sábado, 26 de enero de 2013

EL BANQUERO LADRÓN Y PIMENTEL EL ESCLAVISTA


En cierto sector de la Academia es común la tesis según la cual uno de las causas más, sino la más, importantes de la violencia es la desigualdad social o la amplia brecha entre pobres y ricos. En ocasiones, la tesis se convierte en un eslogan que no permite indagar por la continúa historia violenta de saqueos y despojos, por el constante robo a quienes sufren las peores condiciones económicas.
Dos ejemplos actuales. El primero es la disputa entre MILLONARIOS y Chicó sobre los derechos deportivos de Yhonny Ramírez, el gran volante de marca antioqueño. Según Pimentel, el jugador no tenía derecho a jugar en el cuadro embajador, porque todavía hacía parte del Chicó en virtud de un contrato de trabajo a término fijo que terminaría en diciembre del año en curso.
La discusión en los medios—en especial la dada por Carlos Antonio Vélez e Iván Mejía Álvarez—y en la Dimayor (para un ejemplo, presione aquí) se centró sobre si era cierto o no que Ramírez había firmado un contrato laboral con el Chicó. También se discutieron las declaraciones del presidente del Itagüí, Fernando Salazar, quien llamó prostitutas a los jugadores de fútbol.
La verdad del caso es que la existencia del contrato poco o nada contribuye a la discusión jurídica, porque Yohnny Ramírez ya había terminado la relación laboral con justa causa (ver aquí y aquí), desde noviembre de 2012. En otras palabras, el contrato que aduce Pimentel como existente, ya había sido terminado por él mismo cuando decidió incumplir sus obligaciones legales, así de simple.
Lo interesante, sin embargo, no es el problema jurídico. Lo llamativo del caso es el silencio sobre las condiciones laborales de los jugadores. Lo triste es que pocos (por no decir ningún) medios  hayan cuestionado que Pimentel hubiera contratado a Ramírez por un salario mínimo para no tener que pagar las prestaciones sociales, que Pimentel hubiera dejado de pagarle las cesantías a Ramírez y que le hubiera negado la licencia por el nacimiento de su hijo. No, los incumplimientos de Pimentel, el saqueo a la seguridad social, la reiterada violación de los derechos de los jugadores no importa, eso no es noticia, sobre eso no debe hablarse, es mejor guardar silencio. Al fin de cuentas, todo queda resuelto con la firma del jugador—así por lo menos lo estableció Ramón Jesurum, el presidente de la Dimayorí—sin importar que el empleador cumpla o no con sus obligaciones legales.
Al final, toda la discusión se centró en la “falta de responsabilidad” del jugador de fútbol que afirmó no tener un contrato, cuando en realidad sí lo tenía, y en el repudio a las declaraciones de Salazar, el presidente del Itaguí.[1] Para la prensa y para los directivos, los jugadores no tienen derecho a retirarse de sus equipos a pesar de que sus derechos sean conculcados, son los únicos trabajadores para quienes el Código Sustantivo del Trabajo no opera.
Ahora bien, las declaraciones de Salazar y de Pimentel, aunque escandalosas no son extrañas. Los jugadores de fútbol son tratados como una especie de ganado en el que los presidentes invierten—es mi inversión dice Salazar, ver aquí—y de la que se creen dueños. A los futbolistas se les exige que trabajen, así no se les pague—se acuerdan de las declaraciones de Ángel luego de que el Pecoso se negara a dirigir el equipo hasta que le cancelaran los sueldos—que no renuncien, así les roben sus cesantías, que cumplan fielmente sus labores, aunque las prestaciones sociales sean canceladas con un salario diferente al que en realidad devengan.
No es que la sociedad colombiana trate de una forma mejor a los jugadores. Si ellos se equivocan, de las tribunas lloverán insulto tras insulto, y si deciden buscar un mejor futuro económico serán tachados como peseteros y mercenarios, como si ellos tampoco tuvieran derecho a devengar un mejor salario. Mientras tanto, los entes de control investigarán al presidente del Itagüí, porque hablar de prostitutas ofende a la moral pública (ver declaraciones del viceministro Luna), pero no al Chicó, porque tratar mal a los empleados es algo normal, robarle al pobre si es rico no es violencia, es lo habitual, lo que los cánones de lo respetable establecen.
Dirán que exagero y que esas son cosas que solo pasan en el fútbol. No lo creo. La prueba es la noticia comentada ayer en El Espectador por Francisco Gutiérrez. Según el profesor Gutiérrez, los bancos colombianos no pagan intereses a los cuentahabientes con ahorros iguales o menores a un millón de pesos (para leer, la columna, presione aquí).  Los cálculos del desfalco a los pobres están en la columna a la que remito. Lo triste del caso es que salvo el senador conservador David Barguil, nadie habló, nadie protestó, nadie hace nada, porque robarle al pobre en Colombia es normal, es común, o si no, pregúntenle a Pimentel si ya le pagó a Ramírez sus cesantías.


[1] Aunque no todos los medios, Carlos Antonio Vélez, por ejemplo, prefirió dedicarse a criticar a quienes filtraron los insultos de Salazar.

lunes, 21 de enero de 2013

TARANTINO DESANGRADO. A propósito de "Django Unchained" de Tarantino (2012)


Lo que dicen es original, en realidad lo es poco. La idea de contar historias serias revisitando géneros desprestigiados es quizás tan antigua como los intentos de la Nueva Ola francesa por redescubrir a Hitchcock, tan famosa como la recreación que hiciera Benigni de sus farsas en un campo de concentración o tan exitosa como el deleitoso caramelo de cine mudo que es The Artist (Hazanavicius, 2011). A diferencia de lo que los fanáticos de Tarantino creen, Django unchained es sólo una más de muchas películas que intentan hacer un homenaje a géneros ya olvidados, otra de las tantas obras que intenta colmar con nuevas historias los odres viejos.
Aunque inusual, tampoco es original la idea de dar a un afroamericano el papel protagónico en una película de aventuras o suspenso. Ya el infatigable George Romero había hecho lo mismo en 1968 con su opera prima, The night of the living dead (1968) y westerns tan planos como Wild West (Sonnenfeld, 1999) habían dado a un afroamericano, Will Smith, el rol de héroe.
Aún así, Tarantino con su habitual fanfarria y el casi unánime coro de sus admiradores resaltan a Django unchained como una gran obra maestra en la que por fin se atreven a relatar los horrores de la esclavitud a través de una reconstrucción detallada e inteligente de los westerns spaguettis.[1] Tienen razón en parte, Django unchained es una entretenida versión de algo de lo mejor de la obra de Sergio Corbucci e, incluso, de populares series de televisión como Bonanza.
Digo que tienen razón en parte, por dos razones. Primero, porque Django, el héroe de la película, a pesar de la gran actuación de Jamie Foxx, es uno de los personajes más anodinos del género. Django no tiene la profundidad de Blondie (Clint Eastwood) en The good, the bad and the ugly (Leone, 1966) o el humor de Butch Cassidy (Paul Newman) en Butch Cassidy and the Sundance kid (Roy Hill, 1969) Es un serio esclavo que a pesar de una larga serie de privaciones, se convierte en el pistolero más rápido del oeste y en un estratega excelente en solo un invierno.
Pero si sus dotes son sobrenaturales, su lucha es individualista y simple, ni siquiera un tinte de humanidad es capaz de dibujar Tarantino en su héroe. Liberado por King Schultz (Cristoph Waltz), un cazador de recompensas alemán, Django decide rescatar a su esposa Broomhilda (Kerry Washington) de la finca de Calvin Candie, (Leonardo DiCaprio) un despiadado esclavista famoso por lucrarse del negocio de la pelea de esclavos. Cuando las cosas salen mal y Django tiene que asesinar a todos los integrantes de la familia Candie, el héroe, a diferencia de otras películas, jamás piensa en la condición de otros esclavos, jamás se preocupa por su futuro, jamás se atreve a buscar ayuda, sus acciones son solas, su liberación es personal, su triunfo es el del héroe privado, no el del luchador social capaz de mejorar las condiciones sociales de un grupo explotado y torturado.
También digo en parte, porque Django unchained es cualquier cosa, menos una película que trate con seriedad, siquiera respeto, el holocausto que la esclavitud fue. En lugar de mostrar los horrores verdaderos que se cometieron, Tarantino recrea a sus espectadores con la práctica de la lucha de esclavos, una actividad sobre la que no hay una sola evidencia histórica, y mostrando a los asesinos del Ku Klux Klan como entretenidos tontarrones que disputan sin cesar sobre la comodidad de tener un saco sobre la cabeza.
A diferencia de lo que dice el muy laureado Tarantino, Hollywood sí se ha atrevido a mostrar los horrores de la esclavitud. Películas como Amistad (Spielberg, 1997) o The Autobiography of Miss Jane Pittman (Korty, 1974), incluso, obras de televisión como Roots (Chomsky et al, 1977) denunciaron lo más despiadado de la esclavitud sin invitarnos a recrearnos en sus horres, como lo hace la última película de Tarantino.
Django Unchained no denuncia la esclavitud, la utiliza como postal sobre la cual tejer una historia divertida, Tarantino ni siquiera tiene la decencia de contar los horrores con un mínimo de fidelidad histórica. Lo importante para él, lo ha dicho miles de veces, es el entretenimiento, es que disfrutemos viendo los caudales de sangre rodar por el piso, es que gocemos con sus malabares cinematográficos sin importar que la humanidad jamás pueda entreverse en ninguno de sus personajes. Al final, aplaudiremos su gracia, su vasto conocimiento sobre la historia del cine y su respeto por los derechos de los animales, mientras la barbarie de la esclavitud será convertida, quizás alguna vez más, en una simple anécdota de un “entretenido” filme de vaqueros.

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[1] Ver: http://www.telegraph.co.uk/culture/film/starsandstories/3664742/Quentin-Tarantino-Im-proud-of-my-flop.html

lunes, 7 de enero de 2013

EL PAPA QUE NUNCA FUE (A propósito de “Habemus Papam,” de Nanni Moretti, 2011)




El Papa ha muerto. Los cardenales se reúnen en El Vaticano para escoger al nuevo obispo de Roma. Las votaciones pasan y los electores parecen no ponerse de acuerdo, ninguno de los favoritos logra obtener los sufragios necesarios. Los cardenales con más opciones rezan con toda la devoción posible para que no sean ellos los elegidos, para que el Espíritu Santo les aparte del cáliz que es la inmensa responsabilidad de liderar a la Iglesia Católica.
Luego de varios intentos frustrados, el cardenal Melville (Michel Piccoli, el mismo Marqués de Sade de La Vía Láctea de Buñuel), una vía intermedia entre las más radicales opciones, es elegido Papa. En lugar de alegría, el rostro del nuevo Pontífice revela un profundo pánico, como si viera el infierno y no el cielo prometido a los santos.
Si de forma desprevenida, uno ve la descripción del Colegio Cardenalicio hecha por Nanni Moratti, uno descubre con facilidad que hay al menos dos elementos que contradicen la realidad. En primer lugar, los pacíficos y despolitizados cardenales de Habemus Papam no concuerdan con las estratagemas e intrigas de los purpurados. Además, en el cónclave parece no haber teólogos de la liberación y miembros del Opus Dei, cardenales apoyados por los legionarios de Cristo y otros amigos de los claretianos. Todos parecen miembros de una pacífica Iglesia en la que no hay cismas, no hay sacerdotes silenciados por pensar por fuera de la ortodoxia—o simplemente por pensar.
El Papa, por su parte, ni celebra la elección, ni es un cardenal versado en el difícil arte de la política vaticana. Es un hombre anciano, cansado, con miedo, con casi olvidados gustos que florecen como pasiones cuando a la memoria le da por evocar bellos recuerdos. No es un vicario de Cristo, es un hombre. En esa extraña irrealidad, en esa tozuda descripción del Papa que nunca será, está el mayor acierto y la más inteligente ironía en la obra reciente de Moratti.
Imagine que de la noche a la mañana, a usted le dicen que va a ser elegido Vicario de Cristo, sucesor de Pedro, Santo Padre y, al mismo tiempo, jefe de Estado del Vaticano y máximo líder de la Iglesia Católica. Digo al mismo tiempo, porque aunque parecieran títulos redundantes o complementarios, los cargos y honores son en realidad distinciones contradictorias. Como Vicario de Cristo, el Papa es heredero de la tradición de Jesús, un Dios nacido en un pesebre, según el credo del catolicismo. Como líder de la Iglesia Católica, el Papa es sucesor de criminales de toda índole, desde encubridores de pederastas como Juan Pablo II (¿Se acuerdan de Marcial Maciel?), hasta autorizadores de la tortura como Inocencio IV (promulgador de la bula Ad extirpanda que autorizó la tortura como un medio probatorio legítimo).  Como jefe de Estado, deberá discutir problemas tan mundanos como la imposibilidad de usar la tarjeta de crédito en El Vaticano (para leer la noticia, presione aquí), hasta las relaciones con devotos tiranos católicos (¿Se acuerdan de Franco o Pinochet?)
Confieso que si a mí me ofrecieran ese puesto, haría lo mismo que el cardenal Piccoli en Habemus Papa, huir, recuperar la riqueza de la simpleza y el anonimato. Intentaría recobrar la paz caminando por pasajes poco transitados y visitaría mis más íntimas pasiones. A lo mejor, yo también me entretendría viendo obras de teatro o intentado actuar en algún drama predilecto—Class enemy, por ejemplo.
La verdad, a mí me parece imposible imaginar el rostro de un santo, la virtud de la humildad, tras de aquel que acepta ser ordenado Papa. Con seguridad, a Moretti le sucedió lo mismo y empezó a pensar en lo que sucedería si el nuevo Obispo de Roma tuviera las virtudes que dice profesar el cristianismo, a recrear las dudas de quién se sentiría indigno de ocupar tan pomposo cargo, a sentir el temor a contradecir lo que creerá dice el Espíritu Santo a través de los cardenales.
Habemus Papam es la historia del único Vicario de Cristo posible, aquel que renuncia con humildad tras la elección, aquel que no se deja obnubilar por el enceguecedor resplandor del poder vaticano y por las vacuas lisonjas del poder.