jueves, 15 de diciembre de 2016

En torno a la cadena perpetua

El horripilante crimen cometido contra Yuliana Samboní ha traído una vez más al debate público la discusión sobre la cadena perpetua. El problema, sin embargo, es que en Colombia se discuten los temas a partir de coyunturas muy específicas, lo que termina llenando los debates de argumentos pobres con ninguna profundidad académica. En el caso de la cadena perpetua, el diálogo se ha caracterizado por indignados que ven en su dolor ante el horror la única justificación para la pena y quienes se les oponen con argumentos más que débiles.

Algunos, por ejemplo, sostienen que la cadena perpetua no debe permitirse, porque se ha probado que el aumento de las penas no reduce el número de crímenes, y porque hay medidas más necesarias y efectivas para atacar este tipo de violaciones. El argumento es una clara falacia de falso dilema. Tomar medidas educativas y políticas para cambiar la sociedad patriarcal en la que vivimos no impide que se aumenten las penas a quienes cometan crímenes atroces. Por otro lado, la cadena perpetua puede defenderse con justificaciones diferentes a la prevención general. Uno podría argumentar que ella, al menos, evita que criminales como Rafael Uribe continúen cometiendo horrendos crímenes.

Los opositores a la cadena perpetua sugieren también que es posible prevenir la reincidencia de los culpables de delitos sexuales mediante terapias sicológicas y otro tipo de tratamientos. Rodrigo Uprimny, por ejemplo, cita el siguiente artículo para sustentar la tesis de la posible resocialización de ciertos criminales: http://www.apa.org/monitor/julaug03/newhope.aspx, y para sugerir que, “la tasa de reincidencia es del 17% y baja al 10% si la persona recibe tratamiento mientras recibe la pena.” (para leer el artículo de Uprimny, presione aquí)

A pesar de lo llamativo del argumento, no deja de ser muy superficial y lleno de problemas. En primer lugar, la cita no es correcta. El nivel de reincidencia al que hace referencia Uprimny se da en un período de cinco a seis años luego de cometido el crimen. En un lapso de tiempo mayor, de 15 años, la reincidencia se duplica al 24%. Además, Uprimny no menciona que hay tipos de criminales con un mayor porcentaje de reincidencia. Generalistas (aquellos que cometen un mayor tipo de delitos sexuales) tienen un nivel de reincidencia del 36%, en tanto que la reincidencia de los abusadores de menores es del 35% (Para leer un artículo sobre el tema, presione aquí). Si se quiere discutir con seriedad un tema tan importante como el castigo para quienes abusan de nuestros menores, uno esperaría de investigadores tan serios como Uprimny que, al menos, no tergiversen sus fuentes.

Ahora bien, es cierto que el nivel de reincidencia es bajo, mucho más bajo de lo que muchos creen. No obstante, la reincidencia para abusadores de menores es tres veces mayor de lo que menciona Uprimny. La diferencia es grande, por decir lo menos.

El argumento, sin embargo, tiene problemas diferentes al mal uso de sus fuentes. En primer lugar, es equivocado suponer que introducir la cadena perpetua para un tipo de delitos significa que los criminales tendrán que recibir este tipo de pena. Cualquiera que sepa algo de dosimetría penal sabe que los tipos penales dan varias posibilidades de adecuación del castigo. Penas menos severas podrían imponerse para cierto tipo de criminales y la cadena perpetua podría reservarse para ese 10% que reincidirá, según la errada lectura que hace Uprimny sobre los estudios del tema.
En segundo lugar, no es cierto que la cadena perpetua sea una pena inmodificable. En varios países en los que se aplica esta condena, existe la obligación del Estado de revisarla cada determinado tiempo para que un grupo de especialistas determine si el criminal merece o no una segunda oportunidad. Así las cosas, si se prueba que no es posible que haya reincidencia, la persona podrá recuperar su libertad. Esto en nada contradice la existencia de la cadena perpetua. Por tanto, los bajos niveles de reincidencia (repito, en la mala lectura que hace Uprimny) tampoco son un argumento sólido en contra.

El tercer problema está en creer que todos aquellos que cometen crímenes sexuales tienen la misma patología. Sicópatas, por ejemplo, tienden a reincidir tres veces más que quienes no lo son. Teniendo en cuenta que el sujeto pasivo de crímenes como los de Rafael Noriega son los niños, el Estado debería guardarse la potestad de imponer la cadena perpetua para quienes muestren grandes niveles de sicopatía o para quienes reinciden. En los demás casos, sería posible pensar en penas más benignas. Por lo demás, sería interesante saber qué piensan quienes se oponen a la cadena perpetua de los criminales que reinciden en este tipo de atrocidades luego de salir de la cárcel ¿Merecen una pena que les permita salir de la cárcel?

Otro argumento que sugieren algunos es que no hay necesidad de imponer la cadena perpetua, porque en la práctica ya existe en Colombia. Rafael Uribe, dicen algunos, recibirá una pena de 50 años. Si este tiempo se  le suma a los 38 que tiene, saldrá de la cárcel con más años de los del promedio de vida en Colombia.

Claro, el argumento sólo sirve si el criminal tiene 38 y si el juez le impone una pena de 50 años. Por lo demás, cabe preguntarse, si la cadena perpetua en la práctica existe, ¿por qué no regularla? ¿Acaso no es mejor llamar las cosas por su nombre? ¿Prefieren que la cadena perpetua exista pero que usemos subterfugios para no darnos cuenta?, ¿o lo que proponen es que se bajen las penas para este tipo de horribles crímenes?

El crimen de Yuliana es uno más de una larga lista de atrocidades que suceden en Colombia. La cadena perpetua no es la solución. En eso, creo, todos podemos estar de acuerdo. Pero si ella permite que salvemos aunque sea a un menor, estaría más que justificada ¿No lo creen?  


domingo, 11 de diciembre de 2016

BOLEROS, REGGAETÓN Y MACHISMO


Después del escándalo que produjo la canción Cuatro Babyes, cantada por Maluma, muchos comentaristas han sugerido que las letras de reggaetón no se diferencian de las de otros géneros que escuchamos desde hace varias décadas. Algunos advierten, con razón, que la música escuchada por los jóvenes siempre ha sido criticada por las generaciones mayores y que el reggaetón es sólo uno más de muchos géneros que han sido machistas y que han defendido horribles crímenes como el feminicidio y el abuso de menores.
A mí me parece que comparar las letras de reggaetón con las de bolero es no sólo un sinsentido, sino una afirmación que se justifica en claras falacias y errores interpretativas. Quienes defienden la anterior tesis, por ejemplo, a menudo caen en una clara falacia de secundum quid. Señalar que algunos boleros contienen letras de un claro contenido machista no significa que el género como tal lo sea, o que la mayoría de sus canciones presentan este tipo de contenidos.
Para afirmar sin incurrir en falacias que el bolero es comparable al reggaetón, habría que hacer una profunda investigación en la que se discutiera el contenido de una gran cantidad de canciones en ambos géneros y se hiciera un análisis estadístico de la frecuencia en las que la invitación al feminicidio o la cosificación de la mujer se presentan en el bolero y el reggaetón. A la fecha, lo que que uno lee en artículos de prensa y comentarios de crítica que se presume calificada son referencias esporádicas a una que otra canción. Jamás la evidencia necesaria para sostener una afirmación tan fuerte.
En segundo lugar, la crítica en ocasiones parte de interpretaciones bastante sesgadas y no contextualizadas de las letras de los boleros. Doy dos ejemplos que son citados en ocasiones para sugerir que las letras de los boleros son tan machistas como las del reggaetón.
La copa rota, compuesta por el boricua Benito de Jesús, es considerada por unos como una invitación al feminicidio, porque dice: “Mozo, sírvame la copa rota/ quiero sangrar gota a gota/ el veneno de su amor” ¿Una invitación al feminicidio?, ¿no? Bueno, sólo si uno no lee la canción. La sangre a la que se refiere es la del bohemio que está bebiendo en una cantina y que está destrozando su propia boca al beber de una copa rota. La sangre es la propia, como queda más que claro en el siguiente verso: “No te apures compañero si me destrozo la boca/ No te apures que es que quiero con el filo de esta copa/ borrar la huella de un beso, traicionero que medio.”
Se requiere un mínimo nivel de comprensión para entender que el bolero no está sugiriendo un feminicidio, sino relatando la historia de un borracho que se rompió la boca en una cantina. Además, el bolero no está cantado en la voz del bohemio, sino de su amigo, “Aturdido y abrumado, por la duda de los celos/ Se ve triste en la cantina a un bohemio ya sin fe.” El bolero está reportando una historia, una de muchas que pasan a diario en los bares del mundo. Jamás sugiere que esa sea la conducta correcta o festeja la actitud del bohemio. De hecho, lo único que celebra la canción es el consejo que le da el mejor de sus amigos, dejar el alcohol y el llanto.
La segunda canción es Cosas como tú. Para los críticos del bolero, la canción es una invitación a la cosificación de la mujer, porque se refiere a la amada como una cosa. Aquí todo depende de la interpretación y de cómo usamos el lenguaje. Una cosa no es un objeto, es todo lo que existe, “Lo que tiene entidad,” dirá la RAE. Por tanto, usted y yo somos cosas, así como el computador desde el cual escribo y la canción que escucho en este momento.
Por lo demás, si se lee bien la canción, verá que a la mujer no se le compara con objetos, sino con momentos que despiertan ciertos sentimientos, “Un rayo de luna que nos acaricia… el perfume de una rosa desmayada” Y no son objetos para atesorar, sino para llevar en el alma, como deja claro el estribillo de la canción. Es importante resaltar, que la comparación en sí no se hace con los objetos, sino con lo que ellos despiertan, la caricia del rayo de luna, la frescura de la fuente del patio.
La canción jamás trata a la mujer como un objeto, lo que hace evocar su recuerdo con referencia a ciertos objetos. En el fondo, ese es uno de los motivos de la poesía. Cuando no somos capaces de narrar algo, lo comparamos con objetos. Uno dice, era firme como una roca. Lo cual, no quiere decir que para uno la persona sea un mineral. Igual, uno puede decir, sus ojos eran como el mar, pero con eso no se quiere decir que sólo sean los ojos lo que lo atrae a uno de la persona, o que se pretenda que uno trate a la persona como a una playa.
Ahora bien, supongamos que mi interpretación es errada y que los textos sí son una invitación a las conductas machistas que encuentran los críticos ¿Tienen el mismo nivel de cosificación de la mujer el bolero que letras de reggaetón que invitan de forma directa a la violación? ¿Si sigues con esa actitud voy a violarte, así que no te pongas alzadita es comparable con decirle a una mujer que se parece a la caricia de un rayo de luna? ¿Alardear de querer enviar a una mujer a cuidados intensivos (Ella se vuelve loca cuando le metro agresivo, cuando la cojo por el pelo, la pego a la pared y le digo la voy a mandar pa’intensivos) se parece en algo a querer destrozar uno su propia boca por la tristeza que le dejó la partida de una mujer?

No caigamos en engaños. La sociedad de los boleros fue sin duda menos justa e incluyente y mucho más sexista que la actual. Aun así, fue capaz de dejarnos bellas canciones, muchas de las cuales son boleros. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

Colombia Duele (A propósito de "Retratos en un mar de mentiras", Gaviria, 2010)

Y mucho. Duele, como dice Fernando Vallejo, cuando uno recuerda  “algún momento de dicha efímera vivido [allí] e irrepetible en otras parte,” así como cuando un recuerda lo jamás vivido, los campos que las minas antipersonales nos impidieron visitar, las carreteras que no transitamos por miedo a ser secuestrados por la guerrilla, los amigos con los que jamás pudimos celebrar, porque murieron en atentados, en secuestros, por balas perdidas, por misiles que llegaron a su objetivo.
A veces, para que no duela tanto, uno cubre los recuerdos con mantos de olvido. En eso, los colombianos somos expertos. Así como mi generación apenas aprendió esbozos del horror que fue la época de la violencia,  las nuevas generaciones creerán que Trujilo, el Chengue, la Chinita, Tacueyó son nombres de sitios turísticos, de pueblecillos perdidos a la vera de la economía. Creerán, además, que los ríos colombianos sólo están contaminados por desechos de fábricas y similares porquerías, y olvidarán que cuerpos y pedacitos de cuerpos humanos le disputaban a los peces el curso de los ríos.
En olvidar y negar somos expertos los colombianos, repito, en cubrir nuestro dolor con telones. Por eso, Jairo (Julián Román), el personaje principal de Retratos en un mar de mentiras, nos parece tan cercano. Jairo es uno de tantos fotógrafos que se rebusca la vida en las plazas de las grandes ciudades, uno de los tantos cuyo oficio es levantar telones de mar, para que la gente no descubra a Bogotá, o forzar a sus clientes a que sonrían, para que no se vea el cansancio de sus vidas, o forzarlos a que cubran sus cabezas con sombreros de mariachis para olvidar de una vez por todas que  estamos en Colombia.
Quizás por eso, su prima Marina (Paola Baldión) lo ama en silencio. Ella ha visto los horrores de la guerra. Ella sabe bien el valor de Jairo, un rostro que sonríe a pesar de todo es un oasis en medio de un desierto de desdichas. Porque la vida de Mariana ha sido eso. De niña, nos cuenta la película en flashbacks, tuvo que abandonar la casa en la que vivía con su abuelo Nepomuceno (Edgardo Román), sus hermanos y sus padres (Carolina Lizarazo y Carlos Hernández). Marina tiene la mirada de muchos desplazados. Yo los vi de cerca cuando trabajaba en el CICR, cuando paraba en los semáforos de Bogotá, cuando cerraba mis párpados por la noche. Son ojos que miran como observando el recuerdo y rehusando el presente, que se escabullen de las miradas y buscan refugio en el anonimato, quizás creyendo que son invisibles cuando no establecen contactos con quien los mira. Yo conozco muy bien esos ojos, a pesar de haber dejado Colombia hace ya varios años no dejan de atormentarme todos los días de mi vida.
El desplazamiento no es un crimen del pasado, es una tragedia que se perpetúa en el presente. Marina lo sabe bien. Lo sabe cuando tiene que llegar a su casa con lo poco que puede comprar para comer, lo sabe cuando recuerda a sus padres asesinados y encuentra a su abuelo borracho, incapaz de afrontar el dolor de sus penas. En su tugurio de hojalata, Marina se encierra en su habitación para que su embriagado abuelo no la golpee. Entonces, reza al Divino Niño y él la escucha, por eso envía un deslizamiento que causa la muerte a Nepomuceno. Gracia divina, dirán algunos.
Luego del entierro de su abuelo, Jairo y Mariana deciden ir al lugar de origen de su familia para recuperar las tierras de su familia. Lo hacen en un Renault cuatro. Mariana, como siempre, observa desde las murallas que el dolor ha construido en su vida. Jairo, en cambio, habla y habla. A su prima, le dice que se tranquilice, que nada malo le va a pasar, porque él está con ella. Se lo dice, mientras la cámara nos muestra casas destruidas por recientes combates, soldados armados hasta los dientes, letreros que avisan de la cercanía de la guerra.
En medio de un páramo, Jairo y Mariana se encuentran con un retén de la guerrilla. El ejército llega pronto y comienza un tiroteo. Por fortuna para Jairo, Mariana logra percatarse a tiempo y le salva la vida a su primo. En Colombia, es el que desconfía el que sobrevive.
Marina y Jairo atraviesan las montañas con nieves perpetuas, los valles de calores pegajosos y fauna variopinta, las cordilleras interminables que surcan carreteritas y trochas de mulas. Al final, luego de perder su carro, llegan a su destino.
El pueblo de Marina y Jairo celebra fiestas, y, como siempre en Colombia, todos parecen alegres. Marina, sin embargo, cual Pedro Páramo es capaz de ver los muertos: Los Quezada, el tendero, su familia, todos aquellos que murieron en quién sabe cuál de tantas masacres que han existido en Colombia. Jairo, en cambio, piensa que la fiesta es una oportunidad para tomar fotos y recuperar en algo el dinero perdido. De forma imprudente, Jairo termina confesando a dos paramilitares no sólo el motivo de su viaje, sino la existencia de las escrituras que pueden probar que él y su prima son los dueños de las tierras que le dejó su abuelo.
El final, ya lo imaginarán. Basta leer las noticias para saber qué le pasa en Colombia a quienes desean recuperar los terrenos que alguna vez fueron suyos. Igual, poco importa. Porque sobre ese mar de dolores, construiremos mil telones de mentiras. La verdad sólo se verá a destellos, en películas como Retratos en un mar de mentiras o en otras obras de arte.

Durante muchos años de mi vida, yo caminé desde la calle diecinueve hasta la Avenida Jiménez de Quesada. Recuerdo muy bien los rostros de dolor que habitaban esas nueve cuadras: un invidente que tocaba un acordeón y que decía, Mi Dios se lo pague y se lo multiplique, cada vez que alguien dejaba una moneda; un señor con las piernas flácidas que acostaban en el costado occidental de la avenida séptima, cerca de la Iglesia de San Francisco; los niños que dormían en la calle y que a la entrada de la Universidad del Rosario nos vendían chicles y golosinas. Carlos Gaviria en un travelling muestra esa misma cuadra, con varios de sus personajes. Es extraño, después de muchos años y a muchas millas de distancia, debo decir que inmortalizar el dolor le da cierta dignidad al infierno que está a nuestro lado y que no vemos, enceguecidos por mares de mentiras.