sábado, 22 de octubre de 2016

LAS RAZONES DEL DELITO POLÍTICO

Cuando le digan que hay crímenes que deben perdonarse o cuyas penas deben ser menores, porque son delitos políticos, dude, el motivo es otro. Si observa bien, se dará cuenta que las amnistías, indultos y penas alternativas sólo se justifican en el miedo y en la incapacidad del Estado de capturar a un grupo de crueles delincuentes. Santos y Timochenko lo saben, por eso amenazaron con feroces guerras urbanas e infiernos para convencernos de perdonar un horrible pasado de atrocidades y fechorías.
Le dirán que el motivo de los delitos políticos es altruista, diferente. Como si lo supieran ¿Acaso uno es capaz de ingresar a las más privadas áreas de la conciencia de los demás para saber por qué hacen lo que hacen? ¿Acaso cada uno de los integrantes de las FARC, por poner un ejemplo, empuñó las armas para crear una mejor Colombia o para implementar un diferente régimen político? ¿En qué porcentaje sus acciones fueron altruistas? ¿Habrá algo de sed de venganza, de sevicia, de costumbre, de miedo…? ¿A partir de qué porcentaje consideramos altruista una razón? ¿Somos los seres humanos tan coherentes como para saber sin ambages por qué hacemos todo lo que hacemos? ¿Tienen los mismos intereses Romaña que la niña de doce años recién reclutada por la fuerza?
Por otro lado, ¿Son altruistas los objetivos de las FARC? ¿En qué sentido son mejores que los de otros delincuentes? ¿Por qué creemos que las barbaridades de las FARC tienen mejores intenciones que las de un ladrón de barrio que roba para darle sustento a su familia? ¿Podríamos decir lo mismo de quien asesina para vengar un crimen sanguinario? ¿Qué podríamos decir de los crímenes atroces que cometió el Cartel de Medellín para que se prohibiera la extradición? ¿Son esos delitos altruistas? ¿Políticos? Políticos sí, pero altruistas no, dirán algunos ¿Entonces, los amnistiamos?  
Y aun así, aun suponiendo que los crímenes de las FARC sean políticos, ¿Son por ello mejores? ¿Qué tal que el régimen que buscan en realidad fuera una versión moderada del genocidio camboyano de Pol Pot, o de la nefasta revolución cultural de Mao, o de los campos de concentración para homosexuales de Castro en Cuba? ¿Acaso Mao, Fidel y Stalin no eran sus guías? ¿Cuál es la bondad de un régimen como el estalinista que masacró a millones? ¿Por luchar por la implementación de un régimen genocida es que debemos darle una pena más favorable a las FARC? ¿Es ese el motivo? Una banda de atracadores de bancos pagará años en la cárcel, pero si confiesa que lo hacen para instaurar la dictadura de cualquier asesino en serie, entonces será amnistiado o, si es de malas, tendrá penas alternativas ¿Es esa la lógica del delito político?
Dirán también que las condiciones históricas, que la época de la violencia, que el Frente Nacional, que Rojas Pinilla, que la Constitución del 86 que estas y otras tantas miserias en la historia de esta patria llena de atrocidades justifican un trato más benévolo para las guerrillas colombianas. Si eso es así, ¿Por qué no para los otros delincuentes? ¿Acaso ellos vivieron en un país distinto? Dirán que porque los crímenes de las FARC tenían como objetivo cambiar el sistema político ¿Será verdad? ¿Para cambiar el sistema político se necesitaba cometer todo el raudal de atrocidades que cometieron? Y aun suponiendo que fuera cierto, ¿Entonces qué hacemos con los crímenes cometidos luego del 91, o luego de la caída del Frente Nacional? ¿Son esos menos políticos?
Otros señalarán al Código Penal y observarán que esos son los delitos políticos. No dirán nada. Decir que una conducta merece un tratamiento especial, porque es un delito político, porque los delitos políticos merecen un tratamiento especial es un círculo vicioso que incluso quien no haya estudiado lógica podrá reconocer. Es que el objetivo es derrocar al Estado, ¿y? ¿Por eso, sólo por eso debemos perdonarlos?
No nos engañemos, a las FARC las perdonamos, porque les tenemos miedo, porque preferimos darles curules y prerrogativas a continuar una interminable guerra. No lo critico. Yo también repito con Celine, "Rechazo la guerra y todo lo que conlleva, no la deploro, no me resigno, no lloriqueo, la rechazo categóricamente con todos los hombres que contiene. No quiero tener nada que ver con ellos, con ella. Aunque ellos sean 995 millones y yo uno solo, ellos están equivocados y yo tengo razón, porque soy el único que sabe lo que quiere: no quiero morir."

Eso sí, no nos digamos mentiras. Es la guerra y su hermana la muerte las que atemperan nuestra ira. Así que dejen de engañar y buscar resquicios de bondad en las acciones de un grupo genocida. 

viernes, 14 de octubre de 2016

COMAN MIERDA

He escuchado a muchos analistas, expertos, comentaristas, politólogos, victimólogos, y demás especímenes de la intelectualidad criolla, decir que las víctimas de la violencia votaron que SÍ y que la gente que no conocía la guerra había escogido el NO. La verdad es que el dato descarnado es falso. En Colombia, en todas las regiones, ganó la abstención. Claro, en muchos lugares ganó, como ha expuesto DEJUSTICIA, porque las personas no tienen los medios para votar, pero en muchas partes la abstención se impuso, por las mismas razones por las que los colombianos no votan.
No obstante, lo que a mí me parece erróneo es eso de que en Colombia las víctimas votaron por el SÍ y los demás, los que no conocen la guerra, escogieron el NO ¿En serio?

Dejenme hablar de la ciudad en la que crecí y en la que ganó el NO: Medellín ¿Que en Medellín no saben lo que es la guerra? ¿De verdad creen eso? Quienes afirman semejante estupidez olvidan que Medellín durante la guerra contra Escobar fue la ciudad más violenta del mundo, con índices de violencia de casi 300 muertos por cien mil habitantes, se les olvida la operación Orion y la Comuna 13, se les olvida las bombas que mataron al gobernador Roldán Betancur, los asesinatos de Jesus María Valle, Héctor Abad Gómez, Andrés Escobar y tantos otros, las bombas en el Parque de San Antonio, en la Plaza de la Macarena, en el Edificio Mónaco, en el parque Lleras, la masacre de Oporto en la que murieron 19 personas, las 20 masacres que ocurrieron en sólo junio de 1990, los 160 policías asesinados y las 32 personas por día que perdieron de forma trágica la vida en el primer semestre de 1990, la presencia de las Milicias Bolivarianas, del Frente Antiparamilitar, el Bloque Metro, el Cacique Nutibara, las vacunas que muchas personas tienen que pagar para conservar la vida y poder vivir en muchos de los barrios de la ciudad, los miles que se han tenido que desplazar de un barrio a otro de Medellín por amenazas y extorsiones, la obligación a manejar con la luz interior del carro encendida en la década del noventa. Yo, en Medellín, viví en guerra. Cuando era el director del periódico EL GLOBO, del colegio San Ignacio, no pude hacer una portada en homenaje a las personas asesinadas en 1990 que eran alumnos o empleados del Colegio, porque eran tantas que sus fotos no cabían en un tabloide. Yo vi a mis compañeros de colegio despedir en medio de los peores llantos a sus padres, asesinados por guerrilleros, por paramilitares, por narcotraficantes, por ladrones, por quién sabe quién. Yo tengo amigos que tuvieron que abandonar sus casas de un día para otro, porque estaban amenazados, tengo familiares desaparecidos y asesinados, he estado cerca de balaceras, he visto como los vidrios de mi amado colegio se destruyeron por una explosión cercana, tengo amigos cuyos padres fueron secuestrados por las FARC en la década de los ochenta y todavía no saben nada de ellos (eso sí, ellos saben que los captores de sus padres estarán en el Congreso), tengo amigos que iniciaron una vida de alcohol y drogadicción, porque no fueron capaces de aceptar el asesinato de sus padres, conozco madres que perdieron a
todos sus hijos asesinados. Y podría seguir de forma interminable contando desgracias y más desgracias. Ahora vienen a decirme que en Medellín no sabemos qué es la guerra. Déjenme decirlo en forma Garciamarquezca… COMAN MIERDA.

sábado, 1 de octubre de 2016

LAS RAZONES DE MI VOTO


Colombia, año 2026 o 2020. Las negociaciones con el ELN, siguiendo el ejemplo de los acuerdos con las FARC, han llegado a un feliz término. Los paramilitares, perseguidos por un ejército con más recursos dado que ya no tienen que enfrentarse a las FARC, se encuentran desmantelados y las plantaciones de coca han sido reemplazadas por cultivos exitosos, cuyos dueños son pequeños campesinos. La Comisión de la Verdad, además, ha permitido no sólo conocer la magnitud y alcance de la tragedia de la guerra, sino sanar las heridas y reconstruir el tejido social de nuestro país. Los colombianos no sólo saben más de su pasado, sino que lo recuerdan sin odio, con la esperanza de una vez y por todas construir una nación que nos incluya a todos.
Colombia, misma fecha. El gobierno por segunda vez consecutiva en el año se ve abocado a subir la carga impositiva, porque carece de dinero para pagar las prestaciones adquiridas en los acuerdos de paz. El Estado, paquidérmico y burocratizado con las casi 70 nuevas entidades creadas por los acuerdos de La Habana, arruinado por los continuos bajos precios del petróleo y por la crisis en el comercio internacional, es incapaz de satisfacer las necesidades básicas. Algunos, incluso, sugieren que como van las cosas, no tendrá dinero suficiente para pagar las pensiones que adeuda. La población no confía en la corrupta clase política que por décadas lleva gobernando el país. Un nuevo candidato es elegido con el apoyo de grupos de izquierda y los cada vez más populares desmovilizados de las FARC. Sus decisiones económicas contradicen cualquier ortodoxia económica: control de cambios, de precios, expropiaciones, nacionalizaciones y, al final, persecución a la prensa y prisión para los políticos de los partidos contrarios.
Colombia, año 2017. Las FARC de forma reacia firman un segundo acuerdo para la paz, luego de doce meses largos de negociaciones que sucedieron al NO en el plebiscito del 2 de Octubre. En el nuevo acuerdo, se han solucionado muchos de los errores que se cometieron en los anteriores diálogos. Se eliminaron las entidades creadas por las FARC y la política agraria, por sólo mencionar dos aspectos, no será regulada por una norma de carácter casi-constitucional, sino por una ley que se tramitará luego del concurso de expertos en el tema y miembros de las comunidades más vulnerables. A las FARC se les ha otorgado participación política, pero ésta no será gratuita, dependerá de que el grupo guerrillero supere un margen mínimo de votación establecido en el acuerdo.
Colombia, año 2026 o 2020, la mitad de los acuerdos con las FARC han dejado de cumplirse por problemas que van desde fallas en el presupuesto hasta mala voluntad de las partes. Nuevos grupos han retomado algunos de los territorios abandonados por la guerrilla. Algunos con ironía las llaman Facrim. Los desmovilizados de las FARC han logrado algunos escaños en el Congreso y algunas posiciones políticas importantes, pero su posición sigue siendo minoritaria. La mayoría de las personas creen que aunque se avanzó con los acuerdos, las cosas siguen siendo muy parecidas a como eran antes. Las nuevas bandas criminales controlan el negocio del tráfico de dólares, en tanto que el secuestro y el desplazamiento son aves negras que han vuelto a posarse sobre los abandonados territorios de nuestra patria.
Con la mano en el corazón, dígame, está usted seguro cuál será el futuro de Colombia luego de que triunfe el sí o el noen el plebiscito ¿Conoce usted las intenciones de los miembros de las FARC y del gobierno? ¿Les cree? ¿Sabe cuál serán las consecuencias económicas del increíble y farragoso número de entidades públicas que se crearán? ¿Sabe quiénes serán los jueces de la jurisdicción de paz? ¿Conoce usted qué parámetros utilizarán para juzgar a las partes? ¿Sabe cuál será la reacción de los otros grupos involucrados en el conflicto y que pueden o no aceptar los acuerdos que se han dado con la guerrilla? ¿Está seguro que la Comisión de venezolanos, chilenos, noruegos y cubanos que dirimirá los conflictos entre el Estado y las FARC decidirá las controversias de una forma justa y no parcializada? ¿Qué pasará con los grupos disidentes? ¿Está seguro que las FARC entregarán las armas y no terminarán en las manos de grupos paramilitares como pasó en Urabá cuando los procesos del EPL? ¿Sabe usted que sucederá con la política en contra de los cultivos ilícitos? ¿Se acabarán los cultivos de coca en el país? ¿Se legalizarán esas drogas? ¿Se apropiarán otros grupos igual de despiadados de esos cultivos?
Le aseguro que usted, como yo, no conoce la respuesta a esas preguntas. Por eso, usted como yo, lo más que podemos es aventurarnos a imaginar cuál es la mejor respuesta, qué es lo que más le conviene al país.
Yo me he leído el texto entero de los acuerdos, así como a quienes creo son las voces más serias en favor del sí y del no. Aun así, me sorprende la pobreza de los argumentos de unos y otros. Decir que en Colombia volvería la guerra, como ha dicho el profesor Uprimny, porque algo similar sucedió en Chipre es, cuando menos, una comparación exagerada. Afirmar que los jóvenes colombianos delinquirán, porque ya saben que serán premiados con puestos en el Congreso es una afirmación que desconoce todo lo que la humanidad ha aprendido de criminología en las últimas décadas. Pensar que debemos votar por el sí, porque la Comunidad Internacional se reiría de nosotros (como dice Mockus), no sólo es una falacia lógica, sino una afirmación falsa que desconoce las también muchas voces de otros países que se oponen a los acuerdos. Decir que en Colombia tendremos una economía socialista una vez aprobados los acuerdos no es una falacia, es un engaño.
Por todo lo anterior, decidir cómo votar mañana es difícil, muy difícil. El famoso anarquista Robert Paul Wolff ha afirmado en varias ocasiones que el voto de la democracia, en realidad, no es una manifestación válida, porque los votantes no conocen qué sucederá con sus candidatos. Nosotros no sabemos cómo votarán los proyectos de ley, por tanto, no podemos decir que la ley es el resultado de nuestras decisiones. Algo similar, sin duda, debe decirse sobre el plebiscito.
Aun así, hay una razón que me lleva a votar en un sentido específico: los niños de las FARC. En un muy famoso escrito sobre la responsabilidad moral, la filósofa estadounidense Susan Wolf propone un caso que, en mi opinión, es aplicable al momento de decidir que hacer con las FARC. Imagínense que el hijo de un dictador es entrenado por su padre para cometer todo tipo de atrocidades. El menor crece creyendo que la crueldad y la sevicia es lo normal, que torturar y masacrar sólo son actos de gobierno ¿Tendrá él la misma responsabilidad si tortura? ¿Tiene él una personalidad sana, una capaz de discernir lo que está bien y lo que está mal?
Como alguna vez mencionó Gonzalo Arango en la Elegía a Desquite, muchos de los guerrilleros también son víctimas. Ellos son los niños cuyo uniforme fue un camuflado, sus juguetes fueron armas y sus juegos fueron la muerte. Ellos no son sólo victimarios, también son víctimas y como tales, también merecen una oportunidad. Por ellos, sólo por ellos, votaré por sí en el plebiscito.
Claro, es un voto con reservas y con la firma de intención de cambiar por vías legales toda la maraña de engendros jurídicos que se aprobaron. Alguna vez Gustavo Gallón, fiel defensor del sí, manifestó: “Difícil concebir mayor cinismo: la justicia no consiste en reducir las penas a los victimarios, sino en garantizar verdad, sanción y reparación a las víctimas.” Obvio, entonces hablaba del proceso de los paramilitares, con la guerrilla su racero siempre ha sido diferente. Sin embargo, yo estoy de acuerdo con él. La meta después del triunfo del sí debe ser cerciorarse por todos los medios de que los responsables paguen sus culpas y las víctimas sean reparadas, y que el Estado que nos dejen no muera en una interminable burocrática madeja de instituciones caducas y proyectos económicos sin ningún sentido. Los acuerdos una vez aprobados pueden cambiarse. Cualquier estudiante de derecho lo sabe: no hay nada más permanente que un impuesto temporal, ni nada más efímero que una cláusula pétrea. Si no, pregúntenle a los amnistiados generales argentinos, ellos terminaron en la cárcel.