sábado, 3 de diciembre de 2016

Colombia Duele (A propósito de "Retratos en un mar de mentiras", Gaviria, 2010)

Y mucho. Duele, como dice Fernando Vallejo, cuando uno recuerda  “algún momento de dicha efímera vivido [allí] e irrepetible en otras parte,” así como cuando un recuerda lo jamás vivido, los campos que las minas antipersonales nos impidieron visitar, las carreteras que no transitamos por miedo a ser secuestrados por la guerrilla, los amigos con los que jamás pudimos celebrar, porque murieron en atentados, en secuestros, por balas perdidas, por misiles que llegaron a su objetivo.
A veces, para que no duela tanto, uno cubre los recuerdos con mantos de olvido. En eso, los colombianos somos expertos. Así como mi generación apenas aprendió esbozos del horror que fue la época de la violencia,  las nuevas generaciones creerán que Trujilo, el Chengue, la Chinita, Tacueyó son nombres de sitios turísticos, de pueblecillos perdidos a la vera de la economía. Creerán, además, que los ríos colombianos sólo están contaminados por desechos de fábricas y similares porquerías, y olvidarán que cuerpos y pedacitos de cuerpos humanos le disputaban a los peces el curso de los ríos.
En olvidar y negar somos expertos los colombianos, repito, en cubrir nuestro dolor con telones. Por eso, Jairo (Julián Román), el personaje principal de Retratos en un mar de mentiras, nos parece tan cercano. Jairo es uno de tantos fotógrafos que se rebusca la vida en las plazas de las grandes ciudades, uno de los tantos cuyo oficio es levantar telones de mar, para que la gente no descubra a Bogotá, o forzar a sus clientes a que sonrían, para que no se vea el cansancio de sus vidas, o forzarlos a que cubran sus cabezas con sombreros de mariachis para olvidar de una vez por todas que  estamos en Colombia.
Quizás por eso, su prima Marina (Paola Baldión) lo ama en silencio. Ella ha visto los horrores de la guerra. Ella sabe bien el valor de Jairo, un rostro que sonríe a pesar de todo es un oasis en medio de un desierto de desdichas. Porque la vida de Mariana ha sido eso. De niña, nos cuenta la película en flashbacks, tuvo que abandonar la casa en la que vivía con su abuelo Nepomuceno (Edgardo Román), sus hermanos y sus padres (Carolina Lizarazo y Carlos Hernández). Marina tiene la mirada de muchos desplazados. Yo los vi de cerca cuando trabajaba en el CICR, cuando paraba en los semáforos de Bogotá, cuando cerraba mis párpados por la noche. Son ojos que miran como observando el recuerdo y rehusando el presente, que se escabullen de las miradas y buscan refugio en el anonimato, quizás creyendo que son invisibles cuando no establecen contactos con quien los mira. Yo conozco muy bien esos ojos, a pesar de haber dejado Colombia hace ya varios años no dejan de atormentarme todos los días de mi vida.
El desplazamiento no es un crimen del pasado, es una tragedia que se perpetúa en el presente. Marina lo sabe bien. Lo sabe cuando tiene que llegar a su casa con lo poco que puede comprar para comer, lo sabe cuando recuerda a sus padres asesinados y encuentra a su abuelo borracho, incapaz de afrontar el dolor de sus penas. En su tugurio de hojalata, Marina se encierra en su habitación para que su embriagado abuelo no la golpee. Entonces, reza al Divino Niño y él la escucha, por eso envía un deslizamiento que causa la muerte a Nepomuceno. Gracia divina, dirán algunos.
Luego del entierro de su abuelo, Jairo y Mariana deciden ir al lugar de origen de su familia para recuperar las tierras de su familia. Lo hacen en un Renault cuatro. Mariana, como siempre, observa desde las murallas que el dolor ha construido en su vida. Jairo, en cambio, habla y habla. A su prima, le dice que se tranquilice, que nada malo le va a pasar, porque él está con ella. Se lo dice, mientras la cámara nos muestra casas destruidas por recientes combates, soldados armados hasta los dientes, letreros que avisan de la cercanía de la guerra.
En medio de un páramo, Jairo y Mariana se encuentran con un retén de la guerrilla. El ejército llega pronto y comienza un tiroteo. Por fortuna para Jairo, Mariana logra percatarse a tiempo y le salva la vida a su primo. En Colombia, es el que desconfía el que sobrevive.
Marina y Jairo atraviesan las montañas con nieves perpetuas, los valles de calores pegajosos y fauna variopinta, las cordilleras interminables que surcan carreteritas y trochas de mulas. Al final, luego de perder su carro, llegan a su destino.
El pueblo de Marina y Jairo celebra fiestas, y, como siempre en Colombia, todos parecen alegres. Marina, sin embargo, cual Pedro Páramo es capaz de ver los muertos: Los Quezada, el tendero, su familia, todos aquellos que murieron en quién sabe cuál de tantas masacres que han existido en Colombia. Jairo, en cambio, piensa que la fiesta es una oportunidad para tomar fotos y recuperar en algo el dinero perdido. De forma imprudente, Jairo termina confesando a dos paramilitares no sólo el motivo de su viaje, sino la existencia de las escrituras que pueden probar que él y su prima son los dueños de las tierras que le dejó su abuelo.
El final, ya lo imaginarán. Basta leer las noticias para saber qué le pasa en Colombia a quienes desean recuperar los terrenos que alguna vez fueron suyos. Igual, poco importa. Porque sobre ese mar de dolores, construiremos mil telones de mentiras. La verdad sólo se verá a destellos, en películas como Retratos en un mar de mentiras o en otras obras de arte.

Durante muchos años de mi vida, yo caminé desde la calle diecinueve hasta la Avenida Jiménez de Quesada. Recuerdo muy bien los rostros de dolor que habitaban esas nueve cuadras: un invidente que tocaba un acordeón y que decía, Mi Dios se lo pague y se lo multiplique, cada vez que alguien dejaba una moneda; un señor con las piernas flácidas que acostaban en el costado occidental de la avenida séptima, cerca de la Iglesia de San Francisco; los niños que dormían en la calle y que a la entrada de la Universidad del Rosario nos vendían chicles y golosinas. Carlos Gaviria en un travelling muestra esa misma cuadra, con varios de sus personajes. Es extraño, después de muchos años y a muchas millas de distancia, debo decir que inmortalizar el dolor le da cierta dignidad al infierno que está a nuestro lado y que no vemos, enceguecidos por mares de mentiras.


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