jueves, 29 de octubre de 2015

No es Petro, es la izquierda.

Para muchos, fue Petro quien perdió en las pasadas elecciones y no la izquierda. Fue Petro y su obcecada forma de gobierno, su incapacidad de mantener un equipo de trabajo, sus decisiones apresuradas, su incapacidad gerencial, su inhabilidad para dialogar con la oposición y con quienes piensan distinto. “Petro destruyó al Polo,” dicen algunos; “Una oportunidad perdida de la izquierda,” comentan otros, como si el único responsable de la debacle electoral fuera el burgomaestre, un político bien intencionado, con las ideas adecuadas, quien, sin embargo, carecía de las habilidades para hacer una  excelente Alcaldía.
¿En serio? ¿Acaso no se parece Petro a Maduro, a Chávez, a los Castro, a Correa, a los Kirchner, en su desenfrenada tendencia a insultar a todos quienes osaron hacer una crítica? Si Petro hablo de las mafias bogotanas, Chávez de los pitiyanquis, Maduro de los Vendepatrias, Fidel de la oligarquía, Cristina Fernández de los fascistas  y Correa de la derecha conspiradora, por sólo mencionar algunos insultos. Todos se arrogan el derecho de tener la razón de forma exclusiva, por ello, sus gobiernos no tienen críticos sino canallas detractores, opositores sino temibles calumniadores, cuestionamientos sino conspiraciones.
Para asegurar su séquito de seguidores, todos ellos hicieron lo posible para nacionalizar los medios de comunicación, convertir a los medios oficiales en divulgadores de su propaganda y cerrar a todos quienes les hicieran oposición. Si de la mano de Morris, Petro convirtió a Canal Capital en el defensor de su mediocre gobierno, Correa impuso multas infames a quienes se atrevieron a criticarlo en la prensa escrita, Chávez cerró las cadenas de televisión que osaron oponerse al régimen, Cristina Fernández persiguió y demonizó al grupo Clarín por atreverse a criticar su gobierno  y los pocos que hablaron en contra de Castro terminaron en temibles prisiones vedadas a la supervisión de la Cruz Roja.
Y si Petro por poco quiebra a Transmilenio con sus populistas medidas, Chávez y Maduro despilfarraron la mayor bonanza petrolera de la historia, en tanto que Cristina Fernández entregará a una Argentina con una inflación rampante y ad portas de una nueva crisis económica, por no hablar de la recesión que de la mano de Dilma sufrirá Brasil en el próximo año.

Los seguidores en América Latina podrán decir que no, que eso no es la izquierda, que los Castro, Chávez, Maduro, Correa, Petro, Samuel Moreno, Dilma Rousseff, no representan de verdad los valores de esta tendencia política. El problema es que en la infructuosa espera de ese mesías de izquierda se pierden oportunidades maravillosas. Bogotá, por ejemplo, perdió más de una década.

viernes, 23 de octubre de 2015

No, no lo sabes

En un artículo reciente, Iván Gallo, columnista habitual del portal las2orillas (para leerlo, presione aquí) decidió explicar lo que, para él, son las razones equivocadas por las que las personas quieren votar por Peñalosa. En primer lugar, Gallo se va en contra del deseo por acabar el comercio informal en las calles de la capital, “Vas a votar porque te hartaste de esos vendedores ambulantes que atosigan la Séptima…”
¡Qué desalmado son los Peñalosistas por querer acabar con el comercio informal! Sus acciones, al menos para Gallo, son las culpables de que madres solteras, huérfanos, ex drogadictos puedan resocializarse. Claro, lo que Gallo no cuenta, es que las ventas ambulantes destruyen el comercio formal y con él sueldos más dignos, prestaciones sociales y los impuestos necesarios para que el Estado invierta en salud y educación, entre otras cosas. Favorecer el comercio informal no es beneficiar a los estratos más oprimidos de la población, como sugiere Gallo, es fortalecer una red mafiosa que los usa, que se enriquecen de ellos (¿Será que Gallo no se ha enterado de los escándalos detrás de la ventas de minutos para celulares en las calles y de BonIce?) y que termina llevando a la ruina—y a la calle—a cientos de familias que hacen el mayor esfuerzo por hacer comercio de forma legal.
La economía de pesar que favorecen los Gallos (y los Petros, las Claras López), no es una que beneficie a los huérfanos, a las viudas, a los ex drogadictos; es una que convierte al sector productivo en parias, que obliga a los empleados con sueldos y prestaciones sociales a transformarse en habitantes de la calle, precisamente porque sus trabajos no pudieron competir con quienes les hacían competencia de forma más que desleal.
Según Gallo, quienes votan por Peñalosa no quieren una ciudad más igual, por eso le niegan el voto a la izquierda. Imagino, porque Gallo no es capaz de ofrecer prueba alguna más allá de su retorcida retórica, que hace referencia a una serie de artículos que sugieren que mientras la pobreza aumentó en Bogotá durante la Alcaldía de Peñalosa, ella disminuyó durante el gobierno de Petro. Lo que calla Gallo, es que entre 1998 y 2001, años en los que Peñalosa fue alcalde, Colombia vivió una fuerte recesión económica, una en la que pobreza aumentó en todo el país y el PIB decreció, en tanto que durante los años de Petro, Colombia tuvo una economía creciente y una pobreza en declive. Atribuir los éxitos y fracasos a uno y a otro sin analizar el panorama de la economía nacional, sin estudiar el impacto que las políticas tuvieron en el futuro de la ciudad (como si las medidas económicas influenciaran inmediatamente los problemas sociales de la capital) es o un error de quien desconoce los mínimos elementos de economía política, o de quien quiere enmascarar la realidad para favorecer a un candidato, quién sabe con qué intenciones.
Por lo demás, Gallo no menciona los acueductos construídos durante la administración Peñalosa, o los jardínes infantiles que no fue capaz de hacer Petro. A lo mejor, Gallo cree que los sectores menos favorecidos tienen garantizado su derecho a la salud yendo al San Juan de Dios. Esas son las obras de salud que ha entregado la izquierda en Colombia. 

Por último, Gallo menciona como un defecto los estudios de Peñalosa en Duke, para él es un asunto para seducir, “A nuestras señoras de bien.” Imagino que los estudios de Petro en Lovaina, en cambio, serán una importante inversión en conocimiento para mejorar los intereses de la sociedad, porque prepararse vale la pena, si lo hacen los amigos, pero es un grave error si lo hacen los enemigos políticos. Por lo demás, qué triste es la visión política de una persona que le tiene miedo a la preparación académica, al esfuerzo por conocer más, por investigar nuevas formas de administración y gobierno. Ya lo sabemos Gallo, tus propuestas de desarrollo intelectual son la apología a la ignorancia ¡Qué interesante propuesta de gobierno!

sábado, 10 de octubre de 2015

A propósito de "Diana Cazadora" de Clímaco Soto Borda

Uno podría describir Diana Cazadora, incluso a un sector de la Bogotá de inicios del siglo XX, con uno de sus párrafos: Ve lo que es la vida. Este mozo, que es un indio miserable, está bregando a subir y subirá; no tardará en ser General, Ministro, Gobernador… y Fernando, su amo Fernando se arrastra como un cangrejo, caminando para atrás, a los piés de una ramera que le está chupando su sangre, su fortuna, pisoteando su nombre…[1]
Allí uno puede encontrar las insoportables jerarquías que estructuran la obra y que constituían la cosmovisión de la clase pudiente capitalina. En el escalón más alto, los amos, Alejandro y Fernando Acosta, dos hermanos con un gran fortuna heredada de sus padres ya muertos, y su mejor amigo, Antonio Valverde. Alejandro encarna las principales virtudes de la clase alta bogotana, es inteligente, generoso (no duda en compartir la herencia con su hermano en desgracia), humilde (a pesar de haber llegado de Europa no presume de sus viajes--¿una alusión a Silva?), estudiado y elegante. Fernando, en cambio, ha entrado en desgracia al desperdiciar su fortuna en una prostituta, Diana, y en el licor. Aun así, Soto Borda describe a Fernando como un muchacho bueno, un pobre hombre dominado por sus pasiones y los engaños de Diana y su protectora Celestina.[2] Casi en el mismo nivel está Pelusa, un simpático personaje a quien el autor introduce, sin duda, para añadir una pizca de humor.
Más abajo están las mujeres, a quienes Soto Borda siempre describe en tonos despectivos. Diana es una madre soltera que usa todos sus encantos para atraer hombres y robarles sus riquezas, en tanto que Celestina es una avezada proxeneta, capaz de urdir los más tenebrosos planes para apropiarse de las fortunas de los nobles caballeros. Junto a ellas está el pueblo raso, hombres y mujeres sin decoro, sin higiene, sin moral, llenos de vicios. En el entierro de Fernando, sus dos únicos amigos, dos compañeros de juerga, son descritos como dos seres casi que despreciables que incluso llegan a robársele el trabo del bonachón Alejandro.
En ese mundo de claras diferencias sociales, Soto Borda crea una predecible y repetida trama, un joven de buen recaudo y reputación, Fernando, destruye su futuro víctima de una terrible femme fatale. Su hermano Alejandro hace lo imposible para rescatarlo, le entrega parte de su fortuna, lo envía a viajar a Perú, lo aconseja con sabiduría y fraternidad. Fernando, atrapado por los encantos de Diana, desaprovecha todas las oportunidades, llegando incluso a pagar a una persona para que le envíe telegramas a Alejandro desde Perú y encubrir, de este modo, su real paradero, en Bogotá al lado de Diana. Al final, víctima del alcohol y de la tisis, Fernando muere, dejando a Alejandro solo.
Que Diana Cazadora haya sido y sea considerada una obra cumbre de la literatura colombiana[3] sorprende dada su trama predecible, la simplicidad de sus personajes y su insoportable elitismo, males que, en mi opinión, no logran compensarse con el humor de la obra y con pintorescas descripciones de la Bogotá de inicios del siglo XX. Por lo demás, los gracejos de Diana Cazadora cada vez se entienden menos, perdidos en referencias que sólo quienes habitaron el tiempo y la sociedad en que vivió Soto Borda puedan comprenderlos.   
Algunos autores sitúan a Diana Cazadora como una de las obras que retrataron la violencia en Colombia, en la misma tradición que empezaría Pax de Lorenzo Marroquín y Rivas Groot. La verdad es que aunque Diana Cazadora se ambienta durante la Guerra de los Mil Días,[4] las referencias al conflicto son más que esporádicas. Pareciera que al autor la trágica historia de Fernando le importara mucho más que los muertos que dejaría la guerra. Quizás Soto Borda pensó que las únicas muertes que ameritaban una historia eran las de aquellos que pertenecían a la clase social de los hermanos Acosta. Bogotá no ha cambiado mucho desde entonces.
Para leer el libro, presione aquí



[1] Clímaco Soto Borda, Diana Cazadora (Bogotá: Imprenta Artística Comerical, n.d.), 145.
[2] En el fondo de aquel muchacho era bueno. La sangre suele imponerse y dominar por instantes las pasiones. Se reprochaba su intención de víbora y se alegraba en cierto modo de haberse quedado dormido.Ibid., 159.
[3] La famosa Historia de la literatura colombiana de José Ortega escrita en 1935 la describía como una de las cumbres de la literatura de inicio de siglo, en tanto que Semana recientemente la catalogó como una de las 100 mejores novelas colombianas de la historia. Ver: “LOS 100 LIBROS COLOMBIANOS DEL SIGLO,” accessed October 10, 2015, http://www.semana.com//cultura/articulo/los-100-libros-colombianos-del-siglo/39155-3. Ortega T. José. Historia de la literatura colombiana, Bogotá: 1935
[4] Diana Cazadora fue publicada en 1915, menos de trece años después del final de la guerra.