lunes, 4 de agosto de 2014

Sobre la cresta de las olas (A propósito de "Mal Adentro: entre columnas y montañas", de Roberto Sanabria)

En muchos de los continuos debates políticos se proponen a las cárceles como la solución a inveterados problemas. Se sugiere, por ejemplo, aumentar las penas para acabar con la corrupción, para combatir la inseguridad e, incluso, para defender la dignidad de las víctimas Aun así, es poco lo que sabemos de las vidas de las miles de personas que habitan las prisiones. Es inquietante que la supuesta panacea para muchos de nuestros males sea una incógnita, una sombra que habita en los intersticios de lo que llamamos civilización y que sólo conocemos cuando la desgracia golpea nuestras puertas.
Cuando Roberto Sanabria era un estudiante con tantos sueños como empeños, la desgracia de las cárceles comenzó a ensombrecer el que, para entonces era un brillante destino. Una condena injusta por un delito que no cometió lo persiguió por años mientras luchaba por terminar su carrera y por escaparse de la policía. Años después, a unos cuántos meses de la prescripción de la pena, cuando ya era profesional y padre de un niño, fue detenido en la Terminal de Transportes de Bogotá.
Hace unas semanas, Roberto publicó el libro Mal adentro: entre columnas y montañas, una profunda e inteligente crónica de sus días como preso en la Terminal de Transportes, la Cárcel Distrital de Bogotá y la Colonia Penal de Acacias. Más que un relato personal sobre las desgracias vividas en los centros penitenciarios, el libro es una optimista presentación de las ingeniosas y altruistas empresas que el autor llevó a cabo no sólo para sobrevivir, sino para mejorar el entorno en que se encontraba. En la obra, el autor nos cuenta cómo de la mano de otros internos y con el apoyo de algunas directivas, logró crear un pacto de convivencia que acabó la extorsión y el matoneo del patio en el que se encontraba en la Cárcel Distrital, también cómo gracias a él y a otros internos, en la Colonia Penal se dictaron clases de lectura en las que se discutían textos complejos y enriquecedores como El hombre en busca de sentido.
A pesar de las difíciles y peligrosas personalidades que, con toda seguridad, Sanabria encontró en la cárcel, la obra prefiere recrear el lado más humano de los detenidos y las herramientas sicológicas y de negociación necesarias para lograr la justicia sin recurrir jamás a la violencia. Así, nos enteremos que el autor describe como pacífico a un detenido culpable de herir a una persona con dos disparos en la pierna, o cómo Roberto intentó cambiar las normas de las celdas impuestas por un poderoso detenido, usando lo que él describe como “inteligencia emocional.”
Aunque Mal adentro es un texto entretenido y de lectura fácil, no por ello deja de ser una obra compleja que permite varias enriquecedoras lecturas. Es posible, por ejemplo, verla como una crónica de un hombre en la cárcel, un sentido viaje en el que nos enteramos cómo es vivir, comer, dormir, trabajar y soñar mientras se está detenido. El libro también puede leerse como una sabia lección de vida, una en la que se invita a luchar con esperanzas, ingenio y sonrisas, a pesar de los golpes más certeros que la fortuna nos propina. Desde el momento de la detención, aquel instante en que el único mecanismo de defensa fue la disociación con el personaje que estaba siendo arrestado, hasta la liberación, Roberto fue ensayando cada vez más diferentes instrumentos para poder sobrevivir sin conculcar sus ideales y sus metas. El libro mismo es un ejemplo de una de esas herramientas, de una de esas tablas de salvación a las que el autor se aferró para no dejarse vencer por el miedo.
Mal adentro es un libro obligatorio para quien quiera conocer más sobre la realidad de las cárceles en Colombia, para quien desee enterarse de experimentos exitosos en la rehabilitación de los detenidos, para quien esté interesado en una historia con profundas lecciones de vida, o para quien, simplemente, esté buscando una buena crónica.