domingo, 5 de enero de 2014

Vallejo y el Budismo

En una reciente conferencia dada en la Feria del Libro de Guadalajara, el escritor colombiano Fernando Vallejo criticó al budismo por las siguientes razones (Para ver el video, presione aquí y diríjase el minuto 52).
1.       Los asesinatos cometidos por los budistas en Myanmar y Sri Lanka.
2.       El budismo no ofrece normas de comportamiento, sino de superación. La “máxima” budista de no desear, según Vallejo,  no es una norma ética.
Lo extraño de la anterior crítica es que, como explicaré al final de este escrito, existen muchas coincidencias entre varias de las tesis defendidas por Vallejo y los principales planteamientos budistas. Por lo demás, no es cierto que el budismo ofrezca máximas de superación y no principios éticos. Es verdad que Gautama Buda afirmó que al no desear se evita el sufrimiento, pero también es cierto que la forma de evitar el deseo (tanhā) es seguir el Noble Camino Óctuple, una lista de preceptos éticos entre los que se encuentra, por ejemplo, la obligación de actuar de forma correcta, que entre muchas otras cosas incluye el deber de no dañar y respetar la vida (Áhimsa).
En cuando a la primera crítica, es importante recordar que los asesinatos en Myanmar y en Sri Lanka fueron cometidos por grupos específicos de budistas (ambos pertenecientes a la tradición Theravada). Criticar a todo el budismo por las acciones de dos grupos de personas es tan errado como condenar a los colombianos por las acciones de Tirofijo o Carlos Castaño, por ejemplo. Por lo demás, es claro que estas acciones contradicen los preceptos básicos del budismo. En un reciente artículo publicado en el Huff Post, David L. Philips (Director del programa para la construcción de paz y derechos, de la Universidad de Columbia) expone las principales tesis de la tradición budista theravada y cómo ellas ordenan respetar la vida, superar la ira y resolver los conflictos de una forma pacífica (Para leerlo, presione aquí). La idea de Philips es desarrollar un currículo con base en estas ideas para que desde su propia tradición los birmanos detengan la guerra.  
Como afirmé al inicio de este artículo, lo sorprendente de las críticas de Vallejo es que él comparte muchas de las tesis del budismo. En otra conferencia dada en la Universidad de Antioquia (para verla, presione aquí), el escritor afirmó que él juzgaba a las personas de la antigüedad por el respeto que daban a los animales. Pues bien, el budismo (aunque en menor medida que el jainismo) fue una de las primeras religiones en defender el respeto y compasión por todos los seres vivos.[1] Como mencioné antes, el principio de Áhimsa, central en la ética budista, implica el deber de no matar y no causar daño a seres humanos y animales. Vallejo, además, debería saber que Ashöka, el famoso emperador de la dinastía Maurya, creó hospitales y centros de atención gratuitos para los animales, inspirado por las enseñanzas budistas.
No sólo en la ética, sin embargo, hay paralelos interesantes entre el budismo y las tesis de Vallejo. En La virgen de los sicarios y en otros textos, el escritor defiende la idea de que todo es cambiante, transitorio. Pues bien, la idea de la transitoriedad (Anitya) es una de las tres marcas de la existencia para el budismo. Para esta corriente de pensamiento, al igual que para Vallejo, todo cambia, nada es permanente.
En varias conferencias, Vallejo, además, ha señalado que vivimos en un mundo de sufrimiento y que hubiese sido mejor si no nos hubieran traído de la nada. En una conferencia reproducida en la Desazón Suprema,[2] Vallejo afirma: “Muchachitos de Colombia: Ustedes han tenido la mala suerte de nacer […] El cielo y la felicidad no existen: esos son cuentos de sus papás para justificar el crimen de haberlos traído a este mundo […] imponer la vida es el crimen máximo, dejen tranquilo al que no existe, ni está pidiendo venir de la paz de la nada.” De forma similar, el budismo sugiere que la vida es sufrimiento (dunkha) y el nirvana, que es la meta del budismo, se alcanza precisamente cuando la reencarnación se interrumpe y se deja de vivir. El nirvana, sin embargo, no es nada semejante al cielo cristiano. La realidad para el budismo es shuniata (vacío), un estado donde no existe nada.
No caigamos en exageraciones, Vallejo no es budista, aunque sí un brillante iconoclasta. Su crítica sería más demoledora, sin embargo, si supiera un poco más de lo que habla.



[1] El budismo, sin embargo, contrario a lo que muchos en occidente piensan, no ordena ser vegetariano.
[2] Luis Ospina, La Desazón Suprema: Retrato de Fernando Vallejo, Documentary, 2004.

jueves, 2 de enero de 2014

BUDA SE SICOANALIZA (A propósito de Little Buddha de Bernardo Bertolucci, 1993)

En los segundos antes de llegar al Nirvana, Buda (Keanu Reeves) vence las tentaciones de Mara diciéndole, “Oh Dios de mi puro ego, usted es ilusión pura.”
La expresión, por supuesto, es anacrónica y el concepto freudiano de ego difícilmente puede compaginarse con la noción budista de los cinco agregados. El error, sin embargo, no es de extrañarse, Little Buddha fue inspirado en la lectura que hicieran Bernardo Bertolucci y Vittorio Storaro del libro La aventura de la conciencia, escrito por Sri Aurobindo, un texto en el que se compara el conocimiento de la conciencia budista con el análisis del inconsciente freudiano.
Little Buddha, sin embargo, no es una película que pueda compararse con un tratado o con una profunda disertación filosófica sobre los orígenes y principales enseñanzas del budismo. El filme de Bertolucci es, más bien, un texto escolar, uno de esos libros escritos para niños en los que se presentan temas tan distintos como la democracia o el fútbol.
La película gira en torno a la búsqueda de la nueva reencarnación de Lama Dorje. Un monje tibetano sueña que Lama Dorje le enseña una colina cerca de su monasterio, en Seattle. Cuando descubre que allí vive un niño, Jesse (Alex Wiesendanger), decide llamar a sus compañeros en Bután para que viajen a Estados Unidos y comprueben si el menor es o no la reencarnación de Lama Dorje.
La madre del menor, Lisa Conrad (Bridget Fonda), recibe con sorpresa a Lama Norbu (Ruocheng Ying), el maestro budista encargado de la búsqueda de la reencarnación de Lama Dorje; aun así, jamás se opone a que Jesse se reúna con Lama Dorje. A partir de este momento, la película se divide en dos narraciones paralelas, una en la que se relata la historia de Jesse y otra en la que se cuenta la biografía de Siddharta Gautama.
Por un momento, imagine que a su casa llega un señor de unos sesenta años, vestido con togas, diciendo que su hijo puede ser la reencarnación de un monje budista. Lo más probable es que usted cierre la puerta, conteste enfadado o, al menos, se pregunte si todo no es una escena barata de uno de esos programas de mal gusto en los que la audiencia se gana haciendo bromas pesadas a la gente. Lisa, una profesora de matemáticas, afronta todo con aplomo, con un poco de escepticismo, pero sin dudar de las intenciones de los monjes que cada vez parecen ganarse más el cariño de su hijo. Algo distinto sucede con su marido, Dean Conrad (Chris Isaak), quien es el único en manifestar alguna duda sobre la posibilidad misma de la reencaranción.
Si la historia de Jesse y su familia parece artificial, la actuación de Keanu Reeves como Buda, convierte a Siddharta en una especie de Zombi, un personaje parecido al Jesús de muchas películas antiguas, de esas que no se cansan de repetir en Semana Santa. Si no fuera por la riqueza visual de las tomas (filmadas en formato de 65 milímetros), la vida de Buda parecería menos real que la de Jesse. A pesar de todo, Bertolucci se las ingenia para contar los más importantes momentos de la vida de Siddharta, según la tradición del budismo tibetano, haciendo comparaciones con la cultura en occidente. Así, por ejemplo, cuando en la película se narran los primeros años de Buda y como fue protegido de cualquier tipo de sufrimiento, escuchamos a Lisa decir que ella no va a morir. La madre de Jesse, al igual que el padre de Siddharta, mienten a sus hijos para impedir lo inevitable, el sufrimiento.
La película da un giro inesperado cuando el padre de Jesse acepta viajar con su hijo a Bután para determinar quién es la reencarnación de Lama Dorje. El cambio de actitud de Dean se debe a la depresión en la que cae, luego del suicidio de su socio. En Asia, Jesse descubre que hay otros dos niños que podrían ser la nueva versión de Lama Dorje, Raju (Raju Lal), un niño butanés, y Gita (Greishma Makar Singh), una joven nepalí.
Los niños, por supuesto, hablan inglés, aunque Raju tiene algún problema al conjugar los verbos. A pesar de los esfuerzos de Vittorio Storario por identificar a los menores con un color y con un elemento diferente (Jesse el verde y el agua, Raju el fuego y el rojo, Gita el aire y el azul), los tres niños actúan como estadounidenses, como si en otros países los menores no tuvieran otros gustos y otros intereses. Tal parece que Bertolucci dedicó su tiempo a conocer las tesis fundamentales del budismo, pero no las características culturales propias de los países con mayorías budistas.
Al final de la película, nos enteramos que Lama Dorje reencarnó en los tres niños (algo similar a lo que se cree sucedió con Tertön Sogyal, quien reencarnó en tres personas, una de ellas Sogyal Rinpoche, actor en la película). Jesse regresa a Seattle y Gita a Nepal. Lama Norbu muere y sus cenizas son esparcidas por cada uno de los niños. Un brazo destruye de tajo una mándala, en la última escena.

Little Buddha es una introducción colorida de una versión del budismo. Quienes conozcan poco, podrán enterarse de los principales momentos en la vida de Buda, así como algunas tesis importantes como el concepto de Shuniata o vacío, por ejemplo. A pesar de lo poco convincentes de los personajes y la zombiesca actuación de Reeves, Little Buddha construye un puente que permite acercar a occidente una filosofía tan compleja y diversa como la budista.