miércoles, 26 de marzo de 2014

LA ESTOCADA A PETRO: OBRA MAESTRA DE SANTOS

El resultado del rompecabezas luego de armar todas las piezas es el siguiente: Santos no ordenó la destitución de Petro, porque se vio obligado a hacerlo luego del fallo de la procuraduría y las sentencias de Tutela del Consejo de Estado. No, la decisión de Santos fue sólo el último movimiento de una pensada y meditada jugada destinada a usurpar lo que tanto desea el presidente: los votos de la capital. Los invito a que cada uno arme la figura, luego de ver todas las piezas.
EL PROCURADOR
Quien crea que las decisiones del procurador están motivadas por altas razones éticas o por puros ideales morales es un ingenuo. Ordoñez es el mismo tipo que sostuvo la inverosímil tesis del cohecho unipersonal para perdonar a Sabas Pretelt y condenar a Yidis Medina, el mismo que ha indultado a diestra (que no siniestra) a varios políticos que tenían nexos oscuros con algunos de los delincuentes más peligrosos que ha dado este país.
Se equivocan quienes afirman que el problema del procurador es que privilegia la moral sobre el derecho. No, su problema es otro. Su problema es que es tan corrupto como inmoral, porque no otro nombre puede darse a una persona capaz de hacerse elegir nombrando a los familiares de sus electores, o una persona para quien no hay problema ético alguno en perdonar a quienes desde el poder fueron cómplices de crímenes horrendos y atroces.  
El procurador, por otro lado, le debe la reelección a Santos, no a Uribe y ya sabemos cómo paga el siniestro Ordoñez a sus electores. El procurador con Uribe tiene una relación lejana, distante, tanto como para sancionar a Uribito, el sucesor que quería nombrar Uribe, o para criticar al ex presidente en público, en una revista reciente en Caracol Radio. Ordoñez ha pagado a Santos muy bien la reelección, ahora Petro está destituido.
BOGOTÁ
Santos tiene tan poco carisma como convicciones políticas propias. Su vida pública ha sido un transitar, sin vergüenza alguna, por el gavirismo, por el samperismo, por el pastranismo y por el uribismo, como si todas esas posturas fueran compatibles, como si diera lo mismo ser del uno y el otro. De todos sus mandatarios, Santos obtuvo lo que quiso, burocracia, poder, publicidad, prensa. A todos ellos lisonjeó en su debido momento, ante todos se arrodilló como quien espera la ocasión para saltar al ruedo, para obtener el pago de tan obcecado servilismo. En su momento Santos fue tan partidario del Caguán como de la seguridad democrática, del presidente de los narco casetes, como del político que los denunció. Para Santos todos son lo mismo, amigos que usar para escalar peldaños en la larga escalera de sus ambiciones.  
El presidente, sin embargo, sabe que la falta de carisma no importa mucho. Para ser elegido, él tiene varias armas, tiene un presupuesto con el cual aceitar la maquinaria del Estado, tal como quedó más que claro en las pasadas elecciones; tiene, además, la ilusión de los diálogos con la que embaucará a muchos de los que no quieren  a Uribe. Santos no tiene, sin embargo, el voto de opinión, aquel que es mayoría en la ciudad más grande de Colombia, Bogotá.
En las últimas elecciones quedó claro, el centro democrático fue el partido más votado. Las pasadas tres elecciones para alcalde, así como las multitudinarias manifestaciones en favor de Petro también dejaron en claro que Bogotá es una ciudad dividida entre el voto de derecha y el de izquierda, una ciudad donde el voto de opinión jamás se decidirá por un partido cuya única plataforma política fue reelegir a un presidente que ya es de otro movimiento político.
LA ESTRATEGIA
Afortunadamente, para Santos, el alcalde de Bogotá era Petro, un ególatra con complejo de mesías, un político capaz de arriesgar su vida al denunciar los vínculos de los políticos con los paramilitares, así como venderse descaradamente para votar por un procurador facho y corrupto. Un político, sobre todo, inepto, un administrador mediocre que jamás fue capaz de cumplir la mayoría de sus metas y que, como muestra el último informe de la contraloría, no tuvo si quiera la fortaleza para ejecutar el presupuesto de la ciudad.
Petro, el que muchos jóvenes creen el gran abanderado de la transparencia y la lucha social en Colombia, fue un alcalde turbio, uno que sólo realizó un 18% de sus contratos por licitación pública, uno que sólo fue capaz de construir uno de los 86 colegios que prometió, uno que no entregó ninguno de los mil jardines que afirmó construiría, uno cuya solidaridad con los pobres quedó en evidencia cuando decidió cerrar los comedores comunitarios de la ciudad.
Santos vio en la estulticia de Petro la oportunidad servida, la posibilidad de ganar la ciudad que nunca podrá conquistar con ideas o carisma. Destituir a Petro le permitiría entregarle dineros a la ciudad que antes negaba y nombrar a un alcalde que administraría la ciudad para hacerle campaña a Santos. El presidente saldría desde el balcón a promocionar proyectos para rescatar la ciudad que Petro dejó destruir y los bogotanos al fin creerían que Santos, el gran salvador de Bogotá, es un gran administrador, el estadista que necesitamos para sacar adelante a Colombia.
Santos no firmó la destitución de Petro por creer que así lo ordenaba la Constitución o por querer acatar el fallo de la Procuraduría. La destitución de Petro fue planeada por él, es su obra política, es el resultado de las muchas reuniones que ha tenido con Ordoñez para acabar con su mayor contendiente político en Bogotá, la izquierda.

En estas semanas veremos miles de noticias sobre los planes para salvar la ciudad que ejecutará Pardo. En todos ellos, aparecerá Santos como acólito principal, como líder abnegado que dispone de la voluntad suficiente para entregar los recursos que salvarán por fin a la capital. El nombre de Petro será tan denigrado como el de Santos exaltado, hasta que muchos empiecen a creer que son verdad todas las promesas que hará el presidente para no dejar la presidencia. 

martes, 11 de marzo de 2014

5 DATOS SOBRE EL CONGRESO ELEGIDO QUE QUIZÁS USTED NO SEPA… O DESEE IGNORAR

1. El partido que eligió más congresistas vinculados con grupos ilegales fue el del presidente Santos, el de la U. Al menos según un informe de la Fundación Paz y Reconciliación publicado por el portal las dos orillas (Para leerlo, presione aquí). Diez son los senadores cuestionados del partido de la U., por sólo dos de Centro Democrático. Opción Ciudadana, el anterior PIN, es el partido con mayor porcentaje de senadores cuestionados, todos los que eligió.
2. Bogotá es uribista. Al igual que en las dos últimas elecciones presidenciales a las que se sometió, el ex presidente barrió en la capital de la República. En las pasadas elecciones parlamentarias, Centro Democrático obtuvo 170 mil votos más que el segundo partido, el liberal. Aún más, ni siquiera los votos de los liberales y de la U. sumados superan los obtenidos por la lista de Uribe.
3. En Colombia, para ser elegido es más importante ser familiar de algún político reconocido que tener una hoja de vida inmejorable. Tres miembros de una sola familia, los Guerra Tulena, fueron elegidos como senadores. Hijos de políticos tradicionales también obtuvieron curules en el congreso, como por ejemplo, Alfredo Ramos Maya (hijo de Luis Alfredo Ramos), Fernando Araujo Rumié (hijo de Fernando Araujo), por sólo citar algunos de los muchos ejemplos. En la otra orilla, Rodolfo Arango, un magnífico profesor con una hoja de vida que incluye desde un doctorado hasta muchas y prestigiosas publicaciones no logró los votos para una curul en el senado.
4. Siguen los peligrosos lazos entre sectas religiosas y la política. A pesar de haber perdido sus curules en el Senado, MIRA conservó cuatro escaños en la Cámara de Representantes. Orlando Castañeda, elegido como senador por la lista del Centro Democrático, es miembro de la secta Misión Carismática Internacional.

5. Por primera vez en la historia de Colombia, el voto en blanco gana en unas elecciones nacionales, las del Parlamento Andino.