miércoles, 21 de mayo de 2014

¡NO POR SANTOS!

Si una habilidad tiene Santos es la del engaño. Según quien era su amigo, Daniel Samper Pizano, con argucias llegó a El Tiempo, diciendo que no, que él no utilizaría el periódico para hacer política, que lo suyo era informar sin parcialidades ni intereses, luego se enteraron que sus artículos tenían otro objetivo, que él como nadie supo utilizar el cuarto poder para llegar a los cargos públicos, a donde está ahora, la presidencia. Luego, inició una campaña fantasiosa en la que convenció a los colombianos que no haría una reforma tributaria, que en mármol podría escribir que no habría más impuestos, que con eficiencia el dinero recaudado era suficiente. Y los colombianos, como siempre, ingenuos, incautos, inexpertos, le creyeron y olvidaron, se dejaron convencer de que Santos no tuvo ninguna relación con los “falsos positivos”, o con el escándalo de Arango Bacci, o con la mediocridad y desidia de todos los gobiernos anteriores de los que hizo parte.
Desde la tribuna de El Tiempo y El Colombiano, desde los múltiples tentáculos que maneja su poderosa familia, desde su non sancta relación con canales de televisión y estaciones de radio, Santos nos convenció que Chávez era la peor amenaza y el mejor amigo, que la apertura gavirista era tan necesaria como el  samperista pacto social, que el Caguán era tan acertado como la invasión a Ecuador para dar de baja a Reyes. Y así, al vaivén de los vientos políticos, Santos impulsó la única agenda que le ha interesado, la de gobernar, la de ser rémora de los demás para lograr lo que nunca ha tenido, carisma.
A sus cuatro años de gobierno regresa con su sartal de mentiras, con sus miles de promesas pronto incumplidas, para continuar haciendo lo que lleva años, una economía regalada, que no vendida, a las multinacionales mineras que nos devolverán un país sin bosques, sin agua, sin fauna, sin praderas, un improductivo campo que incapaz de competir pervive sólo gracias a cientos de subsidios, una política de vivienda fraguada para asegurar la permanencia en el poder, una inversión social incapaz de logar los cambios que necesita el país, una reforma a la educación jamás aprobada, una modificación a la salud que no garantiza los derechos de los más necesitados.

Votar por Santos es irracional, es elegir por quien quebrantará las promesas talladas en mármol, es apostarse la vida por el color que tendrá un camaleón en determinado momento, es una lotería en la que sólo se sabe que siempre ganarán unos pocos y perderán muchos otros.