, sobre todo porque es feliz confesando sus trágicos pecados de pertenecer a la masonería, a pesar de nunca haber tenido la valentía de pedir perdón por apoyar una presidencia donde las caballerizas se hicieron famosas por las torturas y las desapariciones.
Quizás a partir de sus propias experiencias con el alcoholismo, Joaquin Phoenix logra desarrollar el personaje más real de toda la película. Sus manos en jarra, su espalda inclinada, su acento entrecortado, su mirada esquiva revelan una vida atormentada y sufrida. Igual de profunda es la caracterización que Amy Adams hace de la última esposa de Lancaster (Peggy), una fría y serena figura que controla con el pulso de un titiritero las acciones del culto.
Desde ese bodrio que es el Hamlet de Kenneth Branagh (1996), The Master es la primera película filmada en formato de 70 milímetros. La cinematografía y la banda sonora confieren a las escenas cierto ambiente de solemnidad propia de los cultos y las narraciones hagiográficas, pero contraria a la humanidad de sus personajes. Al contemplar las estelas que en el mar deja un buque, uno se olvida de Freddie y su alcoholismo, uno deja de recordar que también somos de tierra y que la vida muchas veces no concuerda con nuestros sueños y expectativas. En una provocativa escena, Lancaster Dodd se enfurece cuando Hellen Sullivan (Laura Dern) le pregunta por qué en sus libros anteriores habla de recordar el pasado, en tanto que ahora habla de imaginarlo. Dodd, convencido de la veracidad de sus propias mentiras, parece confiar más en la fantasía que ha creado que en los hechos. En ese mundo que imaginó, jamás pudo ver la humanidad de Freddie y, por ello, nunca fue capaz de ofrecerle una alternativa que le permitiera llevar una vida más digna. Ante el fracaso y mentiras de Dodd, ante el hirsuto pero sincero carácter de Freddie, uno se pregunta, ¿Quién es el maestro?

martes, 2 de octubre de 2012