domingo, 18 de enero de 2015

A favor de la Blasfemia

Varios analistas que han comentado la tragedia de Charlie Hebdo concluyen que esta revista cometió un grave error al burlarse de una religión, al ridiculizar lo que para muchos es sagrado. El Papa Francisco, por ejemplo, afirmó: “En aras de la libertad de prensa no se puede ofender la fe de los demás.
Es muy difícil estar en contra del Papa cuando pensamos en aquellas creencias que más estimamos, eso que consideramos es lo más sagrado, a lo que nunca, por ningún motivo, nos atreveríamos a renunciar. No obstante, la validez del argumento comienza a desvanecerse cuando analizamos lo que otros han entendido como sagrado a lo largo de la historia.
Pensemos, por ejemplo, en la Alemania Nazi ¿No creían los nazis que su amor por Alemania, su desprecio por lo que no era ario, su veneración por las palabras de su Führer eran sagradas? ¿No era necesaria la burla que Chaplin hiciera de Hitler y el Nazismo en El gran dictador? ¿No contribuyó ese filme a desmitificar a un líder que enceguecía a tantos con sus discursos de odio y muerte? ¿No se equivocaron los Estados Unidos al censurar la película?
No pretendo comparar al Nazismo con el Islam. Una terrible pesadilla de millones de víctimas separa a la religión del movimiento político. Lo que quiero afirmar, por el contrario, es que el irrespeto a lo que otros consideran sagrado, el derecho a blasfemar, puede ser un importante instrumento en contra de movimientos políticos y religiosos que muchas veces aglutinan a peligrosos fanáticos.
Déjenme dar un ejemplo más contemporáneo. Cada semestre, en mis clases de filosofía, encuentro estudiantes que, debido a sus creencias religiosas, niegan la teoría de la evolución, la eficacia de las vacunas y el calentamiento global. En ocasiones, he escuchado a mis alumnos decir que la ciencia está equivocada, porque no hubo testigos del Big Bang, o porque comete el terrible error de “sobre cientificar todo” (La verdad, jamás he entendido qué quieren decir con eso de “sobre cientificar”).
¿Ante semejante sarta de disparates y mentiras, no es oportuno blasfemar un poco? ¿No es útil burlarse de quien niega el calentamiento global y con su estulticia contribuye a deteriorar cada vez más el clima del  planeta? ¿No es la ironía una importante herramienta política, capaz de develar las terribles inconsistencias y las exageraciones de credos políticos y religiosos?
Aún más, ¿Por qué sólo los líderes religiosos tienen derecho a atacar todo aquello que desean? ¿Por qué tienen permitido decir que el homosexualismo es una aberración, o un grave pecado, o una incitación al mal, o incluso el responsable de los ataques terroristas del once de septiembre, como afirma, entre otros, el reverendo Falwell? ¿No es acaso la orientación sexual algo sagrado e íntimo de las personas? ¿Acaso sólo lo sagrado en cuanto religioso debe protegerse? ¿Y si es así, por qué?
Yo creo que L. Ron Hubbard y Andrés López tienen derecho a proclamar que Xenu, un terrible dictador de una confederación galáctica, es en últimas el responsable de nuestros males sicológicos, tanto como lo tiene Daniel Samper Pizano para burlarse de los seguidores de la Cienciología. Ratzigner tenía derecho a decir que la homosexualidad era una tendencia intrínsecamente mala, como lo afirmó en la Carta a los obispos sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, así como Fernando Vallejo tiene derecho a afirmar que la Iglesia es una ramera.  
En la burla a Hubbard, López y Ratzinger no sólo está el derecho a la libertad de opinión, como algunos piensan. También está el derecho a informarse, a conocer diversos puntos de vista, a enriquecer nuestra perspectiva para poder acertar, siguiendo a Stuart Mill, en el mercado de la verdad. La sátira a la cienciología puede ser una herramienta eficaz para defender a la siquiatría y a todos aquellos vilipendiados por las mentiras de la cienciología.

En lugar de defender la censura, quienes enarbolan sus armas en contra de la ironía y la sátira, deberían preguntarse, ¿Por qué su fe es tan débil que no soporta ni siquiera el leve ruido de una sonrisa?