miércoles, 28 de noviembre de 2012

CIJ: ¿OBEDECER O NO OBEDECER? ARLENE NO TIENE LA RESPUESTA


En un reciente artículo (para leerlo, presione aquí), la conocida internacionalista Arlene Tickner llama dementes patrioteros a quienes están de acuerdo con desobedecer la sentencia de la CIJ sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia. Aunque confieso no tener una opinión definida al respecto, quisiera discutir los argumentos dados por la profesora Tickner, no sólo porque los considero erróneos y retóricos, sino por el respeto académico que le tengo.
Sugiere la internacionalista que las posiciones a favor de desobedecer la sentencia son equivocadas, porque, Comunican mensajes de alta peligrosidad. Primero, situaciones excepcionales como la actual justifican la violación de las reglas internacionales, pese a que el Estado colombiano las ha reivindicado históricamente. Segundo, la infracción de éstas por parte de otros países legitima y hace menos grave un acto similar por parte de Colombia. Tercero, el sentido de justicia y los intereses de la ‘nación’ —de por sí un concepto cuestionable: para no ir más lejos, es dudoso que los raizales de San Andrés y Providencia se sientan parte de ella— priman sobre los del resto del mundo.
¿De verdad son tan peligrosos esos mensajes? En primer lugar, ¿Tiene algo de injustificado pretender desobedecer una sentencia que se considera injusta? ¿No es más peligroso acatar los fallos solo por ser jurídicos? ¿No es más temible la obediencia ciega y obcecada de las normas que la discusión sosegada sobre el contenido moral y político de ellas? Con todo respeto—realmente creo que Tickner es una gran columnista y una gran profesora—creo que Tickner debería ver Judgment at Nuremberg (Kramer, 1961) para descubrir cuál de las dos posiciones es la realmente peligrosa.
En segundo lugar, que otros países violen normas jurídicas sí puede justificar la desobediencia de ciertas reglas, sobre todo aquellas cuyo cumplimiento se legitima por la posibilidad que tiene el derecho de resolver problemas de coordinación.  Por poner solo un ejemplo, si la gente desobedece las reglas que ordenan manejar por el lado derecho de la vía, mal haría uno en seguir aplicando normas cuyo acatamiento implicaría arriesgar la propia vida.  Dado que las normas que asignan competencias judiciales son en principio reglas que resuelven problemas de coordinación, sí existe un argumento para desobedecer unas normas que los demás países no acatan.
En tercer lugar, comparto con la profesora Tickner su sospecha respecto al concepto de nación. Lo que no es claro, sin embargo, es que respetar la decisión de la CIJ signifique vulnerar los derechos “de todo el mundo.”  No sé qué interés tiene el mundo en que Nicaragua se apropie de unos kilómetros de mar. Creo, al contrario, que sí hay un interés en que se proteja la flora y fauna de la región, algo que muy difícil se dará si se permite la explotación petrolera adjudicada por Ortega. Además, sería interesante que Tickner explicara cuál es la posición de las comunidades raizales sobre la decisión—algo que no hizo la CIJ—en lugar de suponer que ellos se verían beneficiados por el fallo de la corte.
Creo que hay argumentos interesantes a favor del acatamiento—un buen ejemplo es el artículo de Jorge Orlando Melo  (ver aquí)—y de la desobediencia. La academia colombiana debería discutir el dilema sin caer en peligrosas deificaciones de la ley o de las decisiones judiciales, sin descalificar a quienes tienen posiciones contrarias—llamándolos matoncitos  por querer desobedecer, por ejemplo—y con pleno conocimiento de todos los factores, las posibles consecuencias militares—¿Es probable un conflicto bélico con Venezuela, por ejemplo? —y, lo más importante, ¿Cuál es la posición de las comunidades raizales? Tristemente, el artículo de la profesora Tickner no ofrece ninguna luz al respecto.

jueves, 22 de noviembre de 2012

SIN NOSTALGIA POR UN NOMBRE


Lo confieso sin ambages, como anarquista me tiene sin cuidado que una porción de territorio que antes se llamaba Colombia ahora sea Nicaragua. No creo en ningún Estado, ni siquiera el colombiano, desconfío en las reglas que heredamos de esclavistas como Washington, de masacradores como Bolívar, de racistas como Laureano Gómez, de corruptos como muchos congresistas. Me da lo mismo que una sentencia diga que un pedazo de mar se llama Colombia o Nicaragua, la vida me ha regalado el hermoso privilegio de disfrutar la naturaleza y las costumbres de los pueblos sin rótulos ni etiquetas.
Aclaro, sin embargo, que es el Estado el que no me importa, porque, también lo confieso, tengo un profundo amor por Colombia. Como todos los amores, es indefinido, porque uno sabe que ama, pero no a qué. Si me preguntan, no sé qué es esa Colombia que amo. Estoy seguro no es el Estado y su organización jurídica, son algunos de sus paisajes, de su música, de sus tradiciones, de sus olores, de sus personas… No lo sé, tan solo sé que ahora que estoy lejos, las instantáneas del cielo de mis sueños son las de un paisaje colombiano. Aunque no lo crean, así de indefinidos son todos los amores. Uno no ama simplemente a su pareja, uno ama lo que fue, lo que es, lo que será… y no la ama toda, la ama a pedacitos, en extrañas mezclas que unen lo que ella en realidad es y lo que uno quisiera que fuera.
No sé si sean estos sentimientos, mi amor y mi desconfianza, los que explican mi indignación ante tanta exaltación patriotera respecto de la sentencia de la CIJ. Amigos que después de unos tragos afirman que Colombia debería regalar la Costa Atlántica, o Antioquia, o Nariño, según sus odios regionales, ahora envalentonados sugieren arriesgar vidas de militares—claro, ninguno que sea conocido—y lloran como plañideras por la pérdidas de unos kilómetros de agua. Con tristeza, recuerdan cómo Colombia ha cedido territorio a lo largo de los siglos y afirman estar de luto por el cambio de fronteras.
A mí, de nuevo lo confieso, eso no me importa. Si Colombia se desintegrara en diferentes Estados que pudieran garantizar una vida más digna para sus habitantes, ¡Bienvenida sea la desaparición de lo que fue mi patria! Si los pobladores de un territorio están mejor dejando de ser colombianos, comparto su alegría. De hecho, ese fue el caso de Panamá ¿Acaso creen que los panameños vivirían mejor si todavía fueran parte de Colombia? A pesar de tiranos como Noriega, basta comparar el ingreso per cápita de Panamá o los indicadores sobre la calidad de vida para comprobar que ellos están mucho mejor sin nosotros.
Aún así, también confieso que la sentencia de la CIJ me parece deleznable. No por el territorio que perdió Colombia, lo repito, sino por los habitantes de las zonas aledañas, aquellos que llevan décadas subsistiendo de la pesca en las aguas que ahora se llamarán Nicaragua.  Su drama evidencia la magnitud de lo absurdo que en ocasiones es el derecho, quienes tenían más que perder, quienes veían su subsistencia amenazada no fueron escuchados, nunca fueron tenidos en cuenta por una Corte con magistrados, pero sin juristas. A ellos jamás se les preguntó si querían seguir marginados en Colombia, si deseaban independizarse, o si elegían hacer parte de un país cuyo presidente, reelegido y con ánimas de permanencia, es un corrupto pedófilo.
La CIJ pensó en todo, menos en las personas. Pensó en Nicaragua y por eso le dio mar, pensó en Colombia y por eso le dejó los cayos, jamás tuvo en cuenta la subsistencia de los pescadores de la región. Ese olvido explica la ridiculez del fallo, explica la incoherencia de una decisión que hace imposible a los pobladores de un archipiélago viajar entre sus islas, explica lo inhumano que es imponer una decisión que acaba con la principal fuente de alimento de cientos de personas. Ese galimatías, esa aberración legal solo se entiende desde una Corte que desea quedar bien con los Estados, pero que ignora la suerte de las personas.
Era algo de esperarse, como la misma canciller Holguín había advertido. En este mundo importan más las ficciones jurídicas que los seres humanos. En fábulas legales, los estadounidenses justifican su negativa a dejar a los mexicanos regresar a las tierras que eran de sus abuelas, en espejismos políticos, se fundamenta la restricción del derecho fundamental a vivir donde uno no se muera de hambre, se justifica la criminalización del derecho a recorrer esta tierra. Son las ficciones las que le importan a la CIJ, esos nombres que inventamos para llamar un territorio, esos límites que creamos y cambiamos según los caprichos de quienes rigen el destino de las demás personas.
En esta noche que amo y extraño a Colombia como hace mucho no lo hacía, escucho a Serrat, “y para no olvidarme de lo que fui/ mi patria y mi guitarra las llevo en mí/ una es fuerte y es fiel,/ la otra un papel.” Tiene razón Serrat, como casi siempre, el problema es que para la CIJ uno es solo ese papel, el sujeto olvidado de una norma.

domingo, 18 de noviembre de 2012

ENTRE PERPLEJO Y DEPRIMIDO


Algunos de los momentos que con más alegría recuerdo mi infancia, fueron aquellos que viví mientras veía Cosmos, el programa de televisión presentado por Carl Sagan. La serie era emitida a las dos de la tarde, en desorden. Solo cuando mis padres me regalaron el libro, me enteré que Cosmos solo constaba de 13 capítulos y que ya los había visto todos.
Hace poco, superé el miedo a descubrir que Cosmos me parecería tan aburrida como ahora me parecen todos los programas que veía en mi infancia, y comencé a ver la serie en orden, completa. Me sorprendí. A pesar de que sabía todos los capítulos casi que de memoria, Sagan seguía inspirándome, seguía conduciendo mi imaginación a través de agujeros negros, cuásares o no tan lejanos planetas. Sagan tiene una habilidad de la que carecen divulgadores científicos tan populares como Brian Greene o Neil deGrasse Tyson, la de conectar la ciencia con la historia, con nuestros sueños, con nuestros temores, con lejanos paraísos perdidos. En un capítulo de Cosmos, por ejemplo, podemos visitar la biblioteca de Alejandría o la clásica Grecia, podemos  recordar cómo imaginábamos el mundo de chiquillos y cómo lo describe la más contemporánea ciencia. En pocas palabras, con Greene aprendemos y nos entretenemos, con Sagan amamos estar perplejos.
Es curioso ver un programa de divulgación  hecho en 1980, es extraño ver los poco sofisticados efectos especiales y los incómodos cuellos tortuga. También es un poco deprimente, es triste descubrir que la humanidad sigue tan absurda, tan ciega, tan tonta como hace más de 30 años.
En uno de los primeros capítulos, por ejemplo, Sagan advierte sobre la falsedad de la astrología (para verlo, presione aquí), sobre lo estulto que es creer en una disciplina que pretende ser científica, pero que contradice todas las leyes físicas que conocemos. Con cierta ironía, Sagan nos enseña lo vagos que son los horóscopos y como sus abstractas fórmulas podrían aplicarse a casi cualquier persona del planeta.
Luego de treinta años de Cosmos, la astrología sigue tan vigente como antes, sin importar las lecciones dadas por Sagan o los cientos de estudios estadísticos que han probado hasta la saciedad que las predicciones y descripciones de los astrólogos no son más acertadas que las que haría cualquier transeúnte. Aún así, desde las horas de la mañana, la televisión nos inunda con “noticias” sobre nuestro signo zodiacal o con las más estultas historias acerca de piedras maravillosas, cruces mágicas, o cualquier otra tontería con la que estafadores profesionales quieren aprovecharse de los incautos. Al contrario, los últimos descubrimientos científicos, los maravillosos universos que la ciencia describe en delirantes teorías como la de las supercuerdas permanecen ocultos o relegados a las últimas páginas de los periódicos.
En otro maravilloso capítulo de Cosmos, Sagan advierte sobre el cambio climático y sugiere que si no modificamos nuestros hábitos, podríamos convertir a la tierra en otro infierno como Venus. Es triste, pero   la humanidad sigue sin creerle a Sagan. Igual que con la astrología, embaucadores se lucran de pregonar mentiras, de convencernos de que la ciencia está equivocada y que no es un hecho que por acción humana el planeta se calienta. Luego de treinta años del grito de ayuda de Sagan, seguimos ignorando la gravedad de nuestras acciones, engañados con mentiritas, con absurdas teorías de la conspiración diseñadas para lucrar a unos pocos a costas del planeta.
Ver a Cosmos después de muchos años es un viaje a la infancia, es recordar algunos de mis más favoritos sueños, aquellos en los que circundaba el universo en búsqueda de agujeros negros, o en los que veía envejecer a mis amigos mientras permanecía joven viajando a la velocidad de la luz, o en los que conocía a extraterrestres que me revelaban secretos insospechados de civilizaciones complejas.Ver Cosmos en el siglo XXI es también un recordatorio de lo torpe que somos los humanos, de lo urgente que son nuestras necesidades, de las posibilidades que se desperdician, del tiempo que hemos gastado en guerras, en miserias, mientras un universo maravilloso permanece oculto, haciendo guiños, esperando que de la mano de la investigación y la imaginación podamos viajar y disfrutar de sus riquezas.

domingo, 11 de noviembre de 2012

LOS NAZIS FRANCESES (A propósito de Elle s'appelait Sarah, de Gilles Paquet-Brenner, 2010)


Sarah (Méleusine Mayance), una niña de diez años juega con su hermano en la cama de sus padres. La cámara los capta sonriendo, agitados, entretenidos, como si ese fuera el único mundo que existiera, como si la realidad fuera una isla del tamaño de la cama, una en la que los contornos no son playas por las que pudiera llegar algún mal.  Se equivocan, lo sabemos. Elle s'appelait Sarah es una película sobre la segunda guerra mundial, una era en que la humanidad aprendió que los efectos de la locura y la crueldad podían afectar hasta los más recónditos rincones del planeta.
La llegada de varios hombres uniformados al apartamento de Sarah confirma nuestras sospechas. Sarah y su familia son judíos y pronto tendrán que evacuar su hogar. Queriendo proteger a su hermanito, Sarah lo encierra bajo llave en un clóset y lo convence de quedarse allí calladito, como lo hacen cuando juegan a las escondidas. Aunque los uniformados buscan con afán, incluso en el más insospechado rincón, no logran encontrar al menor. Se contentan ‘únicamente’ con llevar detenidos a Sarah y a sus padres.
La escena podría dar inicio a una de las miles películas que se han hecho sobre la segunda guerra mundial. No obstante, hay una diferencia que hace a Elle s'appelait Sarah un filme especial: los uniformados no son miembros de la Gestapo o de la SS, son soldados franceses encargados de trasladar a más de trece mil judíos al Velódromo de invierno, para su posterior exterminio.
Son muchas las películas que han superado la tentación de narrar la segunda guerra mundial en tonos blanco-negros, los alemanes siempre malos, los ciudadanos de los países ocupados siempre buenos. En The Pianist, (Polanski, 2002) por ejemplo, es un nazi, Wil Hosenfeld (Thomas Kretschman), quien ayuda a sobrevivir a Szpilman (Adrien Brody) en las semanas anteriores a la liberación soviética. Además, en la obra de Polanski no todos los polacos son héroes o miembros de la resistencia, algunos no solo apoyan a los nazis, sino que se lucran insensiblemente del sufrimiento de los judíos.
Aún así, son muy pocas las cintas que nos recuerdan la complicidad con las atrocidades nazis del gobierno francés, durante el régimen de Vichy. Recordar los sucesos del Velódromo de invierno, recordar cómo más de cuatro mil niños fueron encerrados por cinco días en un lugar que no contaba con servicios públicos y solo disponía de un grifo de agua es, como reconoció Chirac en 1995, parte de la obligación moral de preservar la memoria histórica.
Ese esfuerzo honesto de narrar uno de los más trágicos y olvidados momentos de la segunda guerra es, quizás, el mayor mérito de Elle s'appelait Sarah. Sin concesiones, Paquet nos cuenta que Sarah, la niña de diez años, fue encerrada con miles en un velódromo, que a las horas, las heces fecales y la orina se hallaban esparcidas por toda la tribuna y que ella no dejaba de pensar en la suerte de su pequeño hermano, escondido en un clóset de un apartamento abandonado en el centro de Paris.
Elle s'appelait Sarah no es, sin embargo, sólo la historia de Sarah, es también la de Julia Jarmond (Kristin Scott Thomas), una periodista de cuarenta años en el siglo XXI, empecinada en conocer y contar la historia de Sarah, la única sobreviviente del Velódromo de invierno.  Gracias a su  investigación periodística, Julia descubre que el apartamento que va a ocupar con su marido, y donde antes vivieron sus familiares políticos, es el mismo en el que Sarah y su madre fueron arrestadas.
En el diálogo entre el presente el pasado, entre la superposición de los dramas de Sarah y Julia, Elle s'appelait Sarah se pierde, deja de ser la obra sutil y bien lograda que entusiasma en las primeras escenas. A pesar del innegable talento de Scott Thomas, la historia de Julia es tan artificial como insulsa, los diálogos que tiene con su esposo son vacíos, uno jamás logra entender por qué su suegro ocultó la procedencia del apartamento si él no tuvo nada que ver con los hechos del Velódromo de invierno, o por qué su esposo, Bertrand Tezac (Frédéric Pierrot), se obstina en pedirle que aborte.

La historia de Sarah es bella y profundamente humana. Cuando escapa junto a una amiga del campo de detenidos a donde fue llevada luego de su encarcelamiento en el Velódromo de invierno, es rescatada por los Dufaure (Niesl Arestrup y Dominique Frot), una pareja de ancianos que la adopta como a su propia hija. Los Dufaure, sin embargo, no ayudan a Sarah de forma inmediata. Temerosos de las represalias nazis, dejan a las niñas durmiendo en la intemperie por toda una noche. Pese a que luego arriesgarían la vida por Sarah, los Dufaure sienten miedo, se acobardan, son humanos.
La historia de Julia, en cambio, es pálida y artificial. Luego de separarse de su esposo para poder tener su hijo, decide buscar a Sarah en un viaje que la llevara a Italia y a los Estados Unidos. Luego de varias frustraciones, Julia descubre que cuando Sarah creció, decidió abandonar a los Dufaure y escapar a Nueva York donde se casó y tuvo un hijo. Julia será la encargada de contar al hijo de Sarah, William (Aidan Quinn), la increíble historia del escape y suicido de su madre.
Ninguno de los diálogos de Julia con los familiares de Sarah es convincente. William pasa del enojo a la ternura, sin que sepamos cómo o por qué, como si su estado de ánimo dependiera de las necesidades del director y no de su historia y disposiciones sicológicas. Julia—a pesar del trabajo de Scott Thomas—aparece siempre con una insoportable melancolía, como si separarse fuera comparable a perder a la familia entera en campos de concentración.
Elle s'appelait Sarah es una película bella que sería mejor si solo contara la historia de Sarah. El drama nazi es tan cruel que casi cualquier comparación con dramas personales parece vulgar y tonta.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Savater y los toros


Hace unos días, transcribí en mi página de facebook apartes de la entrevista que Alfredo Molano hizo a Fernando Savater, en la que el filósofo español defiende la tauromaquia de sus detractores (para leerla, presione aquí). En solo unos instantes, un número considerable de amigos, algunos de ellos profesores, comenzaron a criticar o a defender la posición de Savater. Más que contestar o comentar sus opiniones, quisiera hablar sobre dos tesis de Savater que me parecen interesantes, una porque señala elementos de la sociedad contemporánea que en debates similares se suelen olvidar y otra que, creo, no ha sido entendida al momento de abordar el problema de la legalización o prohibición de las corridas de toros.
En la entrevista, Savater afirma,

“Hoy los animales han sido convertidos en ‘animalitos; el tigre de bengala, el tiburón blanco, todos ya son enanitos. Ya ninguno puede causar daño al hombre. Ahora los animales son tratados como si fueran humanos, por ejemplo, los personajes de dibujos animados son animalitos de Walt Disney que hablan, se quejan, se ríen.”

Es cierto. Hace poco, comenté lo absurdo que me parecían todos aquellos que enviaban fotos de leones y tigres abrazados con otros animales, como si los depredadores no depredaran o como si los carnívoros fueran vegetarianos. Cada vez que alguien imagina un mundo pacífico entre hombres y animales, me acuerdo de Timothy Treadwell, el amante de los osos inmortalizado por Herzog (Grizzly Man, 2005), quien murió devorado, junto a su novia Amie Huguenard, por un oso Grizzly.
Ahora bien, no creo que la naturaleza combativa de los animales justifique, como pretende Savater, las corridas de toros. Que un animal sea violento podrá legitimar su muerte—no creo que sea válido, por ejemplo, oponerse a quien acaba con la vida de un animal por miedo a un inminente daño físico—mas no regodearse con su dolor. En todo caso, el español tiene razón en que muchas de las críticas a la tauromaquia se fundamentan en visiones de la naturaleza que están más cerca de las dulzonas versiones de Disney que de la realidad.
No obstante, lo que generó la polémica en mi página de facebook, y lo que más me interesa debatir, fueron las declaraciones de Savater según las cuales, “Es respetable que a alguien no le gusten los toros, como que no le guste la carne de caballo, o ver pajaritos en jaulas. Eso está bien. Eso puede ser noble, pero no es parte de la moral, pues la moral hace referencia a las relaciones humanas.”
Muchas de las opiniones en contra y a favor de Savater discutían la diferencia que  propone respecto a la moral y a la ética, y la exclusión de los supuestos deberes que tenemos para con los animales de la reflexión moral. A pesar de lo confuso que es Savater y aunque en otras ocasiones parece haber sugerido otra cosa,[1] creo que la tesis que propuso es diferente, una que comparto y quisiera defender en lo que queda de esta entrada de mi blog.
Para empezar, no quisiera entrar en discusiones semánticas o tecnicistas sobre qué es la moral y en qué se diferencia de la ética. Lo que me interesa es otro tipo de problema que Savater menciona y que, pienso, constituye el meollo de su argumento, ¿En qué momento debe el derecho prohibir acciones que son inmorales?
Mentir, cometer adulterio—como sugiere Savater—incumplir una promesa son acciones inmorales, sin embargo en términos generales y hasta ciertos límites no son delito, porque su prohibición causaría más males que su tolerancia. No basta con que una acción sea reprochable para que sea ilícita, tienen que haber razones de peso para ordenar su prohibición y poner en engranaje la pesada burocracia estatal con sus cárceles, sus multas, sus sanciones, sus jueces, sus policías y su limitación de la libertad. Es posible probar que las corridas son inmorales, pero con ello no se soluciona el problema de su legalización, lo necesario es demostrar por qué deben ser sancionadas. Es en este tema, precisamente,  que los antitaurinos no han ofrecido todavía un argumento convincente.
Algunos antitaurinos creen que al señalar el gran sufrimiento que las corridas producen en los toros se justifica la prohibición de la tauromaquia. El problema, sin embargo, de este argumento es que hay muchas actividades aceptadas en nuestra cultura que generan más dolor y sufrimiento a los animales. Cualquier gallina ponedora, cualquier cerdo o, incluso, cualquier res en la mayoría de granjas de producción de comida envidiaría las condiciones de los toros de lidia, envidiaría vivir libre—a pesar de la cruenta muerte—envidiaría no tener que ser castrado sin anestesia. Aún así, la producción industrial de carnes y el consumo irrestricto son actividades permitidas en nuestra sociedad.
Claro, dirán que estas actividades se justifican, porque el consumo de carne, a diferencia de las corridas, es necesario para la subsistencia. Esto es una mentira como lo atestiguan los millones de seres humanos vegetarianos—incluso vegans—que habitan saludablemente en nuestro planeta, o como las investigaciones de la misma FAO que sugieren que los seres humanos apenas necesitamos 100 gramos de carne a la semana (algunos datos al respecto pueden encontrarse aquí).  Los humanos consumen grandes cantidades de carne, porque les gusta, porque les da placer. Si lo que justifica la prohibición de la tauromaquia es el sufrimiento de los animales, un habitual comensal de los rodizios es tan censurable o más que los aficionados a las corridas, su estilo de vida genera mucho más dolor y pone más en peligro la existencia de los animales que las acciones de quienes acuden a la Santamaría.
Así las cosas, o se da una verdadera revolución en la forma como nos relacionamos con el medio ambiente y prohibimos el consumo y producción industrial de carne, o nos quedamos sin argumentos para impedir la tauromaquia. Si lo que realmente se busca es la protección de la integridad y bienestar de los animales, entonces no habría razón para permitir las acciones que más daño les hacen.
Lo interesante, sin embargo, es que el movimiento antitaurino en general—con algunas excepciones—no propone, no sugiere, no intenta acción alguna en contra de la producción industrial de carne. Su posición parece ser fundada en la máxima de “Prohibido torturar animales, salvo que nos guste la tortura.” El problema de fondo, como bien sugiere Savater, no son los animales, es el gusto. Lo que se quiere no es la protección de los animales, lo que se pretende es imponer una visión estética.
En épocas en las que la protección del medio ambiente dejó hace rato de ser solo un problema moral y se convirtió, además, en una cuestión de supervivencia, el problema de la relación del hombre con la naturaleza es uno de los temas más importantes. Llegar a él con fantasías animadas—como los animales dulzones de Disney—o con posiciones que imponen una visión del problema solo por razones de gusto no parece ser el camino adecuado. Al menos eso cree Savater… yo estoy de acuerdo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

LOS BUCLES DE LOOPER (A propósito de Looper de Rian Johnson, 2012)


Looper es una película que recuerda muchas otras, un collage de historias que se alteran y se entrecruzan para producir una obra interesante y auténtica. En cierta forma, Looper es la versión antitética de Terminator (Cameron, 1984), aquí las personas del futuro son enviadas al presente no para matar, sino para ser asesinadas. En los años 2070, despojarse de los cadáveres parece ser imposible, por lo que la mafia decide mandar a sus enemigos al pasado, a los años 2040, para que los loopers los asesinen.
Salvo los obvios problemas morales, ultimar personas del futuro parece ser un buen negocio. Cada una de las víctimas viene cargada con varias barras de plata que Rainmaker (Jeff Daniels), un emisario de la mafia del futuro, intercambia por dinero. El problema está en que tarde o temprano el loop deberá cerrarse y los sicarios tendrán que matar a la versión de ellos mismos de los años 2070. Lo hacen sin embargo, sin darse cuenta, porque las víctimas vienen con sus cabezas cubiertas y con las manos atadas. No obstante, cuando el auto-asesinato—que no suicidio—se comete, los loopers reconocen lo que han hecho, porque su futuro-yo viene cargado con barras de oro y no de plata. Los sicarios saben entonces que el loop se ha cerrado y que podrán retirarse con mucho dinero, pero con la certeza de que solo vivirán otras tres décadas.
Una tarde, mientras Joe (Joseph Gordon-Levitt), una versión cercana al Keanu Reeves de The Matrix (Andy y Lana Wachowsky, 1999), espera a su víctima repasando las lecciones de francés, algo extraño sucede. Su futuro yo, (Bruce Willis) logra llegar al presente con su cabeza descubierta y con las manos libres, lo que le permite escapar de su versión del pasado.
Willis no solo desea escapar para salvar su vida, con la devoción de los sacerdotes en The Omen (Donner, 1976), él hace todo lo posible para matar la versión infantil del líder de la mafia que asesinó a su esposa, Summer Qing (Qing Xu), en el futuro. Para hacerlo, deberá escapar de su yo-pasado que a su vez intenta matarlo para evitar ser asesinado por la mafia que tortura y desaparece a los loopers que no cumplen con su misión de ultimar a sus yo-futuros.
Es una trama compleja, aún más si uno se pone a pensar en la lógica de los universos paralelos que surgen al modificar el pasado. Aún así, Willis hace una actuación profunda y creíble, al punto que uno no deja de sentir simpatía por un hombre que por amor hace todo lo posible para asesinar a un peligroso gánster que será, pero que ahora es un niño.
Las fidelidades cambian en medio de la película cuando uno conoce a Cid (Pierce Gagnon), el niño que Willis intenta matar por todos los medios. Él y su madre Sara (Emily Blunt) viven en una granja en la que Joe-presente se esconde de la mafia. Cid, un niño tierno con poderes excepcionales—¿otra alusión a The Matrix?—que no sabe controlar, desarrolla con Joe-pasado una relación al estilo de Harrison Ford y Lukas Haas en Witness (Weir, 1985), una en la que la inocencia del niño resalta la humanidad en este caso de un asesino.
Al final de la película, Willis encuentra a Cid. Recordando los crímenes que el niño cometerá en el futuro, Joe-futuro está determinado a asesinar el menor, pero justo cuando va a hacerlo, Joe-presente interviene en una acción que recuerda de cierta forma a The sixth sense (Shyamalan, 1999). No voy a decir qué hace Joe, no quiero dañar el filme a quienes no lo han visto. Lo único que diré es que ese final, esa quizás inconsciente analogía que Johnson hace con The sixth sense es, precisamente, lo más bello e interesante de la película, lo que la convierte en una obra auténtica e interesante.