miércoles, 27 de febrero de 2013

La obediencia de García Villegas


Al leer la columna de Mauricio García Villeas en El Espectador el pasado sábado, me sorprendió el siguiente párrafo (para leer la columna, presione aquí):

En los Estados modernos se hace todo lo posible para evitar que las personas se vean sometidas a dilemas morales en donde tienen que escoger entre lo que dice la ley y lo que dice su conciencia. Eso se consigue fortaleciendo la obediencia que se debe a las leyes (en principio, todos deben cumplir la ley, incluso cuando de ello se derivan consecuencias indeseables o injustas), lo cual supone, claro está, que el Estado haga un esfuerzo grande por hacer leyes justas, tener funcionarios honestos y castigar a quienes abusan del derecho (Para continuar leyendo, presione aquí)

sábado, 23 de febrero de 2013

CUATRO COSAS INÚTILES QUE CUESTAN DINERO… Y TIEMPO


Cada vez que los gobiernos deciden ajustar el presupuesto y reducir el casi siempre creciente déficit fiscal, los gobiernos todas las veces miran a la inversión social. Hospitales, colegios, sueldos, pensiones son siempre los primeros sacrificados en aras de un presupuesto sano. En este escrito, no voy a discutir si estas medidas son o no necesarias, tan sólo me limitaré a señalar gastos en que incurren algunos Estados que no se justifican y cuya eliminación podría ayudar a las necesitadas arcas públicas.
1.                  Monarquías. Ya lo había expresado en otro escrito. La verdad, a mí siempre me parece el colmo de la ridiculez que un país en la crisis económica en que se encuentra España gaste más de ocho millones de euros anuales en la familia real (ver aquí el informe del periódico El Mundo) Claro, con este dinero no se resuelve el déficit fiscal, pero en parte si ayudaría. Yo no sé cuántas escuelas, cuántos profesores, cuántos de quienes están ahora en paro son más preparados que el rey Juan Carlos y no pueden contribuir a la economía del país, porque no hay con qué brindarles una oportunidad.
2.                 La moneda de un centavo en Estados Unidos. Hay estudios que sugieren (ver aquí) que se podrían ahorrar más de cien millones de dólares si se cambiara la fórmula para hacer pennys y nickels. Mucho más se ahorraría si se quitara al centavo de los precios, se dejarían de perder los millones que hay almacenados en cientos de miles de jarras o tirados por el piso, porque nadie sabe a ciencia cierta cómo gastarlos.
3.                 La criminalización del uso de la marihuana. Ya he hablado sobre lo ilógico e inmoral que es la penalización de la droga. Esta vez sólo quisiera referirme a las grandes cantidades de dinero que se ahorrarían los gobiernos, si dejaran de derrochar el presupuesto enviando a la cárcel a sujetos que consumen una sustancia menos dañina y adictiva que muchas otras que se encuentran libremente en el mercado.
4.                 Referencias bibliográficas. No sé cuánto se ahorraría, ni si ahorraría dinero, pero si se evitaría desperdiciar mucho tiempo ¿Por qué las revistas especializadas, las editoriales, las universidades, todos no se ponen de acuerdo en una sola forma de citación? ¿Por qué nos torturan con requisitos absurdos como la ciudad dónde fue publicado un libro? ¿Por qué tienen que cambiar las formas de citación cada año? ¿Por qué se inventan tipos de citas que sólo se aplican a un tipo de revista con tantas complicaciones que ni siquiera se pueden adaptar a los múltiples programas que existen para hacer menos tortuosa la referencia de textos?

Ya lo saben, la próxima vez que quieran aumentarnos los impuestos o reducir los beneficios por los que tanto tiempo la humanidad ha luchado, deberíamos protestar, decir que aceptaremos las medidas sólo cuando  el derroche termine, cuando  eliminen los pennys, o legalicen la marihuana, o no haya otro monarca ¿Qué opinan?

domingo, 17 de febrero de 2013

LOS EFECTOS SECUNDARIOS DEL CAPITALISMO (A propósito de “Side Effects” de Steven Soderbergh, 2013)


Hay muchas cosas de Side Effect, la película de despedida del cine de Steven Soderbergh, que recuerdan a Rosemary’s baby (Polanski, 1968): los edificios neoyorkinos en el plano general del inicio, las facciones de las protagonistas (Rooney Mara y Mia Farrow) y el que ambas sean thrillers sobre parejas jóvenes con problemas de empleo. El terror en Rosemary’s baby provenía del culto satánico que estaría preparando el nacimiento del diablo, en tanto que en Side Effect, el verdadero horror viene de una serie de hilos y madejas que nos rodean y que, las más de las veces, no podemos percibir.
Emily Taylor es una joven de 28 años cuyo esposo, Martin Taylor (Channing Tatum) está a punto de salir de la cárcel luego de cumplir su condena por uso ilícito de información privilegiada. Con flashbacks que parecen sacados de propagandas de medicamentes estadounidenses, Soderbergh nos cuenta sobre el aparente idilio que vivían Martin y Emily antes de la prisión, una mansión en los suburbios cerca a un lago, un bote, una vida de lujos e influyentes amistades.
La liberación de Martin, sin embargo, no produjo la felicidad esperada en Emily, al contrario, sus ataques depresivos se incrementan. Un día, decide suicidarse estrechando su carro contra una pared de su parqueadero. Con unas pocas heridas, Emily es tratada en un hospital cercano. El médico que la atiende, Jonathan Banks (Jude Law), decide no internarla en una unidad mental, con la condición de que ella asista a sus sesiones tres veces por semana.
Johnathan Banks es un personaje extraño. Al comienzo de la película, parece ser una buena persona, de aquellas de las que uno diría, “éste no es capaz de matar una mosca.” Aunque su esposa, Dierdre Banks (Vinessa Shaw), está sin trabajo, ambos deciden continuar con la vida de “comodidades” que la “sociedad” exige a los de su clase, colegio privado para sus hijos, carro de marca, ropa fina… Para obtener todo lo que han aprendido a necesitar, Banks hace grandes esfuerzos, turnos dobles en el hospital, gran cantidad de pacientes en su consultorio, además de aceptar trabajar en un grupo de estudio de una farmacéutica.
Quizás sea sólo un pequeño desvío de la ética médica eso de recibir alguna contraprestación por prescribir alguna droga que, incluso sin el beneficio, de todas formas ordenarían. La verdad, conozco varios doctores que lo hacen, sin mayores escrúpulos morales. Lo importante de este desliz, sin embargo, es que gracias al dinero ofrecido a los médicos, en este caso cincuenta mil dólares, el centro de atención se traslada un poco, cuando menos, del paciente.
Banks parece no percatarse de lo cuestionable de su opción y continúa igual de cansado, pero contento, en su maratónico sacrificio por obtener lo que se necesitar para vivir… según su “sociedad,” al menos. Una de las pacientes a las que ordena Ablixa, la droga para la cual está haciendo el estudio, es Emily, pero, esta vez, fue a petición de la misma paciente que no toleraba los otros antidepresivos.
Gracias a Ablixa, la vida cambia para Emily, su apetito sexual se renueva y las nubes tristes de propaganda farmacéutica son remplazadas por días claros y sonrientes. El problema está en que uno de los efectos secundarios de Ablixa es la parasomnia. Así las cosas, Emily, aparentemente bajo los efectos de su antidepresivo, asesina a su esposo mientras estaba dormida.
ALERTA DE SPOILER
En el proceso a la conyugicida, Emily es declarada incapaz y confinada en un hospital mental, mientras se determine que no es un peligro para la sociedad. La vida de Banks, mientras tanto, da un giro de 180 grados, sus compañeros de oficina le piden que se retire, porque los periodistas lo persiguen de forma tal que está espantando a todos sus clientes, es retirado del grupo de estudio de Ablixa, por la mala fama que da el que uno de los pacientes que toma la medicina haya matado a su pareja bajo los efectos de la droga.
Banks sufre su primera transformación, de ser un simpático doctor, se convierte en un ser obsesionado por encontrar la verdad de los hechos, uno que no duerme, no presta atención a su hijo y bebe licor. Al final, los frutos de su desvelo dan resultado y Banks descubre que todo fue una farsa, que en realidad Emily nunca tomó la pastilla y mató al esposo por dinero, en un plan conjunto con su ex siquiatra y amante, la doctora Victoria Siebert (Catherine Zeta-Jones). Emily y Victoria sabían que si dañaban la reputación de Ablixa, las acciones de la competencia subirían y podrían ganar dividendos con el mercado accionario, es decir incurriendo en el mismo delito por el que había sido encarcelado Martin.
Al final de la película, él ahora vengativo Banks engaña a Emily y a Victoria, logra el arresto de la médica y el internamiento de Emily en un hospital mental. Como castigo final, Banks logra que su ex paciente sea sometida a un tratamiento de drogas siquiátricas, la medicna en Side Efects es la condena.
El mundo de side effects es uno común, pero extraño. Es el de todos los días, aquel en el que Martha Stewart se enriquece con el  uso ilícito de información privilegiada, pero sale a los pocos años, sin mayores consecuencias; es el mundo de Enron, de la crisis financiera de 2008, es el mundo que ya pintó Oliver Stone en Wall Street (1987) y Charles Ferguson en Inside Job (2010). Es un mundo extraño, sin embargo, porque es un mundo que no vemos, un mundo que aparece oculto a los no legos, tras las bambalinas del poder y los disfraces de la tecnocracia.
Lo interesante de Side Effects es que acerca esos dos mundos. En él nos muestra como el afán de riqueza hace que se pierda la dignidad de los pacientes y como los seres humanos, en ocasiones, solo somos veletas al vaivén de las corrientes de ambición que despierta la sana competencia. 

jueves, 14 de febrero de 2013

DWORKIN ENCUMBRADO


Con la muerte de Dworkin, las hipérboles abundan para hablar de sus “grandes” e “importantes” contribuciones a la teoría jurídica contemporánea. Incluso, no falta quien diga que es el autor más influyente en Colombia, desde la Constitución de 1991.[1]
La verdad, Dworkin fue un autor muy leído, pero de ahí a probar que fue un gran teórico o un filósofo influyente hay trecho  muy grande. Cualquiera puede afirmar que uno u otro escritor han sido muy influyentes, pero eso, en realidad, no dice nada ¿Cómo podemos medir la influencia de uno u otro escritor?, ¿Por citas? ¿Por libros sobre el tema? Uno puede hablar y escribir mucho sobre un autor al que jamás ha entendido. En el caso de Dworkin, en Colombia hasta se han escrito, por ejemplo,  ladrillos extrañísimos como el que escribiera Rodolfo Arango[2] que tiene como característica más importante que carece casi por completo de citas de primeras fuentes cada vez que habla de Hart. Para entender a Dworkin, Arango creyó más conveniente leer a Gadamer. Pero eso no importa, ya Diego López nos enseñó que el misreading es la forma de entender la teoría jurídica, así que aquí todo vale.
Claro, no faltará quien diga que la influencia de Dworkin en la Corte Constitucional es grandísima y citarán sentencias tras sentencias en las que se hablan de principios y “ponderación.” Lo dirán quienes no se hayan percatado que la noción de principios de la Corte es la de Alexy y no la de Dworkin, y que al estadounidense le parecería absurdo eso de otorgar números en una extraña ecuación para decidir cuál principio deberá aplicarse. Pero bueno, eso tampoco importa mucho, porque gracias a muchos constitucionalistas colombianos, los principios en Dworkin, Alexy, MacCormick son lo mismo y no hay que preocuparse en ver las sutilezas y diferencias entre ellos, al fin y al cabo, aquí todos somos felices, porque todos ponderamos.
Ahora bien, tampoco es que Dworkin sea muy importante en otras latitudes, hoy en día. Como decía recientemente Brian Simpson en Reflections of the Concept of Law[3] Dwokrin era como una foca resbaladiza, cuando uno lo critica por una tesis que defiende, inmediatamente cambia de posición. Así sucedió en The Model of Rules I y II. Cuando uno lee el primero de los artículos,[4] uno descubre que todo lo dicho sobre Hart es falso, que el resumen que presenta del positivismo jurídico es peor que el que haría un mal alumno de primer semestre y que las que críticas que esgrime son contra un Hart que nunca existió. Cuando lo criticaron por sus afirmaciones, Dworkin escribió la segunda versión, una crítica totalmente diferente, aunque disfrazada del Model of Rules I, porque lo importante es no reconocer que se estaba equivocado. Dworkin es de hecho famoso por tergiversar los autores que ataca, incapaz de enfrentarse a autores sólidos, escoge la versión más débil de ellos, la caricatura contra la que sí se puede contradecir. Como dice Leiter en forma jocosa, Dworkin critica a Coleman por querer una teoría jurídica independiente, aislada de otras disciplinas, justo al revisar un ensayo en el que Coleman examina las bases filosóficas de la responsabilidad extracontractual,[5] pero bueno, así era Dworkin.
Tampoco es que Dworkin haya sido muy original. La crítica más importante a Hart, la que en realidad cuestiona los problemas metodológicos del positivismo, ya había sido planteada con muchos más sólidos fundamentos por esa obra clásica que es Natural Law and Natural Rights,[6] pero Dworkin parece tener una inclinación fácil para citar para criticar y no para reconocer sus influencias.
Quizás por todo eso Simpson y Nicola Licey[7] sugieren que en Oxford consideraron un gran error la elección de Dworkin, uno de los peores de Hart. Por eso, quizás su teoría cada vez pasa más al olvido en el mundo anglosajón, tal como reseña Thom Brooks en una muy interesante reciente reseña.[8]
Claro, a Dworkin hay que enseñarlo, porque como decía Brian Leiter[9]  hoy es necesario que la filosofía del derecho recoja la basura (debris) que regó . Pero de ahí a decir que era un gran teórico del derecho o una figura influyente, es tanto como creer que El Derecho de los Jueces no es una obra formalista, solo porque fue escrita por un autor que niega serlo, pero eso es otra historia sobre la que hablaré en otra oportunidad.


[1] Ver: http://www.ambitojuridico.com//BancoConocimiento/N/noti-130214-10(ronald_myles_dworkin_1931-2013)/noti-130214-10(ronald_myles_dworkin_1931-2013).asp
[2] Rodolfo Arango, Hay Respuestas Correctas en el Derecho? (Siglo del Hombre Editores, 1999).
[3] A. W. Brian Simpson, Reflections on «The Concept of Law» (Oxford University Press, USA, 2011).
[4] Ver el comentario de Shapiro al respect, Scott Shapiro, The «Hart-Dworkin» Debate: A Short Guide for the Perplexed, SSRN Scholarly Paper (Rochester, NY: Social Science Research Network, 7 de marzo de 2007), http://papers.ssrn.com/abstract=968657.
[5] Brian Leiter, Beyond the Hart/Dworkin Debate: The Methodology Problem in Jurisprudence, SSRN Scholarly Paper (Rochester, NY: Social Science Research Network, 23 de marzo de 2005), http://papers.ssrn.com/abstract=312781.
[6] John Finnis, Natural Law and Natural Rights, 2.a ed. (Oxford: Oxford University Press, USA, 2011).
[7] Nicola Lacey, A Life of H. L. A. Hart: The Nightmare and the Noble Dream (Oxford University Press, USA, 2006).
[8] Thom Brooks, «Dworkin and His Critics with Replies by Dworkin», The Modern Law Review 69, n.o 1 (2006): 140–142, doi:10.1111/j.1468-2230.2006.00579_8.x.
[9] Brian Leiter, Interview About Legal Philosophy, SSRN Scholarly Paper (Rochester, NY: Social Science Research Network, 17 de mayo de 2007), http://papers.ssrn.com/abstract=986606.

martes, 12 de febrero de 2013

RATZINGER Y WOJTYLA: LA IMAGEN SOBRE LA REALIDAD


A diferencia de lo que sucedió con Wojtyla, cuando Ratzinger muera no habrá multitudes lloriqueando, ni caravanas de fieles. Su deceso, al menos eso creo, será una noticia pequeña en la que se recordará a la gente que quien murió alguna vez fue Papa.
Lo extraño, sin embargo, es que Ratzinger fue indudablemente mejor Papa que Wojtyla. En contraste con el polaco, no encubrió a pederastas consumados como Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, aceptó el uso del preservativo—aunque en muy pocos casos—y luchó por alcanzar alguna transparencia en el turbio manejo de las finanzas vaticanas. Mientras que Juan Pablo II fue incapaz de soltar el poder y vendió la ilusión de ser Papa cuando sus capacidades no se lo permitían, Ratzinger reconoció con humildad sus límites, siempre supo que era, en sus propias palabras, “un pastor rodeado de lobos,” un pastor que para sobrevivir necesitaba de las fuerzas físicas que ya lo abandonaban.
Aún así, las tiendas seguirán llenándose de velitas con la imagen de Wojtyla y muchos vociferarán un nuevo milagro logrado por la intercesión del Papa polaco, porque en estos tiempos importa más la imagen que la realidad, las propagandas que las noticias, las promesas que los hechos.
Yo creo que Benedicto sabía desde hace rato que iba a renunciar. En abril de 2009, había visitado la tumba de Celestino V, el último—y para muchos el único—Papa que renunció. Allí, Benedicto dejó el palio de madera que usó durante su consagración como Papa. En el fondo, tal vez este retrogrado pero coherente Papa se había dado cuenta que el único Vicario de Cristo posible, como manifesté en otra entrada (para leerla, presione aquí) es aquel que renuncia a su puesto.

jueves, 7 de febrero de 2013

ALGUNOS COMENTARIOS SOBRE LA ENSEÑANZA DEL DERECHO EN COLOMBIA

Revisando algunos libros sobre el movimiento de los Estudios Críticos del Derecho (CLS por sus siglas en inglés) para una publicación en la que estoy trabajando, me encontré con una nota a pié de página que me ha hecho reflexionar sobre cómo se enseña el Derecho en Colombia. Por la importancia que reviste, pese a su extensión, transcribo la cita en su totalidad: (Para continuar leyendo, presione aquí)