lunes, 28 de septiembre de 2015

Querido Miembros del Comité (A propósito de Dear Committee de Julie Schumacher)

Una gran parte de la vida académica en los Estados Unidos se emplea (¿se pierde?) escribiendo y pidiendo cartas de recomendación.  Se piden para ser aceptado en pregrado y postgrado, para acceder a becas, para conseguir empleo, para ser promovido en el empleo; se piden a antiguos profesores, empleadores, amigos y estudiantes.  El genio de Julie Schumacher en su novela Dear Committee Members está, precisamente, en convertir esa monótona y pesada carga de escribir y pedir cartas de recomendación en una apasionante novela.
 Dear Committee Members es la historia de un año de vida de Jason T. Fitger, profesor de escritura creativa en Payne University, narrada a través de sus cartas, en mayoría de recomendación. Come Jason es un profesor de carrera (tenure), en sus misivas se atreve a decir lo que muchos profesores pensamos y callamos en la Academia estadounidense. Opinando sobre los estudiantes, por ejemplo, sostiene: “Student’s lives have been cheapened in ways of which they remain blissfully clueless, because of so much TV.”[1]
Televisión, Facebook, twitter, snapchat… o qué sé yo, pero lo cierto es que los estudiantes cada vez desconocen más todo aquello que esté por fuera de su limitado entorno. Por ejemplo, no es difícil encontrar clases en las que ninguno de los estudiantes sepa quién fue Jackson Pollock, o David Bowie, o Louis Armstrong, o Walt Whitman. Al contrario, conocerán la última canción de Miely Cyrus, de Justin Bieber y creerán—(¡Qué tristeza!) que sus últimas empalagosas canciones son la mayor expresión de arte.
Lo peor, es un mundo en el que todo se dice, pero no se dialoga, no se comunica. Como bien dice Jason, “Such are the communication skills of the up-and-coming generation: they post drunken photos of themselves at parties; they share statuses, they emit tweets and send all sorts of intimate pronouncements into the void—but they are incapable of returning a simple phone call.”[2]
No sólo son los estudiantes a quienes Jason critica. En sus cómicas cartas, como nadie describe el kafkiano mundo de las universidades contemporáneas, ese campo de batalla en el que las humanidades están muriendo aplastadas por la burocracia y la creencia en que la única investigación necesaria es aquella que produce dinero. Haciendo uso de una insuperable ironía, Jason denuncia la falta de fondos para contratar nuevos docentes de planta y para conceder becas a estudiantes, así como la injusta proliferación de profesores de cátedra. Su diagnóstico no sólo es triste, es certero.
Sobre la forma como las universidades estadounidenses cada vez priorizan más las atracciones y los deportes—los profesores mejor pagados muchas veces son los entrenadores de baloncesto o fútbol—Jason observa el terrible daño que esta tendencia genera en los estudiantes: “By starving some departments while building heated yoga studios and indoor climbing walls in others. To afford the amenities inextricably tied to their education, students need wealthy financial backers or a mountain of loans—and so many on-and off-campus Jobs they barely have time to go to class.”[3] O cuando lo hacen, están tan cansados que no pueden prestart atención, añadiría yo.
Jason es tan enamorado de su profesión como crítico de las condiciones actuales de la Academia. Sobre la literatura sostiene, haciendo eco quizás a Nussbaum, “The Reading and writing of fiction both requires and instills empathy—the insertion of oneself into the life of another.” [4] O, en la que quizás sea una de las más bellas defensas del noble arte de estudiar literatura, “The literature student has learned to inquire, to question, to interpret, to critique, to compare, to research, to argue, to sift, to analyze, to shape, to express. His intellect can be put to broad use. The computer major, by contrast, is a technician—a plumber clutching a single, albeit shining, box of tools.”[5]
Dear Committee es, sin embargo, no solo una novela acerca de la vida académica en las universidades estadounidenses, también es un retrato humano e íntimo de un profesor que se siente impotente ante los terribles cambios que sufre su profesión. En sus cartas, no sólo se leen sus mordaces críticas, también se ve su lucha porque su último alumno (Bowles), reciba una beca que le permita terminar su novela y porque las personas a quienes quiere puedan tener una vida profesional digna. En una de sus misivas, Jason suplica para que uno de sus estudiantes no tenga que sufrir el nublado future que le espera:  “I hope you will not consign her to a windowless environment populated entirely by unsocialized clones who long ago abandoned reading and discussion of literature in favor of creating ever more restrictive and meaningless ways in which humans are intended to make themselves known to one another.”[6]
Dear Committee es una novela que puede leerse de muchas formas, como un testamento del mundo académico estadounidense contemporáneo, como una novela de humor que se burla de las excentricidades de profesores y estudiantes, o como un retrato íntimo escrito por un hombre enamorado de su profesión que ve a las humanidades marchitarse cada día. Ésta es la lectura que más me gusta.  




[1] Schumacher, Dear Committee Members, 37.
[2] Ibid., 137.
[3] Ibid., 85.
[4] Ibid., 38.
[5] Ibid., 98.
[6] Ibid., 88.

lunes, 7 de septiembre de 2015

¿ESTÁ UPRIMNY PROMOVIENDO LA IMPUNIDAD?

En un artículo reciente, (para leerlo, presione aquí) el tratadista Rodrigo Uprimny cuestiona a quienes creemos que se debe acudir a la Corte Penal Internacional ante la persecución que se ha dado a los colombianos en Venezuela. A favor de su posición, Uprimny propone tres argumentos: 1) No hay bases jurídicas sólidas, porque los requisitos para que las deportaciones sean delitos de lesa humanidad no se cumplen. 2) Es un acto de consecuencias políticas problemáticas, porque “haría mucho más difícil una solución pacífica y diplomática” y 3) Porque de hacerlo, sería igual que “invitarla [a la Comisión] a que también intervenga en Colombia.”
Uprimny no desarrolla en profundidad el argumento jurídico, porque, con razón, sostiene que una columna no es espacio suficiente para explicar su punto de vista. Su segundo y tercer argumento tampoco lo desarrolla más de lo ya referenciado.
Así las cosas, es difícil discutir la posición de Uprimny. No obstante, supongamos que Uprimny tiene razón en sus dos primeros argumentos. Es decir, aceptemos que es verdad (lo que no creo) que no se configura un delito de lesa humanidad y que la denuncia agravaría las cosas con Venezuela ¿Tendría razón Uprimny?
Piénsese por un momento, en lo que se basan los argumentos de Uprimny y que él no dice, o no quiere decir en su artículo: La impunidad es más importante que los derechos de las víctimas. Lo sostiene de forma implícita cuando afirma que por razones políticas no debe demandarse a Venezuela por los crímenes de Lesa Humanidad y lo dice, de forma mucho más explícita, cuando sugiere que es negativo que la Corte Penal Internacional intervenga en Colombia.
¿Por qué sería negativo que la CPI intervenga en  Colombia? Recuérdese que la CPI sólo lo hace en casos de genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, y que la Corte sólo interviene cuando no ha habido justicia respecto a los crímenes cometidos. En conclusión, lo que sugiere Uprimny es que no invitemos a la Corte a intervenir en Venezuela, para que no se juzguen los delitos de lesa humanidad cometidos en Colombia. Así de simple.
Imagínense una posición similar, ante un caso parecido. Un presidente de derecha está haciendo un pacto con varios grupos paramilitares, en el que parece, así todo lo indica, se acordará alguna forma de perdón para los graves delitos cometidos por esos grupos. El presidente de Venezuela decide expulsar a los colombianos, en la misma forma que Maduro lo está haciendo con nuestros compatriotas hoy en día. En esas circunstancias, un pensador escribe diciendo que no debería acudirse a la CPI porque de pronto vienen a Colombia ¿Cuál sería la posición de Uprimny ante ese pensador? ¿No se escandalizaría ante la soslayada defensa de la impunidad que está proponiendo el hipotético escritor?
A todas estas, uno se pregunta, ¿Importa tan poco el derecho a la verdad, la justicia y la reparación para Uprimny que prefiere que estos derechos sean vulnerados para mantener tranquilo al vecino dictador? ¿Diría lo mismo si víctimas y victimarios fueron diferentes? ¿Sugiere Uprimny que los derechos de millones conculcados en los últimos años de guerra fratricida deben seguir sin reparación por consideraciones políticas? En otras palabras, ¿Son tan insulsos los derechos humanos para Uprimny que considera que el cálculo político determina que tanto deben o no protegerse los derechos fundamentales de las personas? La verdad es que la brillante y, en muchas ocasiones valerosa, carrera académica de Uprimny sugiere todo lo contrario. Por eso yo, al menos, me escandalizo con su último artículo ¿Ustedes?