domingo, 15 de noviembre de 2015

Una siesta por la Humanidad

Conmocionado por los terribles, brutales, inhumanos ataques terroristas en Francia, ayer decidí encender una vela y guardar un minuto de silencio en solidaridad con los familiares y amigos de aquellos que murieron en Paris. Satisfecho por mi buen gesto, me disponía a dormir, cuando un amigo me advirtió del egoísmo de mis acciones, “¿Te olvidas de las víctimas recientes en Beirut?, ¿Para ellas no hay velas?”
 De acuerdo, dije. Así que encendí otra vela y guardé otro minuto de silencio en solidaridad por las víctimas beirutíes.
Era una fría noche de otoño, de esas que recuerdan que el inverno con su nieves y tormentos están a la vuelta de la esquina, por lo que las velitas, en mi sala, no sólo parecían un sincero homenaje, sino un recuerdo de que la calidez del hogar es posible en los tiempos más álgidos. Contento, entonces, por lo acogedor de mi casa, me disponía a dormir, cuando, otra vez, otro amigo, me escribió diciéndome que no podía olvidarme de mi patria, de Colombia, de los miles y miles de muertos que el conflicto ha dejado. 
Otra velita no hará mal, pensé, cuando una oleada de mensajes comenzó a llegar pidiendo solidaridad por las víctimas del sistema económico, de los atentados terroristas en Kenia, del calentamiento global, de la guerra en Siria, del conflicto Palestino-Israelí, de Boko-Haram, del gobierno dictatorial de Corea del Norte, de los fanáticos budistas en Sri Lanka y Bután…

Agobiado, miré a mi dispensa y descubrí que no tenía tantas velas para tantos grupos de víctimas. Así que decidí hacer lo que debí haber hecho desde un principio, lo único que beneficiaría en realidad a la humanidad: Dormir. Al fin y al cabo, mi descanso, a diferencia de las velas, de los minutos de silencio, de las fotos en Facebook, haría feliz al menos a una persona: a mí. Tenía razón, luego de una noche tranquila, amanecí más contento que ayer.