domingo, 15 de noviembre de 2015

Una siesta por la Humanidad

Conmocionado por los terribles, brutales, inhumanos ataques terroristas en Francia, ayer decidí encender una vela y guardar un minuto de silencio en solidaridad con los familiares y amigos de aquellos que murieron en Paris. Satisfecho por mi buen gesto, me disponía a dormir, cuando un amigo me advirtió del egoísmo de mis acciones, “¿Te olvidas de las víctimas recientes en Beirut?, ¿Para ellas no hay velas?”
 De acuerdo, dije. Así que encendí otra vela y guardé otro minuto de silencio en solidaridad por las víctimas beirutíes.
Era una fría noche de otoño, de esas que recuerdan que el inverno con su nieves y tormentos están a la vuelta de la esquina, por lo que las velitas, en mi sala, no sólo parecían un sincero homenaje, sino un recuerdo de que la calidez del hogar es posible en los tiempos más álgidos. Contento, entonces, por lo acogedor de mi casa, me disponía a dormir, cuando, otra vez, otro amigo, me escribió diciéndome que no podía olvidarme de mi patria, de Colombia, de los miles y miles de muertos que el conflicto ha dejado. 
Otra velita no hará mal, pensé, cuando una oleada de mensajes comenzó a llegar pidiendo solidaridad por las víctimas del sistema económico, de los atentados terroristas en Kenia, del calentamiento global, de la guerra en Siria, del conflicto Palestino-Israelí, de Boko-Haram, del gobierno dictatorial de Corea del Norte, de los fanáticos budistas en Sri Lanka y Bután…

Agobiado, miré a mi dispensa y descubrí que no tenía tantas velas para tantos grupos de víctimas. Así que decidí hacer lo que debí haber hecho desde un principio, lo único que beneficiaría en realidad a la humanidad: Dormir. Al fin y al cabo, mi descanso, a diferencia de las velas, de los minutos de silencio, de las fotos en Facebook, haría feliz al menos a una persona: a mí. Tenía razón, luego de una noche tranquila, amanecí más contento que ayer. 

jueves, 29 de octubre de 2015

No es Petro, es la izquierda.

Para muchos, fue Petro quien perdió en las pasadas elecciones y no la izquierda. Fue Petro y su obcecada forma de gobierno, su incapacidad de mantener un equipo de trabajo, sus decisiones apresuradas, su incapacidad gerencial, su inhabilidad para dialogar con la oposición y con quienes piensan distinto. “Petro destruyó al Polo,” dicen algunos; “Una oportunidad perdida de la izquierda,” comentan otros, como si el único responsable de la debacle electoral fuera el burgomaestre, un político bien intencionado, con las ideas adecuadas, quien, sin embargo, carecía de las habilidades para hacer una  excelente Alcaldía.
¿En serio? ¿Acaso no se parece Petro a Maduro, a Chávez, a los Castro, a Correa, a los Kirchner, en su desenfrenada tendencia a insultar a todos quienes osaron hacer una crítica? Si Petro hablo de las mafias bogotanas, Chávez de los pitiyanquis, Maduro de los Vendepatrias, Fidel de la oligarquía, Cristina Fernández de los fascistas  y Correa de la derecha conspiradora, por sólo mencionar algunos insultos. Todos se arrogan el derecho de tener la razón de forma exclusiva, por ello, sus gobiernos no tienen críticos sino canallas detractores, opositores sino temibles calumniadores, cuestionamientos sino conspiraciones.
Para asegurar su séquito de seguidores, todos ellos hicieron lo posible para nacionalizar los medios de comunicación, convertir a los medios oficiales en divulgadores de su propaganda y cerrar a todos quienes les hicieran oposición. Si de la mano de Morris, Petro convirtió a Canal Capital en el defensor de su mediocre gobierno, Correa impuso multas infames a quienes se atrevieron a criticarlo en la prensa escrita, Chávez cerró las cadenas de televisión que osaron oponerse al régimen, Cristina Fernández persiguió y demonizó al grupo Clarín por atreverse a criticar su gobierno  y los pocos que hablaron en contra de Castro terminaron en temibles prisiones vedadas a la supervisión de la Cruz Roja.
Y si Petro por poco quiebra a Transmilenio con sus populistas medidas, Chávez y Maduro despilfarraron la mayor bonanza petrolera de la historia, en tanto que Cristina Fernández entregará a una Argentina con una inflación rampante y ad portas de una nueva crisis económica, por no hablar de la recesión que de la mano de Dilma sufrirá Brasil en el próximo año.

Los seguidores en América Latina podrán decir que no, que eso no es la izquierda, que los Castro, Chávez, Maduro, Correa, Petro, Samuel Moreno, Dilma Rousseff, no representan de verdad los valores de esta tendencia política. El problema es que en la infructuosa espera de ese mesías de izquierda se pierden oportunidades maravillosas. Bogotá, por ejemplo, perdió más de una década.

viernes, 23 de octubre de 2015

No, no lo sabes

En un artículo reciente, Iván Gallo, columnista habitual del portal las2orillas (para leerlo, presione aquí) decidió explicar lo que, para él, son las razones equivocadas por las que las personas quieren votar por Peñalosa. En primer lugar, Gallo se va en contra del deseo por acabar el comercio informal en las calles de la capital, “Vas a votar porque te hartaste de esos vendedores ambulantes que atosigan la Séptima…”
¡Qué desalmado son los Peñalosistas por querer acabar con el comercio informal! Sus acciones, al menos para Gallo, son las culpables de que madres solteras, huérfanos, ex drogadictos puedan resocializarse. Claro, lo que Gallo no cuenta, es que las ventas ambulantes destruyen el comercio formal y con él sueldos más dignos, prestaciones sociales y los impuestos necesarios para que el Estado invierta en salud y educación, entre otras cosas. Favorecer el comercio informal no es beneficiar a los estratos más oprimidos de la población, como sugiere Gallo, es fortalecer una red mafiosa que los usa, que se enriquecen de ellos (¿Será que Gallo no se ha enterado de los escándalos detrás de la ventas de minutos para celulares en las calles y de BonIce?) y que termina llevando a la ruina—y a la calle—a cientos de familias que hacen el mayor esfuerzo por hacer comercio de forma legal.
La economía de pesar que favorecen los Gallos (y los Petros, las Claras López), no es una que beneficie a los huérfanos, a las viudas, a los ex drogadictos; es una que convierte al sector productivo en parias, que obliga a los empleados con sueldos y prestaciones sociales a transformarse en habitantes de la calle, precisamente porque sus trabajos no pudieron competir con quienes les hacían competencia de forma más que desleal.
Según Gallo, quienes votan por Peñalosa no quieren una ciudad más igual, por eso le niegan el voto a la izquierda. Imagino, porque Gallo no es capaz de ofrecer prueba alguna más allá de su retorcida retórica, que hace referencia a una serie de artículos que sugieren que mientras la pobreza aumentó en Bogotá durante la Alcaldía de Peñalosa, ella disminuyó durante el gobierno de Petro. Lo que calla Gallo, es que entre 1998 y 2001, años en los que Peñalosa fue alcalde, Colombia vivió una fuerte recesión económica, una en la que pobreza aumentó en todo el país y el PIB decreció, en tanto que durante los años de Petro, Colombia tuvo una economía creciente y una pobreza en declive. Atribuir los éxitos y fracasos a uno y a otro sin analizar el panorama de la economía nacional, sin estudiar el impacto que las políticas tuvieron en el futuro de la ciudad (como si las medidas económicas influenciaran inmediatamente los problemas sociales de la capital) es o un error de quien desconoce los mínimos elementos de economía política, o de quien quiere enmascarar la realidad para favorecer a un candidato, quién sabe con qué intenciones.
Por lo demás, Gallo no menciona los acueductos construídos durante la administración Peñalosa, o los jardínes infantiles que no fue capaz de hacer Petro. A lo mejor, Gallo cree que los sectores menos favorecidos tienen garantizado su derecho a la salud yendo al San Juan de Dios. Esas son las obras de salud que ha entregado la izquierda en Colombia. 

Por último, Gallo menciona como un defecto los estudios de Peñalosa en Duke, para él es un asunto para seducir, “A nuestras señoras de bien.” Imagino que los estudios de Petro en Lovaina, en cambio, serán una importante inversión en conocimiento para mejorar los intereses de la sociedad, porque prepararse vale la pena, si lo hacen los amigos, pero es un grave error si lo hacen los enemigos políticos. Por lo demás, qué triste es la visión política de una persona que le tiene miedo a la preparación académica, al esfuerzo por conocer más, por investigar nuevas formas de administración y gobierno. Ya lo sabemos Gallo, tus propuestas de desarrollo intelectual son la apología a la ignorancia ¡Qué interesante propuesta de gobierno!

sábado, 10 de octubre de 2015

A propósito de "Diana Cazadora" de Clímaco Soto Borda

Uno podría describir Diana Cazadora, incluso a un sector de la Bogotá de inicios del siglo XX, con uno de sus párrafos: Ve lo que es la vida. Este mozo, que es un indio miserable, está bregando a subir y subirá; no tardará en ser General, Ministro, Gobernador… y Fernando, su amo Fernando se arrastra como un cangrejo, caminando para atrás, a los piés de una ramera que le está chupando su sangre, su fortuna, pisoteando su nombre…[1]
Allí uno puede encontrar las insoportables jerarquías que estructuran la obra y que constituían la cosmovisión de la clase pudiente capitalina. En el escalón más alto, los amos, Alejandro y Fernando Acosta, dos hermanos con un gran fortuna heredada de sus padres ya muertos, y su mejor amigo, Antonio Valverde. Alejandro encarna las principales virtudes de la clase alta bogotana, es inteligente, generoso (no duda en compartir la herencia con su hermano en desgracia), humilde (a pesar de haber llegado de Europa no presume de sus viajes--¿una alusión a Silva?), estudiado y elegante. Fernando, en cambio, ha entrado en desgracia al desperdiciar su fortuna en una prostituta, Diana, y en el licor. Aun así, Soto Borda describe a Fernando como un muchacho bueno, un pobre hombre dominado por sus pasiones y los engaños de Diana y su protectora Celestina.[2] Casi en el mismo nivel está Pelusa, un simpático personaje a quien el autor introduce, sin duda, para añadir una pizca de humor.
Más abajo están las mujeres, a quienes Soto Borda siempre describe en tonos despectivos. Diana es una madre soltera que usa todos sus encantos para atraer hombres y robarles sus riquezas, en tanto que Celestina es una avezada proxeneta, capaz de urdir los más tenebrosos planes para apropiarse de las fortunas de los nobles caballeros. Junto a ellas está el pueblo raso, hombres y mujeres sin decoro, sin higiene, sin moral, llenos de vicios. En el entierro de Fernando, sus dos únicos amigos, dos compañeros de juerga, son descritos como dos seres casi que despreciables que incluso llegan a robársele el trabo del bonachón Alejandro.
En ese mundo de claras diferencias sociales, Soto Borda crea una predecible y repetida trama, un joven de buen recaudo y reputación, Fernando, destruye su futuro víctima de una terrible femme fatale. Su hermano Alejandro hace lo imposible para rescatarlo, le entrega parte de su fortuna, lo envía a viajar a Perú, lo aconseja con sabiduría y fraternidad. Fernando, atrapado por los encantos de Diana, desaprovecha todas las oportunidades, llegando incluso a pagar a una persona para que le envíe telegramas a Alejandro desde Perú y encubrir, de este modo, su real paradero, en Bogotá al lado de Diana. Al final, víctima del alcohol y de la tisis, Fernando muere, dejando a Alejandro solo.
Que Diana Cazadora haya sido y sea considerada una obra cumbre de la literatura colombiana[3] sorprende dada su trama predecible, la simplicidad de sus personajes y su insoportable elitismo, males que, en mi opinión, no logran compensarse con el humor de la obra y con pintorescas descripciones de la Bogotá de inicios del siglo XX. Por lo demás, los gracejos de Diana Cazadora cada vez se entienden menos, perdidos en referencias que sólo quienes habitaron el tiempo y la sociedad en que vivió Soto Borda puedan comprenderlos.   
Algunos autores sitúan a Diana Cazadora como una de las obras que retrataron la violencia en Colombia, en la misma tradición que empezaría Pax de Lorenzo Marroquín y Rivas Groot. La verdad es que aunque Diana Cazadora se ambienta durante la Guerra de los Mil Días,[4] las referencias al conflicto son más que esporádicas. Pareciera que al autor la trágica historia de Fernando le importara mucho más que los muertos que dejaría la guerra. Quizás Soto Borda pensó que las únicas muertes que ameritaban una historia eran las de aquellos que pertenecían a la clase social de los hermanos Acosta. Bogotá no ha cambiado mucho desde entonces.
Para leer el libro, presione aquí



[1] Clímaco Soto Borda, Diana Cazadora (Bogotá: Imprenta Artística Comerical, n.d.), 145.
[2] En el fondo de aquel muchacho era bueno. La sangre suele imponerse y dominar por instantes las pasiones. Se reprochaba su intención de víbora y se alegraba en cierto modo de haberse quedado dormido.Ibid., 159.
[3] La famosa Historia de la literatura colombiana de José Ortega escrita en 1935 la describía como una de las cumbres de la literatura de inicio de siglo, en tanto que Semana recientemente la catalogó como una de las 100 mejores novelas colombianas de la historia. Ver: “LOS 100 LIBROS COLOMBIANOS DEL SIGLO,” accessed October 10, 2015, http://www.semana.com//cultura/articulo/los-100-libros-colombianos-del-siglo/39155-3. Ortega T. José. Historia de la literatura colombiana, Bogotá: 1935
[4] Diana Cazadora fue publicada en 1915, menos de trece años después del final de la guerra. 

lunes, 28 de septiembre de 2015

Querido Miembros del Comité (A propósito de Dear Committee de Julie Schumacher)

Una gran parte de la vida académica en los Estados Unidos se emplea (¿se pierde?) escribiendo y pidiendo cartas de recomendación.  Se piden para ser aceptado en pregrado y postgrado, para acceder a becas, para conseguir empleo, para ser promovido en el empleo; se piden a antiguos profesores, empleadores, amigos y estudiantes.  El genio de Julie Schumacher en su novela Dear Committee Members está, precisamente, en convertir esa monótona y pesada carga de escribir y pedir cartas de recomendación en una apasionante novela.
 Dear Committee Members es la historia de un año de vida de Jason T. Fitger, profesor de escritura creativa en Payne University, narrada a través de sus cartas, en mayoría de recomendación. Come Jason es un profesor de carrera (tenure), en sus misivas se atreve a decir lo que muchos profesores pensamos y callamos en la Academia estadounidense. Opinando sobre los estudiantes, por ejemplo, sostiene: “Student’s lives have been cheapened in ways of which they remain blissfully clueless, because of so much TV.”[1]
Televisión, Facebook, twitter, snapchat… o qué sé yo, pero lo cierto es que los estudiantes cada vez desconocen más todo aquello que esté por fuera de su limitado entorno. Por ejemplo, no es difícil encontrar clases en las que ninguno de los estudiantes sepa quién fue Jackson Pollock, o David Bowie, o Louis Armstrong, o Walt Whitman. Al contrario, conocerán la última canción de Miely Cyrus, de Justin Bieber y creerán—(¡Qué tristeza!) que sus últimas empalagosas canciones son la mayor expresión de arte.
Lo peor, es un mundo en el que todo se dice, pero no se dialoga, no se comunica. Como bien dice Jason, “Such are the communication skills of the up-and-coming generation: they post drunken photos of themselves at parties; they share statuses, they emit tweets and send all sorts of intimate pronouncements into the void—but they are incapable of returning a simple phone call.”[2]
No sólo son los estudiantes a quienes Jason critica. En sus cómicas cartas, como nadie describe el kafkiano mundo de las universidades contemporáneas, ese campo de batalla en el que las humanidades están muriendo aplastadas por la burocracia y la creencia en que la única investigación necesaria es aquella que produce dinero. Haciendo uso de una insuperable ironía, Jason denuncia la falta de fondos para contratar nuevos docentes de planta y para conceder becas a estudiantes, así como la injusta proliferación de profesores de cátedra. Su diagnóstico no sólo es triste, es certero.
Sobre la forma como las universidades estadounidenses cada vez priorizan más las atracciones y los deportes—los profesores mejor pagados muchas veces son los entrenadores de baloncesto o fútbol—Jason observa el terrible daño que esta tendencia genera en los estudiantes: “By starving some departments while building heated yoga studios and indoor climbing walls in others. To afford the amenities inextricably tied to their education, students need wealthy financial backers or a mountain of loans—and so many on-and off-campus Jobs they barely have time to go to class.”[3] O cuando lo hacen, están tan cansados que no pueden prestart atención, añadiría yo.
Jason es tan enamorado de su profesión como crítico de las condiciones actuales de la Academia. Sobre la literatura sostiene, haciendo eco quizás a Nussbaum, “The Reading and writing of fiction both requires and instills empathy—the insertion of oneself into the life of another.” [4] O, en la que quizás sea una de las más bellas defensas del noble arte de estudiar literatura, “The literature student has learned to inquire, to question, to interpret, to critique, to compare, to research, to argue, to sift, to analyze, to shape, to express. His intellect can be put to broad use. The computer major, by contrast, is a technician—a plumber clutching a single, albeit shining, box of tools.”[5]
Dear Committee es, sin embargo, no solo una novela acerca de la vida académica en las universidades estadounidenses, también es un retrato humano e íntimo de un profesor que se siente impotente ante los terribles cambios que sufre su profesión. En sus cartas, no sólo se leen sus mordaces críticas, también se ve su lucha porque su último alumno (Bowles), reciba una beca que le permita terminar su novela y porque las personas a quienes quiere puedan tener una vida profesional digna. En una de sus misivas, Jason suplica para que uno de sus estudiantes no tenga que sufrir el nublado future que le espera:  “I hope you will not consign her to a windowless environment populated entirely by unsocialized clones who long ago abandoned reading and discussion of literature in favor of creating ever more restrictive and meaningless ways in which humans are intended to make themselves known to one another.”[6]
Dear Committee es una novela que puede leerse de muchas formas, como un testamento del mundo académico estadounidense contemporáneo, como una novela de humor que se burla de las excentricidades de profesores y estudiantes, o como un retrato íntimo escrito por un hombre enamorado de su profesión que ve a las humanidades marchitarse cada día. Ésta es la lectura que más me gusta.  




[1] Schumacher, Dear Committee Members, 37.
[2] Ibid., 137.
[3] Ibid., 85.
[4] Ibid., 38.
[5] Ibid., 98.
[6] Ibid., 88.

lunes, 7 de septiembre de 2015

¿ESTÁ UPRIMNY PROMOVIENDO LA IMPUNIDAD?

En un artículo reciente, (para leerlo, presione aquí) el tratadista Rodrigo Uprimny cuestiona a quienes creemos que se debe acudir a la Corte Penal Internacional ante la persecución que se ha dado a los colombianos en Venezuela. A favor de su posición, Uprimny propone tres argumentos: 1) No hay bases jurídicas sólidas, porque los requisitos para que las deportaciones sean delitos de lesa humanidad no se cumplen. 2) Es un acto de consecuencias políticas problemáticas, porque “haría mucho más difícil una solución pacífica y diplomática” y 3) Porque de hacerlo, sería igual que “invitarla [a la Comisión] a que también intervenga en Colombia.”
Uprimny no desarrolla en profundidad el argumento jurídico, porque, con razón, sostiene que una columna no es espacio suficiente para explicar su punto de vista. Su segundo y tercer argumento tampoco lo desarrolla más de lo ya referenciado.
Así las cosas, es difícil discutir la posición de Uprimny. No obstante, supongamos que Uprimny tiene razón en sus dos primeros argumentos. Es decir, aceptemos que es verdad (lo que no creo) que no se configura un delito de lesa humanidad y que la denuncia agravaría las cosas con Venezuela ¿Tendría razón Uprimny?
Piénsese por un momento, en lo que se basan los argumentos de Uprimny y que él no dice, o no quiere decir en su artículo: La impunidad es más importante que los derechos de las víctimas. Lo sostiene de forma implícita cuando afirma que por razones políticas no debe demandarse a Venezuela por los crímenes de Lesa Humanidad y lo dice, de forma mucho más explícita, cuando sugiere que es negativo que la Corte Penal Internacional intervenga en Colombia.
¿Por qué sería negativo que la CPI intervenga en  Colombia? Recuérdese que la CPI sólo lo hace en casos de genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, y que la Corte sólo interviene cuando no ha habido justicia respecto a los crímenes cometidos. En conclusión, lo que sugiere Uprimny es que no invitemos a la Corte a intervenir en Venezuela, para que no se juzguen los delitos de lesa humanidad cometidos en Colombia. Así de simple.
Imagínense una posición similar, ante un caso parecido. Un presidente de derecha está haciendo un pacto con varios grupos paramilitares, en el que parece, así todo lo indica, se acordará alguna forma de perdón para los graves delitos cometidos por esos grupos. El presidente de Venezuela decide expulsar a los colombianos, en la misma forma que Maduro lo está haciendo con nuestros compatriotas hoy en día. En esas circunstancias, un pensador escribe diciendo que no debería acudirse a la CPI porque de pronto vienen a Colombia ¿Cuál sería la posición de Uprimny ante ese pensador? ¿No se escandalizaría ante la soslayada defensa de la impunidad que está proponiendo el hipotético escritor?
A todas estas, uno se pregunta, ¿Importa tan poco el derecho a la verdad, la justicia y la reparación para Uprimny que prefiere que estos derechos sean vulnerados para mantener tranquilo al vecino dictador? ¿Diría lo mismo si víctimas y victimarios fueron diferentes? ¿Sugiere Uprimny que los derechos de millones conculcados en los últimos años de guerra fratricida deben seguir sin reparación por consideraciones políticas? En otras palabras, ¿Son tan insulsos los derechos humanos para Uprimny que considera que el cálculo político determina que tanto deben o no protegerse los derechos fundamentales de las personas? La verdad es que la brillante y, en muchas ocasiones valerosa, carrera académica de Uprimny sugiere todo lo contrario. Por eso yo, al menos, me escandalizo con su último artículo ¿Ustedes?

sábado, 29 de agosto de 2015

LAS TESIS DE LA IZQUIERDA COLOMBIANA Y LA CRISIS CON VENEZUELA

A continuación, verán un análisis de las tesis defendidas por la mayoría de pensadores de izquierda en Colombia respecto de la crisis en Venezuela. En letra cursiva se podrá leer mi comentario.

Primera: Hay que rechazar los vejámenes que han sufrido los colombianos en la frontera. Esta afirmación va a acompañada de una crítica a las acciones de la guardia venezolana, pero jamás implica un rechazo a las políticas de Maduro.
Imagínense que un italiano dijera, “los crímenes cometidos contra los judíos fueron horrendos y hay que respetar sus derechos, pero respaldamos a Hitler, porque ha sido muy importante para el desarrollo de la paz en nuestro país.” O, si la comparación con Hitler no convence, imagínense alguien opinando sobre la caravana de la muerte de Pinochet, Claro que eso de torturar y asesinar está mal, apoyamos a las víctimas, pero debe reconocérsele a Pinochet su lucha por la libertad de mercado.
Si usted no está de acuerdo con las anteriores tesis, entonces también debe rechazar la posición primera de la izquierda respecto a lo ocurrido en Venezuela. No se puede censurar violaciones sistemáticas a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad, y luego justificar a quien es el directo responsable de ellas. Por lo demás, decir que Maduro ha contribuido a la paz, mientras comete delitos de lesa humanidad es afirmar que los derechos humanos no son importantes, que lo que haya hecho o no Maduro en la Habana justifica cualquier violación a los derechos humanos de los colombianos.
Segundo: Es cierto también que existe presencia de paramilitares en la frontera y contrabando. Piedad Córdoba, incluso, ha llegado a decir que la raíz de todo el problema es el contrabando.
En otras palabras, porque hay algunos colombianos que son paramilitares debe expulsarse a todo colombiano que vive en la frontera ¿Dónde está el respeto por el debido proceso? ¿Por qué si el gobierno venezolano tiene pruebas sobre la presencia de paramilitares en el territorio no los judicializa? Si no las tiene, por qué los expulsa. ¿Está acaso la izquierda en contra de la presunción de inocencia y el debido proceso? Además, en que contribuye a disminuir la presencia paramilitar la deportación de niños y ancianos? ¿Son todos los deportados cómplices del paramilitarismo? ¿Y qué de los venezolanos? ¿Cuál es el papel de la Guardia Venezolana en todo este asunto?
Pero incluso, si todos los colombianos deportados fueran paramilitares, ¿Justifica eso que se les haya destruido con buldóceres sus casas y viviendas? ¿Tiene derecho el gobierno venezolano a destruir la vivienda de una persona, por ser criminal? ¿Permite esta acción la Constitución venezolana?
Ahora bien, ¿se soluciona el problema del contrabando deportando colombianos? ¿No es lo lógico pensar que continuará el mercado negro con otros agentes y por otras rutas? De nuevo, ¿se justifica cometer crímenes de lesa humanidad para disminuir el contrabando entre los dos países? ¿Tan pobre es la noción de derechos humanos para Piedad Córdoba?
Por último, ¿quiere decir el gobierno que los colombianos que están en su país que tienen asilo político y que fueron deportados son paramilitares? ¿No son acaso ellos personas protegidas según el derecho internacional?
Tercero: Lo que pasa en Venezuela está mal, pero en Colombia ha habido peores desplazamientos y nadie ha dicho nada.
Cierto. Colombia tiene una larga lista de desplazamientos. Aun así, la comparación es odiosa por varias razones. Un mal no justifica otro mal. En lugar de criticar a quienes nos escandalizamos con los crímenes de Maduro, la izquierda debería celebrar que por fin estamos prestando atención a una población tan vulnerable. Lo contrario es decir que jamás podrá escandalizarse por la comisión de un derrito tan horrendo, porque en el pasado jamás nos hemos escandalizado. Una clara falacia de la tradición es este tipo de argumento.
En segundo lugar, porque pese a todos los problemas, el Estado Colombiano sí ha reconocido el crimen que es el desplazamiento. De hecho, dispone del más ambicioso plan de reparación de víctimas y restitución de tierras en el mundo. Obvio, dados los actores del conflicto, este es un proceso muy lento, uno en el cual han caído muchos líderes inocentes. Aun así, es importante reseñar que una cosa es una acción defendida, promulgada por el presidente (la ilegal deportación de colombianos), otra muy diferente los delitos cometidos en contra de la ley colombiana, así en muchas ocasiones estos delitos hayan sido cometidos en connivencia con miembros de la fuerza armada.
En tercer lugar, porque la guerrilla también ha desplazado, sin embargo, son los mismos líderes de la izquierda quienes han callado este tipo de crímenes y han defendido la impunidad de sus perpetradores. Así las cosas, pareciera que, una vez más, el problema para Piedad Córdoba, para Cépeda y demás, no es el desplazamiento, sino quién lo hace. Si es un gobierno amigo, es un mal menor, si es uno contrario, es una violación clara a los derechos humanos. Este criterio es a todas luces indefensible.

La posición de la izquierda colombiano respecto de la crisis venezolana, como dije en un anterior escrito, en el fondo no sorprende. Es la misma que calló frente a los múltiples crímenes cometidos por los Castro, la misma que se calla frente a la destrucción de la selva ecuatoriana por parte de Correa, la misma que cree que un tipo que fusiló a sangre fría a centenares de civiles es un gran caudillo. Ya sabemos que esperar de la izquierda, ahora que no nos vengan disfrazados de ovejas a decirnos que ellos sí luchan por los derechos humanos, porque ya los conocemos, ya sabemos que ellos sólo importan si son conculcados por sus enemigos políticos. 

viernes, 28 de agosto de 2015

Cepeda y los Derechos Humanos

El mensaje de Cepeda en estas declaraciones a la FM, (Para escuchar, presione aquí) es claro. Hay que ir a acompañar a los desplazados de Cúcuta, porque sus derechos han sido pisoteados. No obstante, el gobierno venezolano tiene derecho a desplazar, destruir la propiedad, perseguir, y demás vejaciones, porque hay mucho paramilitar colombiano en Venezuela y otros países. La defensa, no soterrada, del gobierno venezolano es tal que Cepeda, incluso, no es capaz sino de alabar las virtudes de Lozano, un periodista que sin ambages manifestó: “Mi saludo fraterno a Nicolás Maduro y mi apoyo incondicional a la revolución bolivariana. Unamos fuerzas en defensa de la patria de Bolívar.”

En conclusión:
1.       A Cepeda sólo le importa censurar a los violadores de los derechos humanos si ellos son sus enemigos políticos.
2.       A Cepeda le parece bien que se vulneren los derechos humanos de los colombianos en otros países, porque, él cree, hay mucho paramilitar colombiano fuera del país.
3.       A Cepeda le parece bien poner en juicio el nombre de todos los colombianos que vivimos en el exterior
4.       A Cepeda no le parece que haya nada censurable en el accionar del gobierno Maduro.


¿Esos son los líderes que la gente cree defienden los derechos humanos y se preocupan de verdad por el bienestar de los que más sufren? ¿No parece Cepeda más preocupado en defender los intereses de Maduro que los de los colombianos?

jueves, 27 de agosto de 2015

La Izquierda y los Derechos Humanos

En América Latina, la izquierda calló frente a los innumerables crímenes de los Castro en Cuba: la persecución de los homosexuales, el encarcelamiento a los opositores políticos, las sistemáticas violaciones a la libertad de locomoción (¿puede una transitar sin salvoconducto en la isla? ¿Puede abandonar un cubano su país cuando desee?) y expresión, las nefastas condiciones de las prisiones en la isla, la pena de muerte, la constante represión en contra de la libertad de empresa, el nepotismo, la perpetuación en el poder de una misma familia. La izquierda jamás denunció los crímenes cometidos por las FARC, el secuestro de millones, el reclutamiento forzado de menores, las minas antipersonales que destruyen la vida de miles de campesinos y sus hijos, los atentados con bombas en los que han muerto miles de civiles, el derramamiento de crudo en las cuencas hidrográficas que ha destruido la fauna colombiana, el asesinato de líderes indígenas y campesinos. El símbolo de la izquierda es un brutal guerrillero, el Ché Guevara, famoso por asesinar a cientos sin juicio previo luego del triunfo de la revolución. Aun así, todavía hay quien cree que las causas justas son patrimonio de la izquierda. Los derechos humanos han sido defendidos por los movimientos liberales, no por la izquierda. Lo sucedido en Venezuela es sólo uno de tantos episodios en los que los partidos de izquierda se han alineado con el poder y en contra de los realmente oprimidos. 

sábado, 22 de agosto de 2015

PÓNGASE SERIO: NO VOTE

Eso que muchos llaman democracia, que muchos creen es la voluntad del pueblo soberana expresada en cruces hechas a papeles, en Colombia  no es más que una farsa, una graciosa y ramplona farsa.
¿No me cree? Basta que preste atención a cada uno de los partidos políticos que hoy en día se disputan las alcaldías y gobernaciones del país, y verá que tengo razón en lo que digo. Empiece con el verde, un partido fundado entre tres exalcaldes de Bogotá para luchar contra la corrupción que, según ellos, reinaba en el anterior gobierno y que continuaría en el nuevo. Impulsados por el carisma de los tres burgomaestres, una ola verde se apoderó de Colombia y empezó a hacer creer que una opción diferente era posible. Hoy, a sólo unos pocos años de su fundación, ninguno de los alcaldes hace parte del partido político. Garzón se hizo nombrar por el candidato a quien antes soslayadamente tildaba de corrupto, ahora tiene una importante oficina en el gobierno, aunque nadie conoce a ciencia cierta cuáles son sus funciones. Peñalosa se cansó de criticar al gobierno de Uribe con “No todo vale” para luego abrazarlo y compartir con el ex presidente la peor coreografía en la historia de Colombia. Mockus descubrió que él no sería el perenne candidato de los verdes y decidió apoyar a la matemática Parody para la alcaldía de Bogotá. Indignado por el apoyo de Uribe al candidato de los verdes, Mockus comenzó a contratar con Santos, el mismo candidato al que había acusado (de nuevo, soslayadamente) de comprar votos con el programa de familias en acción. Hoy el partido verde tiene como máximas figuras a Claudia López, una politóloga que se desgañitó vinculando al gobierno de Uribe con el paramilitarismo, al tiempo que postulaba como mejor opción para Colombia a quien sólo unos meses antes había sido aliado político del ex presidente. Callar las denuncias vale, si se pueden percibir réditos políticos. El otro líder del partido verde es un gobernador cuyo mayor logro ha sido hacerle creer a los antioqueños que son los más educados (Una tarea no muy difícil, sin duda), a pesar de que ningún indicador serio así lo indica y mientras destruye los derechos laborales de los profesores pensionados de la Universidad de Antioquia.
¿Y qué decir del partido de la U? Empiece por preguntarse qué es el partido de la U, ¿Qué ideas aglutinan a personajes tan camaleónicos como Roy Barreras y Armando Benedetti? La U. que antes significaba Uribe, ahora significa unidos por la burocracia, porque es lo único que en realidad explica la existencia del partido. Los de la U. que antes eran uribistas, ahora son santistas y en el futuro serán Vargas Lleristas o Zuluagistas o cualquier istas que les pueda ofrecer mejores cuotas burocráticas y cupos indicativos.
Y si por la derecha llueve, por la izquierda no escampa. La gran figura del Polo para las elecciones de Bogotá es la secretaria de gobierno de uno de los alcaldes más corruptos de la historia de un país que, como Colombia, está llena de políticos corruptos. Clara, o es idiota o es corrupta. No hay otra posibilidad. O era la única de los millones de bogotanos que no sabía lo que hacía Samuel, o sabía y con complicidad callaba. Exagero, no callaba, gritaba, argumentaba, hacía lo posible para defender a Samuel ¿Acaso no recuerdan cómo iba a la Cámara a defender a Samuel cada vez que al alcalde le daba miedo poner la cara en uno de los tantos debates que le hicieron? Para acabar de ajustar, en una muestre de su talante, Clara se ha aliado con Samper para las próximas elecciones en Bogotá. Samper, ¿no se acuerdan los colombianos (diré, los latinoamericanos) del ocho mil? Samper, el presidente que entró a la historia por hacerle creer al congreso que no sabía nada de los millones de dólares que los narcotraficantes le regalaron a cambio de dádivas durante las elecciones, el mismo político al que cuanto extraditado del Cartel del Norte del Valle señala, pero al que la amnesia de los colombianos ha exonerado.
No crean que el partido conservador está mejor. Los conservadores, incapaces de elegir un candidato propio para la alcaldía, han decidido apoyar a quien pueda ser elegido,así sea del Polo, porque así se garantiza lo único que realmente importa: la cuota burocrática. No es la primera vez que lo hacen, en las pasadas elecciones, se dividieron entre quienes apoyaron a Martha Lucía y quienes se dieron cuenta que perderían sus beneficios si se decantaban por una candidata que no sería presidente. Por eso, ahora también, muchos de ellos apoyan sin complejos a Clara López. El partido conservador es, sin duda, una versión pequeña y diezmada del partido de la U.
Por no hablar del Centro Democrático. El candidato del partido para la gobernación de Antioquia es el hijo de uno de los más perniciosos políticos en la historia del departamento, un gamonal corrupto que cooptó  por años la Salud en Antioquia y obligó a cuanto profesional de la salud existía a votar por él para obtener un puesto. En una de sus propagandas, Guerra afirma que, “Las políticas públicas concentraron la población en el área metropolitana,” como si no hubiera desplazamiento interno, como si no hubieran sido los millones que tuvieron que irse a las ciudades perseguidos por el fuego asesino de guerrilleros y paramilitares. Un candidato que niegue así la historia de su país, no merece ser elegido.
Esa farsa que son las elecciones ha servido para justificar el gobierno de peligrosos orates como Marudo, de fanáticos invasores, como Bush (Y lo eligieron dos veces… bueno, al menos una), de profesionales de la mafia como Berlusconi, de doctorados en escándalos, como la Fernández.
Usted creerá, como muchos otros, que usted sí elige a conciencia, que usted sí sabe lo que hace, que usted sí sabe por quién vota, porque, quizás, usted lee los programas políticos, se entera de lo que dicen los noticieros y tiene algún conocimiento especial por lo que le ha contado un amigo. Se equivoca, lo que de verdad sucede en la democracia pasa tras bambalinas, en la oscuridad de las habitaciones en las que se financian las campañas, en la complicidad perniciosa de las millonarias donaciones con las que se compran los políticos. De eso, ni usted, ni yo sabemos. Su voto es una elección ciega, un tanteo en oscuras, un mensaje en una botella perdido en océanos de corruptos.

Para que la democracia sea democracia hay que dejar de votar y volver a lo que era. A la participación directa ciudadana, a los debates en los barrios por el presupuesto, a la intervención decidida de los ciudadanos en las esferas que sí conocen, sobre las que sí los afectan. Y, para escoger a los gobernantes, hay que volver a la solución griega, hay que dejar que el azar y no los votos sean los que elijan. Le aseguro que la diosa fortuna nos traerá malos gobernantes, pero muy seguramente no tan malos como Clara López, o Guerra Hoyos, o Donald Trump, o tantos otros. 

lunes, 17 de agosto de 2015

FABRA SOBRE HART

Jorge Luis Fabra es, sin duda, uno de los autores más interesantes en la teoría jurídica colombiana contemporánea. A pesar de su corta edad, el profesor Fabra cuenta con una ya larga lista de publicaciones y trabajos innovadores y profundos sobre la materia. En este año, por ejemplo, coeditó para la UNAM, la Enciclopedia de Filosofía y Teoría del Derecho, obra que cuenta con los aportes de teóricos de la talla de Verónica Rodríguez Blanco, John Gardner, Miguel Atienza, Tony Honoré, Horacio Spector, Arthur Ripstein, Roberto Gargarella y Wil. Waluchow.  Por si fuera poco, en compañía de Leonardo García, también este año editó un libro sobre teoría constitucional contemporánea en el que se encuentran textos por primera vez traducidos al español de autores tan importantes como Jürgen Habermas, Sanford Levinson, Larry Alexander, Neil McCormik y Anne Peters.
Sus contribuciones al pensamiento jurídico, sin embargo, no se limitan a la teoría del derecho. Fabra ha realizado investigaciones en materia de responsabilidad extracontractual. Fruto de ellas es su artículo, “Filosofía de la responsabilidad extracontractual: un llamado al debate,” y el libro, “La filosofía de la responsabilidad civil,” editado por él y Carlos Bernal Pulido para la Universidad Externado de Colombia.
Jorge Luis Fabra es, sin duda, uno de los autores colombianos que mejor conoce la obra de H.L.A. Hart, no sólo por sus dedicados y fructuosos estudios, sino por tener el honor de tener como profesor y supervisor de tesis a Wil Waluchow, el último alumno a quien Hart le dirigió una tesis doctoral. Por esta razón, y aprovechando la siempre disposición a la discusión académica y teórica que le caracteriza, le solicité al profesor Fabra que me contestara algunas preguntas sobre la obra de Hart. La entrevista es reproducida aquí en su totalidad:

1.      Andrés Molina: ¿Cuál cree que ha sido el mayor aporte de Hart para la filosofía del derecho?
Jorge Fabra: Sin ninguna duda el mayor aporte de la filosofía de Hart está en su teoría analítica del concepto de derecho, por encima de otros grandes aportes, como jurisprudencia normativa, su defensa del liberalismo, su teoría de la justicia y sus aportes en derecho penal. Las razones son bien conocidas. Su teoría del concepto de derecho, con todo y sus problemas, permanecen aún sin rival (tal vez solo es comparable Kelsen) en su rigurosidad, poder explicatorio y simplicidad. Pero de forma más importante, Les Green está en lo correcto en su diagnóstico de que esta teoría fue Hart quién que fijó la agenda y la terminología de la filosofía del contemporánea, convirtiendo el estudio de la filosofía del derecho en algo mucho más serio de lo que ya era.
Sin embargo, el valor de Hart debe matizarse. En mi concepto, lo más importante son las preguntas que se hace y como se las formula, no las respuestas en sí. La respuesta Hartiana –en especial, en concepto central de “regla de reconocimiento”- no se encuentra totalmente elaborado y sufre de cierta ambigüedad. En ese sentido, debemos decir que el mayor aporte de Hart es metodológico, antes que substantivo.
2.      ¿Hart o Dworkin? ¿Ha sido o no superado el debate?
El famoso debate Hart-Dworkin no existió. Endicott dijo alguna vez para que existiera un desacuerdo real, debería haber acuerdo en lo que están debatiendo, y ciertamente, este no es el caso entre Hart y Dworkin. Como muchos han sostenido, que el proyecto de ambos es demasiado diferente como para haber un desacuerdo: Mientras que Hart buscaba indagar el concepto de general (no atado a ningún sistema jurídico particular) y descriptivo (un análisis conceptual del derecho que no dependa de un ejercicio de teoría política), Dworkin busca ofrecer una teoría normativa (es decir, ver la filosofía del derecho como un caso especial de la filosofía política y moral) que está dirigida a un tipo de sistema jurídico particular (en especial, proponer una teoría de los derechos en Estados Unidos). Son dos proyectos diferentes y en ningún modo excluyentes o contradictorios –a pesar de lo que Dworkin dice en contrario.
Pero si lo que se entiende por el debate es Dworkin intentó en poner en jaque a la concepción de Hart, creo que Hart es el indiscutible ganador. Dworkin en teoría del derecho se ha hecho tristemente famoso por tergiversar las visiones de sus oponentes,  convertirlas en posiciones implausibles y luego criticarlas. Y con Hart no es la excepción. Dworkin ciertamente ataca un positivismo, pero este no es el de Hart ni la mayoría de los positivistas. En cierto sentido, gran parte del debate entre los positivistas no ha tratado de responder a Dworkin, sino de aclarar puntos obscuros del planteamiento original. Lo que no fue respondido por Hart, fue ciertamente respondido por otros como Waluchow, Coleman y Kramer.
Sin embargo, creo que este debate debemos mandarlo a recoger. Ha llegado un momento estéril, en el que todas las posiciones posibles han sido debatidas aquí, y poco se está aportando sobre el conocimiento del derecho. Existe una inmensidad de temas que deben ser explorados, y así, debe modificar la triste agenda de la filosofía analítica durante los últimos cincuenta años.
3.      ¿Cree usted que todavía es necesario leer la obra de Hart en las facultades de derecho? ¿Por qué?
No veo alguna razón por la cuál no habría de hacerse. El problema es que aún en muchos lugares no se hace o cuando se lee se lee mal. Ejemplo de los primeros son muchos cursos de filosofía del derecho donde se derecho tristemente son unos tomos desactualizados y la filosofía del derecho se acaba en Kelsen. O peor aún, aún existen muchos facultades en Latinoamérica donde la filosofía del derecho es algo secundario y personas sin ninguna formación. Afortunadamente cada vez son menos, pero, tristemente, aún son comunes.
En otros lugares, se utiliza una interpretación de Hart tan inverosímil como falsa: se dice que Hart fue un formalista, que Hart sostenía que el derecho es la ley, que desconocía el valor de la moral, que ve al derecho simplemente como un modelo de reglas basados en consenso, o como un conjunto de hechos duros. A estas interpretaciones valdría la pena que algunas vez leyeran El Concepto de Derecho pues todas se encuentran textualmente refutadas.
No estoy diciendo que Hart sea incuestionable o la cumbre de la filosofía del derecho. El Concepto es un libro de su tiempo, escrito para hace medio siglo con filosofía de hace medio siglo. Además, en los aspectos cruciales está plagado de inconexiones e incoherencias –cuya clarificación ha tomado ríos de tinta por sus seguidores, además de malas lecturas (por ejemplo, de los iusnaturalistas, de Kelsen y los realistas).
Mi opinión es que sencilla: El Concepto es s uno de los varios textos fundamentales de la teoría del derecho y va a seguirlo siendo por un bueno tiempo. En una palabra, El Concepto de Derecho, es y debe seguir siendo una lectura de un curso de filosofía o teoría del derecho –se esté o no de acuerdo con él. 
4.      ¿Es importante leer a Hart en países con estructuras y pensamientos jurídicos tan diferentes al inglés como Colombia?
Hart tuvo éxito en presentar una teoría del derecho que es “general y descriptiva” como la intentó. Desde su concepción, no había nada que estuviera dirigido o a una tradición jurídica particular, en especial, nada que lo ate al common law. La teoría de la unión de reglas primarias y secundarias opera por el igual para sistemas jurídicos antiguos (como el derecho romano), modernos (como el sistema jurídico colombiano), occidentales y no occidentales. En todos podemos identificar los elementos centrales señalados por Hart. Creo que es justo decir que su única intención fue presentar una serie de verdades básicas que tienen una aplicación casi universal.  Por ello, no veo como tener una estructura o pensamiento jurídico diferente al inglés sería una objeción para estudiar a Hart.  
El verdadero reto para Hart no está la división entre derecho anglosajón y continental. Como es una teoría que pone el sistema jurídico del Estado-Nación como el caso paradigmático de un orden jurídico –el derecho internacional y el derecho primitivo quedan solamente como casos periféricos; el verdadero reto de la teoría hartiana es explicar los diferentes fenómenos que se dan por fuera de los sistemas jurídicos estatales. Buenos ejemplo de esta perspectiva es el problema del pluralismo jurídico, los ordenes supranacionales (como la Unión Europea) y el derecho internacional. Todos estos ponen en jaque la idea regla de reconocimiento, la misma división entre funcionarios y ciudadanos tan central para el modelo Hartiano . En mi opinión, todos los intentos de “internacionalizar” a la regla de reconocimiento –el principal elemento de la teoría de la validez de Hart distan de ser exitosos. Hart, y en verdad, todo el positivismo analítico, encuentran aquí un gran reto.  
Un comentario final. La teoría jurídica latinoamericana debe leer a Hart como uno de sus autores más representativos de un modo de hacer teoría jurídica, al igual que debe leer a Aristóteles, Aquino, Kant, Montesquieu, Hobbes o Kelsen. Además, debe leer al igual que debe García Maynes, Recasens Sichés, Nino y otros grandes autores de nuestras latitudes. Una de las grandes deudas es una filosofía jurídica latinoamericana es formar su propio perfil. Aquí no me refiero a la parte que es “general y descriptiva” de la filosofía del derecho, sino al abordaje normativo – moral – político desde nuestra propia identidad jurídica. Este es un reto diferente  y aquí Hart solo podría mostrar un estándar con estándares de calidad y rigurosidad académica, pero sus visiones son poco útiles.


sábado, 1 de agosto de 2015

PARA ELEGIR A UN BUEN DECANO

Alguna vez, un sacerdote amigo me contó una historia sobre la elección del capellán de un exclusivo colegio en Bogotá.  En aquella ocasión, las madres acudieron ante el Arzobispo de la ciudad y le exigieron que el nuevo capellán debería reunir una larga lista de cualidades. Abrumado con las exigencias que le hacían, el arzobispo contestó: “Si encuentran alguien así, me lo traen, yo lo nombro sacerdote y lo hago capellán de inmediato.”
La verdad es que uno espera tanto para quienes ama, que las más de las veces uno tiene que contentarse, mas no alegrarse, con las rutas que para ellos traza el destino.  Quizás por esta razón, los padres esperan casi siempre que sus hijos encuentren una pareja mejor que la tiene, un trabajo más rentable, o una vida más cercana a la de sus sueños.
Esto me sucede, por ejemplo, con el decano de la Facultad de Jurisprudencia de mi alma máter, la Universidad del Rosario. Yo desearía, por ejemplo, que él fuera un gran académico, una persona que hubiera contribuido, de alguna u otra forma, al desarrollo del pensamiento jurídico en el país, que hubiera escrito libros o artículos, y que estos no fueran, como en muchas ocasiones, una ramplona exposición de ideas foráneas mal traducidas a la realidad colombiana, sino productos de investigaciones concienzudas y serias.
También me gustaría que fuera un buen docente, uno capaz de comunicar los más difíciles conceptos de forma cercana y amena, uno con el ingenio suficiente para acercar la, en ocasiones, lejana teoría a la realidad práctica que viven los abogados día a día. Uno que no sólo dé buenas lecciones sobre importantes doctrinas, sino que enseñe, practique y profese la virtud, como sugería Antonio Rocha Alvira .
Además, por ser el Rosario, me encantaría uno que no sólo recordara, sino que viviera las obligaciones éticas que para con la sociedad tienen quienes ejercen la abogacía y que plasmó en la definición del Colegio, el fundador, Fray Cristóbal de Torres. Uno con un firme compromiso con la verdad y con la justicia, con el corazón siempre atento para defender a quienes más lo necesitan, uno que sepa que el fin de lucro jamás será más importante que el respeto y promoción de los derechos de todos los individuos.
Finalmente, me encantaría que fuera una persona alegre, una que con su humor hiciera más llevadera la, en ocasiones, difícil realidad que nos rodea. Uno que fuera amable con todas las personas, que jamás niegue un saludo, que siempre tenga un comentario acertado y positivo, que, en una palabra, trate con respeto a todos los que le rodean.
Imagino que ahora, al igual que el arzobispo interpelado por las madres del exclusivo colegio bogotano, dirán que esa persona no existe, que si existiera habría que nombrarlo de inmediato decano de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario. La verdad es que ya no hay necesidad de hacerlo. Una persona con semejantes cualidades existe, se llama Juan Carlos Forero y, gracias al gran acierto del señor Rector José Manuel Restrepo, desde el 28 de julio, es el nuevo decano ¡Enhorabuena!


martes, 21 de julio de 2015

Imaginando 118 días (A propósito de "Rosewater" de John Stewart, 2014)

En el año 2009, mientras hacía un reportaje especial para la revista Newsweek sobre las elecciones en Irán, Maziar Bahari confesó que era un espía en una entrevista a Jason Jones para el Daily Show. Cualquiera que conozca a Jones y al programa presentado por John Stewart, el famoso cómico del canal Comedy Central, sabrá que todo se trata de una parodia, de un buen chiste político para, quizás, el público más liberal de los Estados Unidos. El problema es que nuestras palabras no siempre toman el curso que esperamos y lo que era un simple chiste terminó convertido en evidencia en contra del reportero, una más de las que lo llevarían a estar recluido en solitario por 118 días. Compungido por el sufrimiento que causó de forma indirecta a Bahari, John Stewart decidió contar la historia del periodista iraní en su primera película, 118 días.
 Bahari (Gael García Bernal, en la película), sin duda, no sólo fue arrestado por el malentendido causado por la broma del Daily Show. Su principal  crimen fue filmar y difundir los atropellos cometidos por el gobierno de Mahmoud Ahmadinejad durante la famosa revolución verde. Por eso, Stewart hace bien en comenzar la película contando de nuevo la historia de cómo el gobierno iraní persiguió con violencia a quienes reclamaron en contra del fraude en las elecciones que permitieron a Ahmadinejad derrotar al liberal Hossein Mousavi. En unos breves minutos, de la mano de Bahari y de quien lo guiará a través del movimiento verde, Davood (Dimitri Leonidas), uno se entera de las luchas por elegir un nuevo gobierno, de los intentos por tener una sociedad más libre, una en la que las antenas satelitales no tengan que esconderse de la inquisidora mano del gobierno.
La historia de las elecciones en Irán es, sin embargo, sólo un breve prólogo al verdadero tema de la película: la heroica forma en la que Bahari sobrevivió 118 días de encierro y tortura física y sicológica. Porque lo verdaderamente interesante, aquello que hace a 118 días una película digna de ser vista, es el íntimo y bello relato de Bahari en la cárcel, la historia de un hombre que logra vencer a su torturador a partir de dejarse perder por los recónditos e interminables recovecos que la imaginación crea cuando la dejamos libre.
Al igual que Selma (Björk) en Dancer in the dark, o Pi Patel (Suraj Sharma) en Life of Pi, Bahari sobrevive a los más momentos más difíciles de su vida tergiversando la realidad, soñando, imaginando que su celda no era un solitario espacio de reclusión, sino un extraño punto de encuentro con su padre (Haluk Bilginer) y su hermana Moloojoon (Shohren Agdshloo). Son ellos, los fantasmas de sus familiares que también sufrieron el infortunio del encierro, los que lo aconsejan y le enseñan cómo sobreponerse a la soledad, a los golpes y, lo más importante, como mantener la esperanza intacta durante las horas más oscuras de nuestras vidas. De la mano de la imaginación, Bahari baila con su esposa al ritmo de o Dance me to the end of love, inventa fantásticas historias sexuales que seducen a su torturador, Rosewater, sueña el reencuentro con su esposa.

Rosewater es no sólo el nombre de la película en inglés, sino el que Bahari inventa para su torturador (Kim Bodnia). Es curioso que el título del filme no sea el del héroe, sino el del villano. La razón quizás está en que en ese imaginativo acto de nombrar, de atribuir una palabra para llamar a una cosa, o a un hombre, está el secreto de ganar la guerra. Por eso, también, los regímenes represivos persiguen tanto a los artistas. Ellos tienen un poder contra el que ni la cárcel ni la tortura pueden.